sábado, 2 de mayo de 2015

Cuentos escritos a máquina. De Gianni Rodari (Completo)

   

«El cocodrilo sabio», «El motociclista enamorado», «Me marcho con los gatos», «El mundo en lata» y «El doctor está fuera» son algunos de los 26 relatos breves que integran este volumen.En ellos, Gianni Rodari plantea y describe de forma magistral situaciones llenas de humor, imaginación y fantasía, para ofrecernos su genial visión crítica y desbordante de ironía del mundo que nos ha tocado vivir. 

ESTÁN TODOS LOS CUENTOS. DISPÓN DE ELLOS CÓMO QUIERAS



          

            Gianni Rodari

 Cuentos escritos a máquina

 



            Título original: Novelle fatte a macchina

            Gianni Rodari, 1973

            Traducción: Esther Benítez

            Ilustración de portada: Emilio Urberuaga

            Editor digital: viejo_oso

            ePub base r1.0

              


 El cocodrilo sabio

 

 

            Un cocodrilo se presenta en la sede de la Radio-Televisión, calle Mazzini, 14, Roma, y pide ser recibido por el director del programa Doble o nada. El portero no quiere dejarlo pasar. El cocodrilo insiste:
            —No veo ningún cartel que prohíba la entrada a los cocodrilos. ¿Acaso quiere usted saber más que los carteles?
            —Espere al menos que pegue un telefonazo.
            —Muy bien. No tengo nada en contra del uso del teléfono.
            El portero llama al despacho del jefe supremo de Doble o nada.
            —Profesor, hay aquí un cocodrilo.
            —Ah —dice el profesor, que, como habla siempre por dos o tres teléfonos al mismo tiempo, las palabras largas las entiende sólo a medias—, el señor Coco. Está bien, dígale que suba.
            El cocodrilo se monta en el ascensor. Se ve obligado a inclinarse un poco para entrar porque mide dos metros de alto, más una chistera violeta. Viste un largo abrigo amarillo. Una señora se desmaya por el contraste de colores.
            La secretaria del gran jefe de Doble o nada es miope y se limita a decir:
            —Pase, señor Coco. El profesor lo está esperando.
            Al profesor, que no se esperaba en absoluto un cocodrilo con todos esos dientes en hilera bajo las gafas de sol, le da un violento ataque de tos. El cocodrilo, con santa paciencia, espera a que se le pase la tos; después dice:
            —Conque, vamos a ver, etcétera, etcétera; tengo también una carta de recomendación de mi hermano. Tengo intención de participar en su magnífico e instructivo programa.
            —Ya veo, ya. ¿Cómo está su hermano?
            —Un poco apretado. Ya sabe, acostumbrado al Nilo, no se encuentra a sus anchas en el estanque del zoo.
            —Y usted, discúlpeme, ¿en qué tema es experto?
            —En caca de gatos.
            —¿No le parece un tema un poquitín fecal?
            —También felino, sin embargo.
            —Claro, no se me había ocurrido.
            Entonces, estamos de acuerdo y me presento el sábado. Mi hermano se pondrá muy contento.
            El profesor en jefe se mete en la boca un caramelo de menta al seltz y se lo traga entero por distracción. Se mete otro en la boca y empieza a sudar.
            —¡Qué raro! —reflexiona—, estos caramelos hacen sudar.
            El cocodrilo agita la chistera en señal de despedida y se va. El gran jefe de Doble o nada llama a su secretaria, manda que le traigan un café triple y le dice que se ocupe ella de todo.
            Los periódicos de la tarde anuncian: «El próximo sábado el señor Coco se enfrentará en Doble o nada con el doctor Usmardi y la señora Fiutaburro.[1] Cuentan maravillas de este nuevo campeón y de su abrigo amarillo. Pero el tema en el que es experto se guarda con escrupuloso secreto. Se sabe sólo que tiene algo que ver con el culto de la Diosa-Gata en el Antiguo Egipto. ¿Cómo de antiguo? ¿Los faraones o Nasser? A esta pregunta se ha negado a responder hasta el portero de la calle Mazzini».
            Los lectores de los periódicos se dividen inmediatamente en cinco partidos.
            El primer partido sostiene que el doctor Usmardi, especialista en carne de gallina desde el siglo XIV al XVII, hará albondiguillas con el señor Coco, se lo comerá sazonado con ajo, aceite y guindilla, y dará los huesos a su gato.
            El segundo partido garantiza que la señora Fiutaburro, especialista en quesos africanos, pondrá de rodillas al nuevo concursante y lo obligará a reconocer la superioridad del requesón sudanés sobre el queso blando de la Valtellina.
            El tercer partido está seguro de que sonará la marcha triunfal de Aida para el señor Coco. El cuarto partido está indeciso.
            Al quinto le importa un pepino y se interesa sólo por el campeonato de fútbol y por el ajedrez.
            Llega el jueves, despunta el alba la noche del viernes. Ya estamos a sábado.
            El cocodrilo aparece en todas las pantallas, salvo en las apagadas, pero el presentador del tele-concurso, un tal Mike Bongiorno, sigue llamándolo «Señor Coco», ateniéndose a las instrucciones recibidas. «Señor Coco por aquí», «Señor Coco por allá». Pero no está ciego y lo da a entender.
            —Señor Coco, ¿sabe que se parece usted mucho a un cocodrilo del Nilo?
            —Ése es mi hermano, señor Maique: yo soy oriundo del lago Tana.
            —¡Viva, viva! Por fin también nosotros, en Doble o nada, tenemos un oriundo, como los equipos de fútbol. Y dígame, dígame, señor Coco, ¿cómo se le ocurrió la idea de especializarse en caca de gatos?
            —¡Qué quiere, señor Maique! Me crié en un país subdesarrollado, pobre en quesos, carente del todo de música barroca, absolutamente desprovisto de historia de las remolachas. Me he hecho a mí mismo, con fuerza de voluntad y espíritu de observación. Soy un autodidacto, como Giuseppe Verdi.
            —¡Alegría, alegría! ¡El señor Coco resulta también un experto en música de ópera!
            —En mis buenos tiempos —revela el cocodrilo, con los ojos modestamente bajos— me comí un tañedor de contrabajo y lo lloré en si bemol mayor.
            El doctor Usmardi da señales de asco. La señora Fiutaburro, con aire indiferente, se saca del bolso un queso Gorgonzola, obligando al presentador a pasar a las preguntas.
            Todos los concursantes han de responder a diez preguntas sobre diez. De Copenhague, en un vuelo chárter, llegan numerosos aficionados para hacer de hinchas del cocodrilo. Los tres campeones entran en las cabinas. El doctor Usmardi agarra al vuelo un «doble» en arquitectura pero, invitado a concretar cuántos huevos duros podría contener la torre de Pisa si en vez de ser un campanario fuera un depósito de huevos duros, se equivoca en la respuesta.
            El cocodrilo salta de su cabina, muerde al doctor Usmardi y se lo traga enterito, escupiendo sólo el reloj de oro fabricado en Ginebra.
            —Pero, señor Coco —exclama el presentador riéndose—, ¿sabe que es usted un golfillo? ¡No se come así a los concursantes!
            —Ha sido más fuerte que yo —se disculpa el cocodrilo—. Siempre he tenido una secreta pasión por la torre de Pisa.
            —Ya entiendo —dice Mike Bongiorno—, pero, por lo menos, no debía escupir el reloj de oro fabricado en Ginebra, que es el mejor.
            —Perdone, señor Maique.
            —Está bien, por esta vez lo perdono.
            Le toca a la señora Fiutaburro. ¡Debe decir si los bantúes del sudoeste ponen en el queso de oveja perejil o mermelada de arándanos!
            —Perejil —responde la señora Fiutaburro. Pero se corrige enseguida—: No, no, ¡quería decir mermelada de arándanos!
            —¡No vale! —truena el cocodrilo—. ¡La primera respuesta es la que cuenta!
            Y se come también a la señora Fiutaburro, engulléndola sin masticar.
            —Vamos, vamos, señor Coco —dice el presentador, agitando de un lado a otro el índice de la mano derecha en señal de cariñoso reproche—. ¡No está nada bien hacer eso! Con las damas hay que ser caballeroso. Y mucho más cuando estamos en Eurovisión y nos ven también en Bellinzona y en Amsterdam.
            —¿Y nos ven en Friburgo de Brisgovia? —pregunta el cocodrilo, alarmadísimo.
            —Natural.
            —Lo siento, prometo no volver a hacerlo.
            —Ah, claro, pero de momento se ha comido a los otros concursantes. Ni siquiera sé si podremos continuar la competición. ¿Qué dice el señor notario?
            —El señor notario dice que el reglamento no prevé sanciones contra el canibalismo. El juego puede proseguir.
            —Pues entonces, dígame, señor Coco —sigue el presentador—, por cuatro millones de kilómetros y setecientos veintisiete miriagramos, ¿dónde la hizo la gata de Carlomagno el día en que su dueño fue proclamado emperador?
            —En Roma, delante del Panteón —responde el cocodrilo sin vacilar.
            —¡Respuesta exacta! —grita el señor Maique.
            Pero de poco le sirve. En efecto, el cocodrilo, volando fuera de su cabina, se le echa encima y lo ingiere antes de poder contar hasta tres. Se oye la voz del presentador en la barriga del cocodrilo, que protesta:
            —Señor Coco, está usted exagerando. ¡Y pensar que nos ven también en Bruselas!
            El cocodrilo se endereza la chistera, porque se le había torcido, y mira a su alrededor con aire de preguntar: «¿Queda alguien más?».
            —Estoy yo —responde la azafata Sabina, con su sonrisa de estudiante de filosofía.
            Los espectadores contienen la respiración. Se prepara un emocionante duelo. ¿Conseguirá el cocodrilo tragar también a Sabina, cuando ya tres personas se disputan el espacio de su estómago, elástico sólo hasta cierto punto? ¿Conseguirá el notario salvar a Sabina del dragón, obtener su mano, casarse con ella y partir en viaje de bodas por las más hermosas páginas de las más conocidas revistas?
            Mientras la gente responde como cree a éstas y a otras preguntas, la encantadora Sabina no pierde la calma. Engaña al cocodrilo con una sonrisa, lo agarra por la cola, lo levanta a un metro cincuenta de altura y le golpea la cabeza en el suelo.
            —¡No vale! —protesta el cocodrilo—. ¡Este capítulo no está en el reglamento!
            —Pues yo te hago hacer algo de movimiento —replica Sabina.
            Siempre sujetando al cocodrilo por la cola, lo hace girar en torno a su cabeza como si fuese la caldereta de la leche: una vez, dos veces, tres veces, a velocidad creciente.
            —Apelo al notario —vocifera el cocodrilo—. La señorita, con todo respeto, se muestra muy injusta.
            —Y yo te utilizo como una fusta —anuncia Sabina.
            Pone manos a la obra con la habilidad de un cowboy del Circo Americano. El cocodrilo silba y restalla en el aire que da gusto oírlo. Tras cada restallido, golpea el suelo con los dientes. La chistera ha rodado lejos. El abrigo amarillo se tensa como una vela en día de mistral.
            —Una —dice Sabina—, dos, tres…
            Al llegar al diez, de la boca del cocodrilo salta Mike Bongiorno, abrochándose la chaquetilla, porque un presentador debe estar siempre presentable. Al once sale despedida la señora Fiutaburro, murmurando:
            —¡Qué mala suerte! Tenía la mermelada de arándanos en la punta de la lengua.
            Al doce sale de puntillas el doctor Usmardi y se pone enseguida a buscar su reloj de oro.
            —¡Basta! —implora el cocodrilo—. ¡Piedad! ¡Socorro! ¡Ya he devuelto lo que comí!
            —Pues entonces, ahora, yo te doy la vuelta a ti —dice Sabina. Le mete una mano en la garganta, le agarra la cola por dentro y vuelve al cocodrilo como un calcetín.
            —¿Le parece bonito? —llora el cocodrilo dado la vuelta—. Se lo diré a mi hermanito.
            Pero ya es una sombra del invencible concursante de hace un rato. Con sus últimas fuerzas se ajusta la piel, se desempolva las escamas y el abrigo, se lava los dientes y se arrastra fuera de allí farfullando oscuras amenazas:
            —¡Volveremos! ¡Volveremos!
            —¡Qué lástima, señor Coco! —comenta Mike Bongiorno—. Ha cometido usted un feo error: debería decir «volveré», en singular.
            —No —responde el cocodrilo, enjugándose las lágrimas con la chistera—, porque la próxima vez vendré con mi hermano. De modo que «volveremos», en plural.


 El profesor Terríbilis o
 La muerte de Julio César

 

 

            Hoy el profesor Terríbilis es más alto de lo normal. Le sucede siempre eso los días de interrogatorio. Los estudiantes miden con miradas de precisión su estatura: ha crecido por lo menos veinticinco centímetros. Ha crecido tanto que se le ven los calcetines violeta al final de los pantalones marrones, y por encima de los calcetines una franja de chicha blanca, que de ordinario se tiene púdicamente cubierta.
            —Ya está —suspiran las masas estudiantiles—, mejor sería irnos a jugar a los bolos.
            El profesor Terríbilis hojea sus expedientes y anuncia:
            —Os he convocado aquí para saber la verdad y de aquí no saldréis ni vivos ni muertos hasta que me la hayáis dicho. ¿Está claro? Que salga… veamos la lista de los encausados: Albani, Albetti, Albini, Alboni, Albucci… Está bien, que salga Zurletti.
            El alumno Zurletti, que es el último por orden alfabético, se aferra al pupitre para retrasar el instante fatal y cierra los ojos para hacerse la ilusión de encontrarse en la isla de Elba de pesca submarina. Por fin se levanta, con la lentitud con que se levantan las naves de siete mil toneladas allá en las esclusas del Canal de Panamá, se arrastra hacia la tarima dando un paso hacia delante y dos hacia atrás.
            El profesor Terríbilis le atraviesa varios puntos del cuerpo con ojeadas incandescentes y lo pincha con numerosas frases punzantes:
            —Querido Zurletti, se lo digo por su bien: cuanto antes confiese, antes lo pongo en libertad. Usted sabe, por otra parte, que no me faltan medios para hacerlo hablar. Dígame, pues, a toda prisa y sin reticencias, cuándo, cómo, por quién, dónde y por qué fue asesinado Julio César. Precise cómo iba vestido ese día Bruto, cómo era de larga la barba de Casio y dónde se encontraba en ese momento Marco Antonio. Agregue el número de zapato que usaba la mujer del dictador y cuánto había pagado esa mañana en el mercado por el queso fresco de búfala.
            Ante esta tempestad de preguntas, el alumno Zurletti vacila… Sus orejas tiemblan… Terríbilis se las asaetea repetidamente con palabras como flechas…
            —¡Confiese! —apremia el profesor con voz apremiante, alzándose otros cinco centímetros (ahora al final de los pantalones se ve casi toda la pantorrilla).
            —Exijo un abogado —murmura Zurletti.
            —No hay nada que hacer, amigo. Aquí no estamos ni en la Comisaría ni en el Tribunal. Usted tiene tanto derecho a un abogado como a un billete gratis para las Azores. Debe limitarse a confesar. ¿Qué tiempo hacía el día del crimen?
            —No me acuerdo…
            —Naturalmente. Me imagino que usted ni siquiera se acuerda de si Cicerón estaba presente, si llevaba paraguas o una trompetilla, si había llegado al lugar en taxi o en calesa…
            —No sé nada.
            Zurletti se está tranquilizando ligeramente. Nota que la clase lo sostiene en sus titánicos esfuerzos para resistirse a la presión del inquisidor. Alza la cabeza de golpe:
            —¡No hablaré!
            Aplausos.
            Terríbilis:
            —¡Silencio, o mando desalojar la sala!
            Pero Zurletti ha agotado ya sus energías y se derrumba desmayado. Terríbilis llama a un bedel, que llega corriendo con un cubo de agua y lo arroja sobre el rostro del malaventurado. Zurletti abre los ojos, lame golosamente el agua que corre por las inmediaciones de los labios: ¡Dios mío, es agua salada! No hará sino acrecentar sus torturas…
            Ahora el profesor Terríbilis es tan alto que choca con la cabeza en el techo y se hace un chichón.
            —¡Confiesa, bribón! ¡Has de saber que tengo a tu familia como rehenes!
            —Ah, no, eso no…
            —Pues sí. ¡Bedel!
            El bedel reaparece empujando ante sí al padre de Zurletti, de treinta y ocho años, empleado de Correos y Telégrafos. Tiene las manos atadas a la espalda. Está con la cabeza gacha. Se dirige a su hijo con un hilo de voz que no le bastaría para musitar «diga» por teléfono.
            —¡Habla, Alduccio mío! Hazlo por tu papá, por tu madre que se derrite en lágrimas, por tus hermanitas en el convento…
            —Ya basta —intima el profesor Terríbilis—. Retírese.
            Zurletti padre se va, envejeciendo a ojos vistas. Mechones de pelo blanco se desprenden de su cabeza veneranda, caen sobre las baldosas sin ruido.
            El alumno Zurletti solloza. De su pupitre se levanta entonces el alumno Zurlini, siempre generoso, y con voz firme proclama:
            —Profesor, ¡hablaré yo!
            —Por fin —se regocija el profesor Terríbilis—. Dígamelo todo.
            Las masas estudiantiles se horrorizan al pensar que han criado un espía en su propio seno. Aún no saben de lo que es capaz el generoso Zurlini…
            —Julio César —dice, fingiendo ruborizarse de vergüenza— cayó atravesado por veinticuatro puñaladas.
            El profesor Terríbilis está demasiado estupefacto para reaccionar inmediatamente. Su estatura disminuye varios centímetros de una sola vez.
            —¿¿Cómo?? —balbucea—. ¿No eran veintitrés?
            —Veinticuatro, profesor —confirma Zurlini sin vacilar.
            Muchos lo han comprendido al vuelo y apoyan su declaración:
            —Veinticuatro, ¡veinticuatro, Señoría!
            —Pero yo tengo las pruebas —insiste Terríbilis—. Consta en autos la célebre oda de nuestro Poeta y Vate, allí donde describe los sentimientos de la estatua de Pompeyo en el momento en que el general cae a sus pies bajo los puñales de los conjurados. He aquí la cita exacta, tal y como resulta de las actas:
            Pompeyo, en el gélido
            mármol calladito
            piensa jubiloso:
            ¡Cayo, ya estás frito!
            Y mientras el César
            cae junto a sus pies
            él cuenta agujeros:
            ¡y son veintitrés!

            —Ya han oído, señores: veintitrés —prosigue Terríbilis—. Y no traten de enturbiar las aguas con confesiones falsificadas.
            Pero de la clase se alza un solo grito:
            —¡Veinticuatro, veinticuatro!
            Le toca a Terríbilis, ahora, conocer los tormentos de la duda. Se empequeñece cada vez más. Ya es más bajito que la profesora de matemáticas, pero no se queda así: su frente ya está a la altura de la superficie de la mesa; para vigilar a las masas estudiantiles se ve obligado a subirse a la silla, a brincar sobre las puntas de los pies.
            Ante esa visión se conmueve el alumno Alberti, que tiene un corazón de oro y todos dicen que ganará el premio a la bondad el día de Nochebuena.
            —Profesor —comienza—, el testimonio de la estatua de Pompeyo puede ser comprobado con facilidad. Basta hacer un viaje de estudios a la antigua Roma, asistir al asesinato de César y contar nosotros mismos las heridas con nuestros propios ojos.
            Terríbilis se aferra a esta áncora de salvación. En un periquete entra en contacto con la agencia Crono-Tours, la clase se embarca en la máquina del tiempo, el piloto ajusta los mandos hacia los idus de marzo del año 44 antes de Cristo… Bastan unos cuantos minutos para atravesar los siglos, que producen mucho menos roce que el aire y el agua… Alumnos y profesor se encuentran entre la muchedumbre que asiste a la llegada de los senadores al Senado.
            —¿Ha pasado ya Julio César? —pregunta Terríbilis a un fulano que se llama Mengano. Este no lo entiende y se dirige a un amigo suyo:
            —Eh, tú, ¿de onde salen estos paletos?

            Terríbilis se acuerda a tiempo de que en la antigua Roma todos hablan latín y repite la pregunta en dicha lengua. Pero los antiguos romanos no entienden una sílaba y se carcajean:
            —Pero ¿se pue saber de onde han llovido estos bárbaros? Mía tú qué cosa, los puen aplastar… Vienen a Roma y no se molestan pa aprender a chapurriar romano.

            Es inútil, el latín de la escuela, para hablar en latín, no sirve mucho más que el milanés o el karakalpac. Los alumnos se mueren de risa. Pero no todos. Zurlini está preocupadísimo. Para salvar a Zurletti ha dicho una mentira. Pero ahora se descubrirá que las puñaladas son efectivamente veintitrés; y él hará el papel del liante y del saboteador. Se ganará como mínimo quince años y tres meses de sanción. ¿Qué hacer? Ahí está Terríbilis que se ha preparado una hojita con veinticuatro redondelitos dibujados y tiene el lápiz dispuesto: a cada puñalada anulará un redondelito… Mambretti, el guasón de siempre, está inflando veinticuatro globos: hará estallar uno a cada puñalada y grabará los ruidos en el magnetofón… Los empollones se han traído minicalculadoras japonesas de transistores… Braguglia empuña el tomavistas para filmar el experimento con película pancromática, doble filtro y teleobjetivo.
            «Maldita sea», piensa concisamente Zurlini.
            En ese momento aparece en escena una caravana de turistas americanos, que hacen mucho ruido mascando chicle. Arman tal follón que tapan los tañidos de trompeta de los maceros, que anuncian la llegada de César.
            Cae también por allí un grupo de la televisión italiana, que debe filmar un documental para un anuncio de cuchillos de cocina. El director se pone a dar órdenes:
            —Conjurados, ¡un poco más a la izquierda!
            Un intérprete traduce las órdenes al romano antiguo. Muchos senadores se empujan para que los saquen, empiezan a hacer «hola, hola» con la manita. Julio César está jorobadísimo pero no puede hacer nada; ahora ya no manda él. El director le hace empolvarse un poco la calva, para que no brille. Después las cosas se precipitan. Los conjurados sacan los puñales y asestan una tanda de golpes. Pero el director no está contento:
            —¡Alto! ¡Alto! Se agolpan ustedes demasiado, no se ve brotar la sangre. ¡Vuelvan a empezar!
            —¡Qué rollo! —rezonga Mambretti—. He desperdiciado trece globos para nada.
            —¡Clack! —dice una voz—: ¡Muerte de Julio César, segunda toma!
            —Acción —ordena el director.
            Los conjurados vuelven a golpear, pero todo se va a paseo porque un turista americano ha escupido al suelo su chicle: Bruto resbala en él y va a caer a los pies de una señora de Filadelfia que se asusta y pierde el bolso. A repetir de nuevo.
            «Maldita y remaldita sea», piensa febrilmente Zurlini.
            De repente su tortura finaliza. La clase entera se encuentra de nuevo en la máquina del tiempo, de viaje hacia el siglo XX…
            —¡Traición! —grita el profesor Terríbilis.
            —Profesor —explica el piloto—, el contrato era por una hora, y ha pasado una hora. Mi empresa no tiene la culpa si no han visto todo lo que querían; reclámenle daños y perjuicios a la TV.
            —¡Sabotaje! —gritan las masas estudiantiles. Ahora se lo pueden permitir, en vista de cómo se han puesto las cosas.
            —De todos modos —continúa el piloto—, tengo una buena noticia para ustedes: ¡la casa Crono-Tours les ofrece como obsequio una parada de cinco minutos en la Edad Media para asistir a la invención de los botones!
            —¿Botones? —repite Terríbilis—. ¿Nos ofrecen botones a cambio de puñales? ¡Qué nos importan los botones!
            —Pues son importantes —explica débilmente el piloto—. Si no tuvieran botones, se les caerían los pantalones.
            —Ya basta —ordena Terríbilis—. Devuélvanos inmediatamente a nuestros días.
            —Por mí, totalmente de acuerdo —dice el piloto—. Me bajo antes y me da tiempo de afeitarme para ir al cine.
            —¿Qué va a ver? —le preguntan las masas estudiantiles.
            —¡Drácula contra el ratón Mickey!

            —¡Formidable! Profesor, ¿vamos también nosotros?
            El profesor Terríbilis reflexiona a ojos vistas. Ha habido algún error durante esta perversa mañana. Pero ¿cuál? Quizá en la mística penumbra de un cine podrá meditar sobre esta pregunta y hallar la respuesta exacta.
            —Vale Drácula —suspira.
            Zurletti y Zurlini se abrazan. Otros entonan cantos de júbilo.
            Pero Alberti, el corazón de oro, deja caer fuera de la máquina del tiempo, mientras vuelan sobre el siglo pasado, su cuchillo de caza, con el cual estaba dispuesto a asestar a hurtadillas la vigésimocuarta puñalada a César, para impedir que la mentira de Zurlini fuera descubierta. Realmente es un buen chico este Alberti: y si el día de Nochebuena le dan el premio a la bondad, harán muy bien, pero que muy bien.


 Patrono y contable
 o
 El automóvil, el violín
 y el tranvía de carreras

 

 

            El comendador Mambretti es el dueño de una fábrica de accesorios para sacacorchos en Carpi, provincia de Módena. Posee treinta automóviles y treinta pelos.
            —Cuántos automóviles —dice la gente.
            —Qué pocos pelos —suspira el comendador Mambretti. No se sabe por qué; al fin y al cabo, treinta es igual a treinta, ¿no?
            Para ir a la fábrica el comendador Mambretti elige un automóvil de doce metros de largo: el más grande, el más lujoso, el más amarillo de toda la región de Emilia-Romaña. Todas las mañanas, mientras conduce, el comendador Mambretti pregunta al espejo retrovisor.
            —Espejito, lindo espejito, ¿cuál es el automóvil más bonito del país?
            —El suyo, comendador Mambretti —responde el espejo con voz de saxofón tenor.
            Satisfecho con la respuesta, el más famoso productor de accesorios para sacacorchos del Valle del Po pisa el acelerador y el coche se desliza como un rey de la carretera.
            Un lunes por la mañana, como siempre, el comendador Mambretti guiña el ojo y le pregunta al espejo retrovisor:
            —Espejito, lindo espejito, ¿cuál es el automóvil más bonito del país?
            Y ya se prepara para saborear la respuesta como un bombón de whisky con doce años de envejecimiento, cuando el espejo responde, con voz de tuba:
            —Es el del contable Giovanni.
            —Maldita sea —dice el comendador Mambretti, pisando el freno. Es una expresión que ha aprendido en el cine—. No es posible —grita—. ¡Qué te dé una conjuntivitis! El contable Giovanni es un muerto de hambre, ¡tiene sólo una bicicleta sin bombín!
            Pero el espejo, interrogado más veces, lo remacha con firmeza. Pese a la amenaza de ser hecho pedazos, vendido como esclavo, recubierto con papel de seda, no muda su sentencia.
            El comendador Mambretti estalla en llanto, y un guardia le pone una multa porque interrumpe el tráfico. Paga, se marcha, corre a la fábrica. En su despacho el contable Giovanni está repasando en su violín el concierto de Max Bruch.
            El contable Giovanni es un hombrecillo enjuto, de pelo blanco. Lo tenía ya blanco de pequeño, tan blanco que sus compañeros lo apodaron Blancanieves.
            En la empresa hace de todo. Abrillanta los accesorios para sacacorchos, sirve de mesa a su principal cuando da una vuelta por la fábrica y tiene que tomar notas (las toma sobre la espalda del contable Giovanni) y se ocupa de la música de fondo. El comendador Mambretti no quiere ser menos que los personajes de las telenovelas, que no hablan si no hay una música de fondo; incluso cuando huyen por la noche, tienen siempre detrás una orquesta entera (a lo mejor está en un camión) que les toca tremendas sinfonías. En el despacho hay un biombo. Cuando llega un cliente a tratar un negocio el contable Giovanni se pone detrás del biombo con su violín. Por la voz del principal deduce si tiene que tocar un adagio, un andantino o un presto molto.
            —Buenos días, comendador —dice el contable Giovanni, apartando el arco de las cuerdas.
            El comendador lo mira largamente, con una mirada pesimista, y cuando habla lo hace con una voz tan triste que el contable Giovanni se siente en la obligación de iniciar el tema de la muerte de Isolda.
            —No hay manera, no hay manera, Giovanni —dice el comendador—, y deje en paz a Wagner. Todas estas novedades… estos automóviles.
            —Ah, ¿ya se ha enterado?
            —Son cosas que se saben. La gente murmura…
            —Pero ¡no tiene nada de malo! Ha muerto mi tía Giuditta, me ha dejado unos cuartos, y así me decidí a comprar ese cochecito.
            —¿Cochecito, eh? Ande, ande…
            —Pero ¿qué dice, comendador? Mírelo con sus propios ojos.
            Allá, en un rincón del patio, se observa con algún esfuerzo un minúsculo automóvil rojo de tres ruedas, no más alto que un taburete. Parece un automóvil que se quedó canijo por falta de vitaminas.
            «¿Y eso es el automóvil más bonito del país? —reflexiona el comendador Mambretti, sonriendo con un solo diente—. Está visto que mi espejo se ha vuelto tonto de nacimiento. Así le entre la urticaria».
            Mientras tanto se ven unos obreros que cruzan el patio para ir a su trabajo. Y todos se paran a mirar el automóvil del contable Giovanni. Uno le hace una caricia, otro le desempolva el guardabarros con el pañuelo; un tercero está tan distraído que enciende dos pitillos a la vez. Y ninguno parece darse cuenta de que justamente esa mañana el automóvil del comendador Mambretti tiene una antena nueva para la radio, toda de lapislázuli, y un cuadro nuevo de Annigoni en el sector artístico.
            —Subversivos —rezonga el patrono—. Basta con que vean algo rojo.
            Después, al regresar a casa, el comendador Mambretti pregunta por última vez al espejo retrovisor:
            —Dime, pero no mientas, ¿cuál es el automóvil más bonito del país?
            —Es el del contable Giovanni.
            —Pero ¿por qué?
            —Es el del contable Giovanni.
            —Pero ¡si ni siquiera tiene instalación de ducha caliente y fría, samovar y magnetofón de casete!
            —Es el del contable Giovanni.
            —Así te salga un panadizo —exclama el comendador Mambretti.
            El espejo calla muy digno, reflejando de paso un camión con remolque lleno de cerdos, camino de una fábrica de embutidos de Reggio Emilia.
            Esa misma noche el comendador Mambretti decide ir al cine para olvidarse de su disgusto. Ante el Cine Star encuentra automóviles parados, tan abundantes como los pinos en el pinar, las encinas en el encinar y las guindas en el frasco de aguardiente de guindas. Mientras busca un sitio para aparcar su supercoche, descubre allí mismo, a dos metros de su parachoques delantero, el molinillo, el miniescuerzo, el microgarabato del contable Giovanni. La plaza está desierta. Los de Carpi están todos en el cine, en casa viendo la televisión y en el café jugando al mus. No circula un alma, no hay guardacoches fraudulentos a la vista, la luna tiene una falta justificada.
            —Ahora o nunca —decide el comendador Mambretti.
            Basta una pisadita al acelerador. El poderoso morro de la supercilindrada se lanza sobre el cochecito rojo, que además, al ser de noche, parece negro. Lo aplasta como un acordeón. Freno. Marcha atrás. Primera y segunda. Y largo a todo gas. Nadie ha visto nada. Ni siquiera el espejo retrovisor, porque miraba hacia el otro lado y en la práctica estaba de comparsa.
            A la salida del cine el contable Giovanni ve su coche reducido a algo intermedio entre un colador y una pizza a la napolitana y se desmaya. Muchas personas lo asisten amorosamente, le dan pequeñas bofetadas, le hacen oler sales y pimientas para que vuelva en sí.
            —Pobre de mí —suspira el contable Giovanni—. ¡Adiós, hermosos sueños felices del pasado!
            —Ánimo, no se lo tome así —dice la gente—. Lo arreglará Sietemanos.
            —¿Quién?
            —El carrocero, ¿no? Ese a quien llaman Sietemanos por lo bueno que es, que parece que tiene de verdad siete manos en vez de dos.
            —Ah, Sietemanos.
            —¿Quién me llama? —pregunta un hombretón que sale el último del cine.
            —Justamente hablábamos de usted, señor Malagodi, llamado Sietemanos. Mire qué desastre.
            —Bah, los he visto peores. Yo lo arreglo. ¿Puedo llevármelo, Giovanni?
            —Sí, muchas gracias.
            Con una sola mano, Sietemanos levanta el carrucho, se lo mete bajo el brazo y se dirige a su taller entre dos hileras de gente.
            Esa noche el contable Giovanni duerme en el suelo del taller, abrazado a la chatarra de su coche. A la mañana siguiente, Sietemanos se pone al trabajo y el contable Giovanni ni siquiera va a la fábrica y se queda mirándolo quejumbrosamente.
            El comendador Mambretti tiene una entrevista de negocios con un comerciante de Estocolmo; siente mucho la falta de la música de fondo pero finge que no pasa nada. Después de comer manda a un espía a espiar lo que sucede en el taller de Sietemanos. El espía regresa casi enseguida.
            —¿Y qué?
            —Ese Sietemanos es un verdadero fenómeno, comendador. El coche ha quedado como nuevo. Sietemanos lo está pintando y el contable Giovanni lo acompaña al violín.
            El comendador Mambretti suelta un puñetazo sobre la mesa y la rompe. Con lo difícil que es hoy encontrar un buen ebanista. Después manda al espía a otro sitio. Hay que saber que Mambretti es el jefe secreto de una banda de ladrones de automóviles. A sus órdenes, la banda se pone en marcha. Primero pasa un tipo por el taller a llamar a Sietemanos:
            —Ha dicho su mujer que vaya a casa, porque le han robado los polvos de talco.
            —¿Otra vez? —estalla Sietemanos—. Es ya la tercera en una semana. Voy enseguida a ver. Usted, señor Giovanni, espéreme aquí.
            Sietemanos corre a su casa. Entonces pasa por el taller otro tipo e invita al contable Giovanni a un helado de nata. El contable Giovanni lo acepta como señal de solidaridad por sus desgracias, pero en el helado hay un somnífero. En cuanto el contable Giovanni se duerme, llega la banda y hace desaparecer el coche. Llega también Sietemanos, muy contento porque lo del robo de los polvos de talco no era verdad; ve al contable Giovanni durmiendo. No ve el coche, que ha desaparecido; lo comprende todo y se echa a llorar: no les va a mandar la factura a los ladrones…
            Inmediatamente después llega el cartero:
            —Un telegrama para el contable Giovanni.
            —¡Pobrecito! Acaban de robarle el coche, y ahora encima un telegrama. Yo no lo despierto. También a mí me gustaría dormir así…
            Por fin la cosa acaba en que el cartero se ocupa de despertar al contable Giovanni. El telegrama dice: «Muerta tía Pascualina, ven recoger herencia».
            —Menos mal —dice Sietemanos—. A lo mejor con la herencia se compra un coche de cuatro ruedas…
            Al día siguiente, mientras va a la fábrica, el comendador Mambretti pregunta malignamente al espejo retrovisor:
            —Espejito, lindo espejito, ¿cuál es ahora el automóvil más bonito del país?
            Y el espejo, con voz de balalaica:
            —Es el del contable Giovanni.
            El comendador Mambretti, con el susto, se salta un semáforo y se gana una multa. Corre a la fábrica, manda a llamar al contable Giovanni, lo ve muy contento, dispuesto a tocar el Moto Perpetuo de Paganini.
            —No hay manera, Giovanni. Todas estas novedades, estos automóviles…
            —Pero ¿qué automóvil, comendador? Mire usted mismo con sus propios ojos.
            El comendador Mambretti mira por la ventana. En un rincón del patio, rodeado por la admiración de obreros y empleadas, con el hocico metido en un saquito de avena, hay un caballo blanco que golpea con un casco en el suelo y hace «toc, toc, toc», como diciendo: «Sírvase usted mismo».
            —Me lo ha dejado mi tía Pascualina, al morir en su lecho de muerte.
            «Quién me habrá mandado —piensa el comendador— contratar un contable con tantas tías moribundas. Afortunadamente soy el jefe secreto de una banda de ladrones de caballos y antes de mañana estará solucionada también la herencia de la tía Pascualina. Pero el espejo tendrá que explicarme por qué le gusta más ese rocín que mi automóvil, ¡que tiene veintisiete caballos!».
            El espejo, en cambio, no explica nada. Sigue repitiendo que el caballo del contable Giovanni es el automóvil más bonito del país y el comendador Mambretti se enfada, tanto que se tira de los pelos. Así le quedan sólo veintiocho.
            —Espejo del diablo —grita—. Eres el peor día de mi vida. Así te den las paperas.
            Cuando le roban también el caballo blanco, el contable Giovanni quiere volverse loco de dolor, pero no lo consigue. Entonces agarra el violín y toca una música de fondo tan bonita, tan bonita, que la gente llega hasta de los pueblos de la comarca para oírla. Llega también un maestro de la Scala de Milán. Se había parado a echar gasolina en la Autopista del Sol y había oído el violín.
            —¿Quién toca tan bien? —pregunta al gasolinero.
            —Es el contable Giovanni que pone música de fondo.
            —Quiero conocerlo.
            Se lo presentan y le dice:
            —Usted es el mejor violinista del mundo. Si viene conmigo, ganará dinero a espuertas y aún más.
            El contable Giovanni vacila. A pesar de todo está encariñado con la empresa Mambretti y le gustan los accesorios para sacacorchos. Pero siente tanto la falta del caballo que acepta la propuesta. Se va a Milán. Trabaja de mejor violinista del mundo. Gana un montón de rupias y, por fin, puede coronar el sueño secreto de su vida: ¡Comprarse un tranvía de carreras!
            Cuando va a Módena con su tranvía de carreras, todos corren a aplaudirle. Salen hasta las monjas de los conventos y el comendador Mambretti se encierra en casa para no ver, para no oír, para que no le entren ganas de arrancarse otro pelo.


 El motociclista enamorado

 

 

            El comendador Mambretti, propietario de una fábrica de accesorios para sacacorchos en Carpi, provincia de Módena, tiene un hijo llamado Eliso, que tiene dieciocho años. Viste siempre un pesado chaquetón impermeable con acolchado interior pespunteado, pero debajo se pone un mono bicolor separable en la cintura con cremallera, y en la cabeza lleva un casco integral de fibra, con acústica perfecta, y visera recambiable. En suma, un motociclista propiamente dicho.
            Una mañana Eliso se presenta en la empresa de su señor padre y dice:
            —Papá, quiero casarme.
            El comendador Mambretti contesta:
            —Menos mal que te han entrado ganas de hacer algo. Mides un metro noventa y uno, pesas ochenta y siete kilos, no has acabado el Bachillerato, los accesorios para sacacorchos no te interesan, has gastado más en botas de motocross que yo en cuadros del maestro Annigoni… Oigamos. ¿Es rubia o morena?
            —Es roja —responde Eliso.
            El comendador Mambretti reflexiona.
            —Roja —dice—. ¡Pues sí que es un colorcito adecuado para el hijo de un industrial! Ya me parece oír las carcajadas de la comisión obrera.
            —Si quieres, puedo pintarla de blanco —dice Eliso, por darle gusto.
            El comendador Mambretti reflexiona un poco más. Eliso aprovecha para agregar otros detalles:
            —Es japonesa.
            —¡Ah, qué bien! Encima extranjera. No estoy de acuerdo, hijo: el caballo y la mujer de tu tierra han de ser. ¿Nombre?
            —Yo la llamo Minina.
            —Claro que sí, Eliso, emparentemos con los felinos.
            —No es una gata, es una motocicleta. Quiero casarme con mi moto Setecientos cincuenta.
            El comendador Mambretti suspira:
            —Hijo mío, nunca te he negado nada; estoy aquí para darte la felicidad. Pero ¿no piensas en nuestra honra? En el terreno de los accesorios para sacacorchos somos los primeros del Valle del Po y los segundos de Europa, equiparables con los Krupp de Solingen. Y tú vas a elegir una mujer de clase inferior. Tu madre se morirá de congoja. Ella quería darte a la Susi, hija de la Firma Mambrini, que produce collares para cuellos de botella. Ésa sí que sería una mujer para ti y el consuelo de mi vejez.
            —Ni siquiera tiene espejo retrovisor…
            —Sí que lo tiene; lo lleva en el bolso, se lo he visto yo. Pero si no te gusta, no he dicho nada. Estaría también la Foffi, hija de la firma Mambroni, que produce accesorios para perros guardianes.
            —Pero ¿tiene encendido electrónico? —pregunta Eliso.
            —Claro, lo utiliza para encender los cigarrillos. Pero si no te gusta, amén. ¿Y la Bambi, hija de la firma Mambrinelli, que produce tapas para ollas y ollas para tapas, eh?
            —No, ésa no. Sé con seguridad que no tiene bujías con electrodo de cobre. No la quiero. Quiero a mi Minina con el cambio a la izquierda.
            —A la izquierda —se enfurece el comendador Mambretti—. ¡A la izquierda! Te ha estropeado el Paese Sera.[2] Ya basta. Esa boda no se celebrará. Cambio y corto. Y a partir de hoy, puedes ir despidiéndote de las cien mil liras de paga semanal.
            Eliso palidece. Quisiera responder algo, pero siempre ha sido flojo en lengua italiana y no tiene a mano un diccionario. Por lo tanto se levanta y se va.
            Anda que te andarás, va al garaje y saca su Minina, la pone en marcha con el encendido electrónico, cruza con estruendo pueblos y ciudades, todos se echan a un lado, los chiquillos corren a ver. Eliso se siente fuerte, poderoso, envidiado, invencible; sería capaz de ganar el Gran Premio de Monza y Gorgonzola, de ganarse los aplausos de un millón de personas, de hacer perder la cabeza a quinientas mil chicas suecas; ve ya su fotografía en la revista ¿Dos cilindros o tres?, y de vez en cuando grita: «¡Abajo los accesorios para sacacorchos!».
            Cuando la Minina se para significa que se ha acabado la gasolina. Cuando se para del todo significa que se ha acabado el dinero. Pero Eliso no se desanima. Para mantener a su Minina lava platos en los restaurantes, se dedica a recoger pieles de conejo, trabaja de levantador de pesos en las ferias, de guarda en el Museo del Triciclo, en cien oficios. No piensa regresar jamás a su casa.
            La Minina parece contenta con esta nueva vida y da muchas pruebas de buena voluntad. Alcanza los ciento cincuenta por hora en cuatrocientos metros, toma las curvas parabólicas a doscientos; es tan escrupulosa que pide que le compre una cabecita magnética para medirse las vibraciones. De vez en cuando, claro, algún caprichito; todas las mujeres los tienen, ¿no? La Minina se porta bien una semana entera para que le regalen un megáfono que aumenta el ruido del tubo de escape y también Eliso está encantado con ese invento, porque así cuando acelera lo oyen hasta en Suiza y en Hungría.
            Con el tiempo la Minina se aficiona a las transformaciones. Primero quiere un depósito de colores psicodélicos, después pide una horquilla con amortiguadores oscilantes inferiores, con grandes muelles delante del cabezal de dirección, después exige un manillar de ángulos rectos y el soporte del espejo retrovisor tiene que ser de hierro forjado, retorcido en forma de candelabro del siglo XVII.
            Eliso protesta tímidamente:
            —Minina, mira que no estoy muy de acuerdo. Una moto seria no anda por ahí con el farolillo trasero en forma de orquídea.
            La Minina, por toda respuesta, exige un tubo de escape tipo tubo de órgano y manda sujetar un pequeño trombón bajo el sillín. Después tampoco el sillín le va bien; lo cambia todos los días. Y acaba queriendo, en lugar del sillín, un sillón de dentista.
            —¡Cuesta un ojo de la cara! —exclama Eliso con lágrimas en los ojos—. Tendré que trabajar hasta de noche, como el Pequeño Escribiente Florentino,[3] para comprártelo… Sin contar con que, a este paso, tú ya no eres mi niña, como dice la canción: te me estás volviendo una… casi me da vergüenza decirlo… Te estás volviendo una chopper.
            La Minina, calladita. No le peta discutir. Eliso compra el sillón de dentista a plazos y para pagar los plazos trabaja veinte horas al día: de deshollinador, de afilador, de herrador, de físico atómico, de vendedor de pedales, y cien oficios más. Trabajando así se ve obligado a descuidar a la Minina, le hace poca compañía, la saca raramente de paseo, nunca la lleva al cine. La Minina, taimada, no habla, pero demuestra que está poco satisfecha con esa existencia, que para una moto jovencita como ella debe de ser más aburridilla que nada. A lo mejor piensa que se le enmohecen los caballos y el freno delantero de disco con mando hidráulico; pero si lo piensa no lo dice, si lo dice nadie la oye, si alguien la oye no va por ahí contándolo.
            Sin embargo, una noche Eliso llega a casa y Minina no está. Ya no está. Ha dejado allí un embrague automático, se ve que se lo ha cambiado, y se ha escapado con un ladrón de choppers que se compadeció de ella al verla tan sola y abandonada.
            —¡Vuelve a casa, Minina! —llora Eliso acariciando tiernamente el embrague automático. Pero la Minina está ya en Monticelli de Ongina, está ya en Massalombarda, está ya en Falconara Marittima con su guapo ladrón, quién sabe dónde estará.
            Eliso parte en su busca, a pie, enjugándose los ojos con un pañuelo sucio para ver bien la carretera y los alrededores. Hace auto-stop en la autopista, toma autobuses, automotores, autotanques, autofurgones. De noche duerme bajo los viaductos, entre los setos de las isletas, o apoyado en un quitamiedos. Cada vez está más triste. Pesa sólo setenta y cinco kilos, pero no ha disminuido de estatura.
            Así, ahora, por las carreteras hay muchos buscando. Está Eliso que busca a la Minina. Y están los agentes secretos del comendador Mambretti que buscan a Eliso. En efecto, el comendador Mambretti no se ha resignado nunca a la fuga de su amado hijo, también a causa de que su mujer, doña Osvaldina, le ha puesto la cabeza como un bombo a fuerza de reproches:
            —Ya podías dejarlo casarse con quien quisiera; ¿te parece que hoy en día una moto japonesa no es una mujer tan buena como cualquiera? Todo por tu orgullo de fabricante de accesorios para sacacorchos. ¿Ya no te acuerdas de que tu madre quería que te casaras con la Firma Mambrucci, productora de desodorantes para gatos y afines, y a mí no me quería, porque era hija de simples latifundistas?
            El señor Mambretti, que en secreto es también propietario de una agencia de agentes secretos, manda buscar a Eliso por tierra y por mar, con todos los medios de comunicación y de transporte. Durante meses y meses los agentes le mandan informes sin sustancia, por telégrafo, por correo y en mano por motoristas: «Eliso localizado en Bordighera disfrazado de jubilado de Ferrocarriles stop Conocida motocicleta camuflada de plantación de claveles»; «Huellas de moto japonesa en Mont Blanc stop Siguen detalles». Y después los «detalles» consisten en una tarjeta postal con una flecha que tendría que señalar las supuestas huellas y en cambio señala un ventisquero, con un aspecto nada motociclista.
            El comendador Mambretti responde a estos mensajes con amenazas encendidas y furiosas: «Si no encontráis a mi hijo os mando exilados a Portugal stop Dejad de buscarlo donde no está. Buscadlo donde se encuentra, listillos stop Cordiales saludos de X 15,75».
            «X 15,75» es el nombre secreto del comendador Mambretti para estas circunstancias.
            Por fin el agente Kappa Cero —un contable de Bagnacavallo apasionado por el espionaje— tiene una idea que vale por dos: se disfraza de cartelón publicitario de una marca de guardabarros y bastidores y se coloca en la Autopista del Sol, entre Orvieto y Bomarzo, a la espera de los acontecimientos. Y ocurre que Eliso pasa justamente por allí, a bordo de un bólido conducido por un fraile capuchino, ve el cartel y exclama enseguida:
            —Padre, me quedo aquí. Gracias por el viaje y hasta la vista.
            El fraile pega un frenazo en seco en cuarenta y dos metros y veinticinco centímetros. Eliso se baja y corre a contemplar los guardabarros y bastidores, que son su pasión. El agente Kappa Cero lo reconoce y empieza a hablarle de papá que llora, de mamá que reza, de la señorita Susi Mambrini que lo espera, de la señorita Foffi Mambroni que piensa en él, de la señorita Bambi Mambrinelli que sueña con él por la noche.
            —¿Y cómo sueña conmigo? —pregunta Eliso.
            —Vestido de ángel —responde el agente Kappa Cero.
            —No me va —dice Eliso—, habría preferido que soñase conmigo con faja de ante, la amiga del motociclista, que se adhiere agradablemente a la piel preservando el abdomen de las corrientes de aire, mantiene una grata tibieza, pero no hace sudar y además no se enrolla.
            —¡También yo la llevo! —grita con entusiasmo el agente Kappa Cero. Se desabrocha la camisa y demuestra que dice la verdad. Eliso, a causa de la faja, simpatiza con él. Van a tomar un té frío a un restaurante de la autopista, abriéndose paso entre diversos autobuses de turistas holandeses. Mientras toman el té, el agente Kappa Cero se dedica a convencerlo.
            —Vuelve la primavera —dice—, vuelven las golondrinas al nido, vuelve el asesino al lugar del crimen, ¿por qué eres el único que no quiere volver?
            —Eso mismo me pregunto —dice Elisopero no sé qué responder. Nunca ha sido mi fuerte responder a las preguntas.
            —¿Sigues amando a Minina? —susurra confidencialmente Kappa Cero.
            Eliso, imitando sin saberlo a su padre, reflexiona un poco. Después responde:
            —No, ahora que lo pienso se trató de una chifladura pasajera. Ha sido el primer amor que jamás se olvida, pero ahora estoy un poco harto. Casi, casi regreso a casa, con la condición de que mi padre me devuelva la paga semanal.
            —¡Te lo aumenta! —comunica el agente Kappa Cero, que tiene plenos poderes—. Te lo sube a ciento cincuenta.
            —Pero quiero un Ferrari —continúa Eliso.
            —Concedido —anuncia Kappa Cero—, y también tendrás un Stanguellini.
            —Y además —acaba Eliso—, quiero casarme con una motocicleta. No con la Minina, que me traicionó con otro.
            —¡Cuentas con la bendición de tus padres! —anuncia Kappa Cero—. Tu madre te acompañará al garaje y al altar.
            —Entonces, de acuerdo —concluye Eliso.
            Emprenden viaje en el coche del agente Kappa Cero, que es un Jaguar disfrazado de Porsche de incógnito.
            Por el camino, para no descuidar la cosa cultural, visitan el castillo de Francisca de Rímini, la iglesia de Polenta y la Exposición del Calzado de Bolonia. Y precisamente en Bolonia, bajo los soportales, Eliso se detiene fascinado ante un escaparate. Kappa Cero, desconfiadísimo, trata de arrancarle el secreto de esa fascinación. Mira a la tienda y ve una dependienta morena, de ciento sesenta y dos centímetros de alto sin tacones, con ojos de terciopelo verde, una sonrisa tan amable que sólo con verla se oyen tañer las campanas.
            —Preciosa —dice Kappa Cero—, realmente preciosa.
            —¿Verdad? —agrega Eliso—. Me caso con ella. O con ninguna. He dicho.
            Se suceden otras preguntas y respuestas y por fin Kappa Cero comprende que Eliso no se ha enamorado de la bellísima dependienta, sino de una lavadora expuesta en el escaparate. Un milagro de la técnica electrodoméstica. La perfección diseñada por un gran artista. La Miss Universo de las lavadoras.
            Eliso no se mueve del escaparate, no quiere dar un paso más. El agente Kappa Cero se ve obligado a usar su radio receptotransmisora que lleva en la boca, metida en un diente postizo. Con ella advierte al comendador Mambretti y una hora después allí están, el comendador Mambretti y doña Osvaldina. Él no está del todo feliz con ese proyecto matrimonial, pero la señora está en el séptimo cielo.
            —¡Figúrate! ¡Tener una nuera lavadora! Seré la primera en toda la provincia de Módena. Y además será muy cómodo, para la colada.
            En resumen, piden la mano de la lavadora. Ella no dice que no; quien calla otorga. Eliso se casa con ella y viven felices y contentos. De Minina no se vuelve a tener noticias. Pero sabemos que se ha convertido en triciclo y vive pacíficamente en Busto Garolfo, junto a Busto Arsizio.


 Marco y Mirko contra la banda de los polvos de talco

 

 

            Marco y Mirko son gemelos, pero es fácil distinguirlos entre sí porque Marco lleva un martillo con mango blanco y Mirko un martillo con mango negro. Nunca se separan de sus martillos, nunca; preferible el jabón en los ojos.
            Sus padres son don Augusto y doña Emenda, también fáciles de distinguir, porque don Augusto es propietario de una tienda de electrodomésticos y doña Emenda, en cambio, es propietaria de una tienda de ropa para perros. Por la mañana, antes de salir de casa, dirigen a sus hijos cariñosas enseñanzas:
            —Marco y Mirko, por favor, no abráis la puerta a nadie, porque andan por ahí esos terribles ladrones de talco.
            —Sí, mamá, sí, papá.
            Naturalmente, en cuanto los padres han desaparecido del horizonte, los gemelos corren a abrir la puerta, con la viva esperanza de descubrir un ladrón de talco al acecho en el descansillo. Desilusión. No hay nadie. Entonces salen a la terraza a entrenarse con los martillos, a los que están enseñando a comportarse como boomerangs y otros muchos jueguecitos. Los martillos vuelan por el cielo y regresan. Bajan a plomo a la calle, dan tres vueltas en tomo al sombrero de un transeúnte y suben de nuevo a la terraza silbando.
            —Silban —observa Marco—, todavía no hacen un buen pitido.
            —Silbando se aprende —dice pacientemente Mirko.
            De improviso, en la fachada del chalecito de enfrente se abre de par en par una ventana, se asoma una señora sin quitarse las manos de la cabeza, y un horrible grito sale de sus dientes:
            —¡Socorro! ¡Socorro! ¡Me han robado los polvos de talco!
            —Van siete —hace constar Marco, que lleva la cuenta de los robos en el barrio.
            —¡Socorro! ¡Auxilio! —agrega la pobre mujer.
            —La señora de ayer —observa Mirko— tenía los dientes más blancos.
            Pero ya un nuevo espectáculo apela al espíritu de observación de los dos gemelos: por la verja del chalecito sale un hombre enmascarado, de modales bastante sospechosos. Estrecha contra su seno varios botes de talco y manifiesta visiblemente su intención de dirigirse a toda prisa a otro lado.
            —La ocasión que esperábamos —dice Marco.
            —Justamente —dice Mirko—, la ocasión la pintan ladrona.
            Los martillos salen disparados. Esta vez, al cruzar el aire, producen como un principio de aullido. El hombre enmascarado mira hacia arriba, pero haría mejor mirándose a los pies, porque el martillo de mango blanco está apuntando a su zapato izquierdo, mientras que el de mango negro apunta a su zapato derecho. Podría ahora, si quisiera, abrir los pies. Pero en cambio abre los brazos, deja caer los botes, sin la menor coherencia, y se pone a gritar a su vez:
            —¡Socorro! ¡Auxilio!
            Los martillos giran a velocidad vertiginosa en torno a sus pies y no le permiten el menor desplazamiento.
            —¡Basta! —suplica el hombre enmascarado—. ¡Me rindo!
            —Demasiado poco —dice Marco.
            —Primero queremos una confesión completa —precisa Mirko—. Quién es usted, por qué roba el talco, quiénes son sus cómplices, quién es su jefe, cómo se llama y cuántos años tiene la mujer del jefe, etcétera.
            —Yo me llamo «el hombre enmascarado». Robo por cuenta ajena. Quien me transmite los encargos es el conocido malhechor Lento Lento. No sé más. Corto.
            —¿Dirección de Lento Lento?
            —Avenida Garibaldi, 3567 y medio, interior dos, llamar cuatro veces, canturreando la canción que dice: «Ramona, oyes el timbre que te llama…».
            El hombre enmascarado es puesto en libertad bajo palabra. Los martillos suben a la terraza con un alegre silbido y la conciencia del deber cumplido. Pero enseguida vuelven a bajar, por otro camino, al bolsillo de los gemelos que se dirigen a visitar al conocido malhechor Lento Lento.
            Encuentran la dirección indicada. Llaman cuatro veces. No hay respuesta. Vuelven a llamar cuatro veces.
            —No vale —grita una voz desde dentro—. Tenéis que cantar también la canción, si no, no abro.
            —Ah, sí, la canción.
            Marco y Mirko entonan el Himno de Garibaldi, pero Lento Lento responde muerto de risa:
            —Todo equivocado. Vuelta a empezar.
            Esta vez Marco y Mirko usan los martillos y la puerta se abre.
            —Lo sentimos —dicen—, la canción esa de «Ramona, oyes el timbre que te llama» la hemos olvidado.
            —Me habéis destrozado la puerta —protesta Lento Lento.
            —Perdónenos por esta vez y díganos toda la verdad sobre la banda del talco.
            —¿De qué se trata? ¿Estáis haciendo una encuesta para el colegio?
            Lento Lento, sin saberlo, ha tocado la tecla más dolorosa. Ante el sonido de la palabra «colegio» los gemelos vacilan, los martillos se vuelven pequeños, pequeñitos, para no ser capturados por la maestra. Lento Lento se ha marcado un punto, pero no se da cuenta:
            —¿Os habéis escapado de casa para enrolaros en la Legión Extranjera? ¿Os embarcaréis como grumetes en un mercante que sale de Bríndisi hacia Patrás?
            —Si su última palabra es Patrás —contraatacan Marco y Mirko, aprovechándose de su imprudencia—, es usted hombre acabado. Llegan los nuestros.
            Lento Lento mira hacia la puerta y se equivoca, porque los martillos le prueban los reflejos de las rodillas.
            —¡Ay! ¡Ay! ¡Verdugos! ¿Qué queréis de mí? Yo soy un simple organizador. Veintisiete hombres a mis órdenes roban los polvos de talco y los entregan en mi almacén. Todas las mañanas pasa a retirarlos un hombre calvo con una camioneta verde y me los paga a peso de oro y de plata. Fin de la transmisión.
            —¿A qué hora?
            —Dentro de dos minutos justos. Escondeos. Lo veréis todo.
            Los dos minutos pasan sin prisa, indiferentes. Llega la camioneta verde conducida por el hombre calvo. Lento Lento carga los sacos de talco, tiende la mano para recibir su paga y el hombre calvo escupe en ella riéndose burlonamente:
            —¡Ja, ja!, la última remesa se puede pagar también de esta manera.
            Va a marcharse, pero no puede porque el martillo de Marco le inmoviliza la mano izquierda sobre el volante y el martillo de Mirko le inmoviliza la mano derecha sobre la palanca de cambio.
            —¿Os parece bonito golpear así, a traición y sin previo aviso? —lloriquea el hombre calvo.
            —Pague a este honrado profesional —intiman Marco y Mirko.
            Lento Lento recibe unos lingotes de oro, se limpia las manos en los pantalones y huye al Líbano.
            Marco y Mirko saltan a la camioneta.
            —Vámonos —ordenan.
            —Ahora mismo —dice el calvo, recobrándose—. Vamos al jardín zoológico; os compraré dos paquetes de avellanas para dárselas a los monos.
            —De zoo, nada, vamos a ver al jefe.
            —¡Ah, no! —implora el hombre calvo—. ¡Al jefe, no! ¡Prefiero un café con leche sin azúcar!
            Los martillos lo obligan a pensárselo mejor y a arrancar. Mientras van, el hombre calvo les abre su corazón:
            —El jefe es el doctor Diabolus.
            —¿Quién? ¿El famoso científico diabólico?
            —Un hombre terrible. Si no le obedezco en todo, con una simple ojeada hace que me entre dolor de barriga. ¿Sabéis cómo me ha obligado a convertirme en su ayudante?
            —No, nunca nos lo ha dicho nadie.
            —Mandándome en sueños a mi abuelo, que me daba bofetones toda la noche. Me despertaba con cardenales. ¡Y pensar que mi profesión preferida es la de observador de plátanos!
            —¿Cómo se hace?
            —Se escoge un plátano, se pone debajo una hamaca y se observa. Se hacen observaciones interesantísimas. A propósito, me llamo Segundo.
            —Volvamos al talco. ¿Qué hace con él el doctor Diabolus?
            —Lo necesita para Anselmik, un robot dotado de supermente, fabricado por Diabolus tras años de estudios y llamado así por el nombre de su tío Anselmo.
            —Y Anselmik, ¿qué hace con el talco?
            —Se lo come. Come un quintal diario. Se pasa el tiempo comiendo talco y pensando.
            —¿Y en qué piensa, don Segundo?
            —Se lo dice sólo al doctor Diabolus. Cuando hablan entre sí me mandan fuera a partir leña. Pero ya llegamos. ¿Veis ese chalecito blanco con pintas azules?
            Marco y Mirko miran: ¡sorpresa! Es el chalecito donde viven, en el segundo piso, con sus padres y sus martillos.
            —El laboratorio está en el sótano —les explica su guía—. Diabolus sale solamente disfrazado de comerciante de grifos.
            —¡El señor Giacinto! —piensan al tiempo Marco y Mirko—, el que de vez en cuando nos regala grifos viejos para jugar. Lo que son las cosas.
            El señor Giacinto, vestido de científico diabólico, se enfada muchísimo con don Segundo cuando ve a los dos gemelos. Anselmik, en cambio, ve sólo el talco y se pone a bailar de alegría, gritando:
            —¡La papilla! ¡La papilla! ¡Viva la papilla!
            Se ata la servilleta al cuello y ataca el talco con una cuchara. Mientras tanto el doctor Diabolus, con su ojeada diabólica, trata de darles dolor de barriga a Marco y Mirko, para quitárselos de encima. Pero no consigue concentrarse, porque los martillos giran ululando en torno a sus orejas y le entran mareos.
            —No ofrezca resistencia, señor Giacinto Diabolus. Está rodeado.
            El científico se doblega llorando:
            —¡Basta! ¡Basta! ¡Diré la verdad!
            Pero no puede decirla, al menos de momento, porque Anselmik, alzando la boca del plato, lanza un chillido que vale por dos:
            —¡Lo encontré! ¡Lo encontré! Escucha, amo: «El talco Nixon nos lo quitan de las manos». ¿Entiendes la sutil alusión?
            El doctor Diabolus se hunde aún más, murmurando entre sollozos:
            —Esto es demasiado. Precisamente hoy había decidido renunciar a la empresa, por ser demasiado difícil. Y ahora Anselmik ha funcionado, pero con dos minutos de retraso, porque vosotros me habéis descubierto y desenmascarado. ¡Cuántas cualidades de una sola vez! Y pensar que estaba llegando a la meta de mi vida…
            —¿Qué meta, infernal doctor Diabolus?
            —Encontrar una frase para el lanzamiento del talco Nixon en la televisión. Habéis de saber que hace diez años la casa Nixon me contrató con este encargo secretísimo. Fabriqué un robot maravilloso, hecho todo con moneditas de cinco liras… Ya veis que es verdad. Anselmik, con su super-mente, debía producir la frase. Para eso lo alimentaba con talco. Y seguí alimentándolo incluso cuando la empresa interrumpió las remesas y me vi obligado a recurrir al robo. Ahora vosotros me denunciaréis como jefe de la banda del talco; me condenarán a presidio; quizá en la cárcel me den un número par, ¡a mí, que sólo me gustan los números impares…! ¡Qué tragedia!
            Anselmik seguía brincando por la gran habitación, cantando en todos los tonos:
            —«El talco Nixon es tan bueno, ¡que nos lo quitan de las manos!»
            —Ya basta —le ordena Marco.
            —El talco Nixon es una porquería —agrega severamente Mirko.
            —¿De veras? —dice Anselmik, sorprendido—. No se me había ocurrido.
            Y también él estalla en llanto.
            —Vamos, vamos —lo exhortan Marco y Mirko—. ¿No se te habrá metido jabón en los ojos? Hagamos una cosa. No denunciaremos a nadie, con estas condiciones: primero, el doctor Diabolus presentará la dimisión, se dedicará totalmente al comercio de grifos y devolverá el talco a los que han sido robados por correo.
            —¿Y cómo hago? ¡No tengo las direcciones!
            —Las encontrará en el listín de teléfonos. Segundo, don Segundo podrá consagrarse libremente a la observación de los plátanos.
            —¡Viva! ¡Corro ahora mismo a comprarme una hamaca!
            —Tercero, Anselmik será encerrado en el armario y sólo saldrá una vez al día, a las diecisiete horas, para hacer los deberes del colegio para nosotros y nuestros amigos. Con este fin se alimentará de libros escolares.
            —¡Hurra! —grita Anselmik, entusiasta—. ¡Los libros escolares son tan buenos que nos los quitan de las manos!
            Y corre a encerrarse él mismo en el armario. Después abre la puerta:
            —¿Empezamos hoy?
            —No, después de las vacaciones.
            —Esperaré con ansia el final de las mismas.
            ¿Queda algo que hacer? No, nada más. Marco y Mirko pueden despedirse del señor Giacinto y volver a casa. Justo a tiempo. También vuelven don Augusto y doña Emenda, muy contentos de encontrar a sus hijitos sanos y salvos en su nido, al abrigo de los peligros de la metrópoli.
            —Habéis sido muy buenos —dice doña Emenda—. Como premio, hoy os lavaré la cabeza.
            Marco y Mirko preferirían un par de bofetadas, pero son demasiado orgullosos para demostrar su terror. ¡Ay!, no todas las cosas de la vida son tan agradables como dar caza a la banda de los polvos de talco.


 Los magos del estadio
 o
 El Barbarano contra el Inglaprusia

 

 

            El presidente de la Asociación Balompédica Barbarano está desesperado porque su equipo, pese a la presencia de elementos de clara valía, como Brocco I y Brocco II, y de jóvenes promesas, como Brocco III, Brocco IV y Brocco V (a quien los hinchas llaman Menisco de oro), pierde todos los domingos y las otras fiestas de guardar. Tras haber pedido consejo a sus consejeros, chambelanes y mayordomos, lanza un bando en su reino: «Daré —dice el bando, que todos los diarios publican en primera plana— mi hija por esposa y el castillo de Santa Lilaila de regalo a quien salve al Barbarano del descenso».
            Al día siguiente se presentan muchos jóvenes prometedores, algunos ya secretamente enamorados de Lauretta, la espléndida hija del Presidente, que mide uno setenta y cinco de alto y tiene los ojos verdes, estudia para campeona olímpica y aprende a tocar el tocadiscos. Conocen numerosos sistemas infalibles para que gane el Barbarano: por ejemplo, comprar a Riva, Rivera, Netzer y Beckenbauer; regalar setas venenosas a los adversarios; ofrecerle al árbitro un coto de caza de jabalíes. Pero para comprar a Beckenbauer hay que estudiar primero alemán; es una complicación. Todos esos sistemas son poco prácticos.
            Hacia el atardecer, los últimos serán los primeros, se presenta un tal Rocco de Pisciarelli, conocido más que nada como tratante de pieles de conejo. Como primera medida pide que le enseñen la fotografía de Lauretta, la estudia a fondo y se muestra bastante satisfecho.
            —¿Qué referencias futbolísticas tiene usted? —le pregunta el Presidente.
            —Bueno, de segundo nombre me llamo Helenio —dice Rocco.
            —Eso ya es una recomendación. ¿Y además?
            —Hagamos una cosa —propone Rocco—. El próximo domingo, en el partido, me pone usted en el banco al lado del antiguo entrenador, y si el resultado le gusta, volvemos a hablar en presencia de testigos.
            —De acuerdo —dice el Presidente.
            El domingo, con ocasión del encuentro con el Formello Football Club (que juega con camisetas blancas con listas blancas), Rocco entra en el campo y se va a sentar junto al antiguo entrenador, un hombre desilusionado de la vida y del campeonato, triste como una canción sin palabras, que difunde a su alrededor un perfume de crisantemos marchitos. El árbitro pita el comienzo como si nada ocurriese. Y en quince minutos el Formello marca tres tantos, más otros nueve anulados por fuera de juego.
            Durante el descanso Rocco va a los vestuarios, pasa de un jugador a otro y a todos les dice unas palabritas al oído. El Presidente se da una vuelta entre los jugadores después que él:
            —¿Qué os ha dicho?
            —A mí me ha dicho: tres por nueve veintisiete —revela Brocco I.
            —Y a mí: seis por cuatro veinticuatro —confía Brocco II.
            —La tabla de multiplicar la sabe —observa el Presidente meditabundo—. Veremos qué pasa.
            Se reanuda el juego. Pasa un minuto y Brocco I marca de un cabezazo. Dos minutos después marca Brocco II, con la izquierda. Marcan con la derecha, sucesivamente, Brocco III, Brocco IV y Brocco V (a quien los hinchas llaman Menisco de oro). Brocco VI con la rodilla. Brocco VII marca con las amígdalas. El Barbarano gana por doce a tres. El Presidente se desmaya de emoción y ni siquiera se da cuenta de que los hinchas lo sacan a hombros, por eso no le proporciona el menor placer.
            Cuando vuelve en sí, manda llamar a Rocco, que estaba montando en su vespino para regresar a Pisciarello, y lo contrata como nuevo entrenador. El viejo se exila a Oporto, en Portugal.
            —Y ahora —dice el Presidente—, ¿me cuentas tu secreto?
            —No hay secretos —explica Rocco—. El comercio de las pieles de conejo deja mucho tiempo libre, de modo que he estudiado parapsicología y me he convertido en un mago del fútbol. Puedo mandar el balón a donde quiera con la pura fuerza del pensamiento. Puedo espantar a los jugadores contrarios provocándoles terribles alucinaciones. Cosas sencillísimas, como ve.
            —De acuerdo. Pero será mejor que la prensa no sepa nada.
            —A mí me basta con la gloria —dice Rocco—, y el castillo de Santa Lilaila. ¿A su hija le gustan los callos?
            —Sí, ¿por qué?
            —Sólo por saberlo. Mi hobby preferido es recoger informaciones.
            En pocas semanas el Barbarano se pone a la cabeza de la clasificación y gana el campeonato. Rocco y Lauretta se casan, se van a vivir al castillo de Santa Lilaila y comen callos una vez por semana.
            En pocos años el Barbarano asciende a primera división, gana la Liga nacional, conquista la Copa de los Campeones, la Copa de las Copas, el Torneo nocturno de la Tolfa, etcétera. Se convierte en el equipo más famoso de todos los tiempos. Rocco se convierte en el entrenador más famoso del mundo.
            —Usted —le dice una vez un periodista—, conseguiría enseñar a una cabra a meter goles.
            —Claro —responde Rocco.
            Manda a buscar una cabra, coloca en la portería a doce porteros de primera división, codo con codo, y cuando la cabra chuta todos caen patas arriba. ¡Gol! El caso es que los doce porteros, en lugar del balón, han visto que se les venía encima un piano de cola. Pero se avergüenzan de decirlo, porque, pasado el momento, ya no están seguros de si era un piano de cola o un órgano electrónico.
            Sólo una vez, en tantos años, Rocco pierde la calma. Un árbitro ha pitado un fuera de juego a Broceo V (a quien los hinchas llaman Menisco de oro), que estaba en cambio en posición correcta. Un instante después se ve a aquel señor con pantaloncitos negros trepar por el palo de la portería e ir a sentarse en el larguero.
            —Pero, Rocco, ¿qué haces? —susurra nerviosamente el Presidente del Barbarano.
            Rocco se da cuenta de que ha exagerado con sus superpoderes parapsicológicos, a riesgo de inspirar desconfianza a cualquier mente desconfiada. Deja al árbitro en libertad de bajar y se contenta con mandarle la alucinación de la anaconda: el árbitro, mientras corre, tiene continuamente la impresión de poner los pies sobre una serpiente anaconda de diez metros y cincuenta centímetros de largo y para esquivarla da preciosísimos saltitos. El público le aplaude. El Barbarano gana por cuarenta y siete a cero y todos sus jugadores son nombrados Caballeros de Santa Lilaila.
            Después, un día se oye contar que allá en Inglaprusia ha aparecido otro equipo que gana siempre por cuarenta, cincuenta a cero, y derrota incluso a Alemania, y Beckenbauer, humillado, abandona el fútbol y se convierte en propietario de un banco.
            Rocco, disfrazado de industrial textil en viaje de instrucción, va a ver un encuentro entre el Robur (así se llama el equipo inglaprusiano) y el Vetralla. Le basta una ojeada para reconocer en el entrenador a un famoso mago tibetano, caracterizado de brisgoviés. Para hacer una prueba, se concentra, reúne todos sus superpoderes y transforma al extremo derecho del Inglaprusia en un grillo que chilla desesperadamente, «cri-cri», por miedo a que lo aplasten. Pasan tres segundos, el grillo se transforma de nuevo en extremo derecho, recoge un pase y marca. Desplazando el balón con el pensamiento, Rocco logra hacer marcar al Vetralla un par de tantos, pero a la tercera no lo consigue: el pensamiento del mago tibetano parece más fuerte que el suyo. ¿No será porque piensa en tibetano, lengua de antiguas magias?
            A Rocco, de la preocupación, le sale un, orzuelo. Sabe que un día u otro, y quizá antes, los dos mejores equipos del mundo tendrán que enfrentarse. Para prepararse, Rocco se pone a estudiar tibetano. En tres días y tres noches aprende de memoria cuarenta mil vocablos y decide que bastan. Para estar verdaderamente dispuesto a todo aprende también chino, indostano y una decena de dialectos bantúes.
            Y llega el día del superpartido. Se juega en el Estadio Olímpico de Roma. Conexión radiovisual con ciento dieciocho países. Presentes veinte mil periodistas, muchos de ellos con su señora y su cuñada. En las tribunas son incontables los ministros, los arzobispos, los tratantes de pieles de conejo, los nobles arruinados, los ladrones en libertad provisional, los licenciados, los calvos, los mancos. Los dos entrenadores, antes de dirigirse a sus banquillos respectivos, se estrechan la mano y se dicen: «¡Que gane el mejor!» en arameo, para no dar a entender sus verdaderos sentimientos. En el momento del apretón, los dedos del mago tibetano se transforman en víbora de mortal picadura. Rocco responde inmediatamente transformando sus propios dedos en puercos espines, grandes comedores de víboras. Naturalmente nadie ha notado nada. Los fotógrafos sacan fotografías sin la menor sospecha.
            Inmediatamente después del pitido del árbitro, Rocco manda al campo un rebaño de dinosaurios, pero los inglaprusianos, instruidos por su mago, ni se inmutan.
            «¡Fuera los pulpos gigantes!», ordena mentalmente Rocco. Invisibles a los ojos de todos, pero no a los de los jugadores del Robur, bajan al terreno como once pulpos gigantes, uno por cabeza. Tienen tentáculos de veinticuatro metros de largo, con los cuales podrían triturar a una ballena, arrastrar bajo el agua un trasatlántico y cortar en lonchitas —como se merece— un submarino atómico. Pero los jugadores inglaprusianos, adiestrados por su mago, les sacan la lengua, y los pulpos, ofendidísimos, se retiran a la nada.
            En ese momento Brocco I tiene una visión. Se le aparece Blancanieves, que le pregunta:
            —Perdone, ¿ha visto a mis siete enanitos?
            Brocco I, asombradísimo, pierde tiempo en responderle:
            —No, señorita, lo siento. Pero mire que aquí no se puede estar: se celebra el partido del milenio.
            —¿Qué me dice? ¡Y yo que no sabía nada! —dice Blancanieves—. Sea bueno, explíqueme por qué todos andan a patadas con esa pobre pelota, que no le ha hecho daño a nadie.
            Mientras Brocco I charla con la chica, los inglaprusianos le soplan el balón e inician un irresistible avance hacia la portería del Barbarano. El portero se prepara para parar, pero pasa delante de él Cenicienta, a todo correr, jadeante.
            —Señorita —le grita el portero—, ¡ha perdido un zapato!
            —No importa —responde Cenicienta—. Tengo otro.
            Y mientras tanto el delantero centro inglaprusiano dispara un cañonazo que derribaría, las murallas de Viterbo. Por suerte, apelando a todos sus recursos, Rocco consigue desviar mentalmente el tiro y hacer que dé en el larguero.
            «Conque ésa es tu táctica —piensa Rocco, dirigiéndose mentalmente al mago tibetano—. Estupendo, te responderé cuento por cuento».
            Un instante después los inglaprusianos ven entrar en el campo a Caperucita Roja perseguida por el Lobo Feroz y no pueden dejar, por caballerosidad, de tomar partido por la pobre niña y perseguir al lobo. El Barbarano se aprovecha y marca. ¡Uno a cero! Siete mil doscientos dieciocho hinchas se desmayan de emoción y son sacados en camillas.
            El mago tibetano responde con un Hada de los Cabellos Azules, que está a punto de ser frita en la sartén por el Pescador Verde:[4] los jugadores del Barbarano se distraen para salvarle la vida y el Inglaprusia empata. ¡Uno a uno! Se desmayan otros cuatro mil hinchas y trescientos camilleros.
            A partir de ese momento los dos magos ya no miden sus golpes. El campo se puebla de brujas, ogros, diablos, geniecillos, madrastras, hermanastras, princesas, lamparillas remotas, caballos parlantes, guerreros, bandidos, músicos de Bremen, camellos y camelleros; y de nuevo monstruos pasados, presentes y futuros, del tiranodonte a King Kong, a los hombres-lagarto; llueven sobre los jugadores el ratón Mickey, Superman, Nembo Kid, Diabolik, Barba Azul y Pulgarcito. La gente no ve nada. O mejor dicho ve a veintidós jugadores y al árbitro que corren de un lado a otro, como locos, mientras el balón está solo, olvidado y melancólico en la línea de medio campo. Lo malo es que los dos magos ya no consiguen hacer desaparecer los fantasmas evocados por sus mentes. El campo está ya atestadísimo, ni siquiera hay sitio para correr. Los jugadores se sientan en el suelo, sin resuello. El público silba.
            De repente ocurre una cosa rara. Rocco y el mago tibetano piensan al tiempo en el flautista de Hamelin y piensan tan intensamente que el flautista no sólo aparece en el centro del campo, sino que resulta visible para todos los espectadores, incluidos ministros, periodistas y calvos.
            ¿Qué hace aquel flautista, en el centro del estadio?
            Se produce un gran silencio. Se oiría caer una hoja si en el estadio hubiese árboles, y fuera otoño, y soplase un viento frío para hacer caer las hojas. Y en cambio se oye… Se oye al flautista que toca… ¿Y qué toca? ¡Asombro! ¡Es la badinerie de la conocida Suite de Juan Sebastián Bach!
            El flautista toca la parte de la flauta diecisiete veces, porque es más bien cortita y, para apreciarla bien, no basta con oírla sólo dieciséis veces.
            Cuando acaba, se encamina hacia la salida. Los jugadores la siguen. El árbitro la sigue. Los dos magos enemigos la siguen. El público la sigue. Todos se van a sus casas, olvidan el partido, olvidan el juego del fútbol (durante tres meses) y aprenden a tocar la flauta.


 El cartero de Civitavecchia

 

 

            En Civitavecchia, como en una ciudad casi grande donde además está el puerto de los barcos que van a Cerdeña, hay muchos carteros. Hay más de doce. El más joven es el cartero Grillo. En realidad se llama Gian Gottardo Angeloni y en los círculos postales es conocido por Trotillo, porque siempre va al trote. Pero en la ciudad lo llaman Grillo, que era ya el apodo de su abuelo.
            Grillo es tan joven que ni siquiera está casado. Tiene sólo una novia llamada Ángela, muy mona, muy deportista. Es hincha del Ternana, ya que su padre era oriundo de Terni; aunque un oriundo cualquiera, no de esos que juegan al fútbol. Ángela es sobre todo hincha de Grillo, y le dice:
            —Eres el mejor cartero de Civitavecchia y de todo el Tirreno. Nadie lleva una bolsa tan pesada como la tuya. Si te dan un telegrama para entregar, vas tan rápido que a veces llegas el día antes.
            Ángela lo quiere tanto que cuando llueve le seca el paraguas con su secador de pelo.
            A Grillo lo destinan a la entrega de paquetes postales, pero para él es un juego: lleva hasta veinticuatro a la vez y ni siquiera suda, y así se ahorra el pañuelo, con lo que cuesta el jabón.
            Una mañana, en vez de un paquete, lo encargan de entregar un tonel de vino. Pesadísimo, era vino de catorce grados, figuraos. Él lo pone en el manillar de la Vespino y sale corriendo. Se acaba la mezcla, la Vespino no marcha. No importa, Grillo se carga el tonel en el dedo pulgar y se lo lleva al destinatario. Regresa a la oficina, su jefe lo llama:
            —Vamos a ver, ¿cómo es que llevas un tonel con el dedo pulgar y ni se te tuerce un poco?
            —Un tonel no es nada del otro mundo, jefe. Estoy acostumbrado a las cargas. Tengo a mi cargo una familia más larga que un día sin pan: mi mamá, mi abuela, dos tías solteronas y siete hermanos llamados Rómulo, Remo, Pompilio, Tulio, Tarquinio…
            —Alto. ¿No son los nombres de los siete reyes de Roma?
            —Natural. Al fin y al cabo Roma es la capital. Mi padre era un buen patriota.
            —Oye —dice el jefe—, ¿por qué no te dedicas al levantamiento de pesos? A lo mejor te conviertes en un gran campeón.
            —Lo pensaré.
            —¿Cuándo?
            —Esta tarde a las siete y media.
            A las siete y media, Grillo se encuentra con Ángela y ella, con lo deportista que es, se vuelve enseguida hincha del levantamiento de pesos.
            —Pero —sugiere— entrenémonos a escondidas, así te presentas por sorpresa, los derrotas a todos, conquistas la gloria, te hacen una entrevista en la radio y dices que tienes una novia llamada Ángela.
            Se ponen de acuerdo. En cuanto oscurece, y todos los habitantes de Civitavecchia se encierran en sus casas a ver la televisión (hacen lo mismo en Milán, Nueva York y Villaconejos), Grillo comienza el entrenamiento. Primero levanta una motocicleta japonesa que pesa dos quintales, después un seiscientos, después una furgoneta de las grandes y, por último, un camión con remolque.
            —Eres más fuerte que Maciste —dice Ángela, muy contenta.
            Maciste es un descargador del puerto que levanta una caja de pernos con una sola mano; pero no tiene a su cargo una abuela y tiene sólo dos hermanos, de modo que no está tan entrenado.
            A la mañana siguiente el jefe llama a Grillo a su despacho:
            —¿Te lo has pensado?
            —Sí, desde las diecinueve treinta a las once cuarenta y cinco. Pero durante un poco de tiempo quiero entrenarme en secreto. Si viene esta noche a las doce en punto ya verá.
            —A medianoche, realmente, se ve muy poco.
            —Mi novia llevará una linterna de bolsillo.
            A medianoche van al puerto, se suben a una barquita. Ángela insiste en remar ella para que Grillo no malgaste sus fuerzas, el jefe rezonga:
            —¿No iremos en busca de ballenas para levantarlas?
            Grillo se pone el bañador, se tira al agua, se acerca a un carguero de bandera turca, de mil quinientas toneladas de arqueo y dice:
            —¡Hale-hop! —para que todo esté en regla, y levanta el barco hasta que se ve la hélice. A bordo alguien grita un par de palabras turcas, pero Grillo, que no conoce esa lengua, no responde.
            —¿Ha visto, jefe? —dice Ángela, apagando la linterna de bolsillo.
            El jefe, entusiasmado, se lanza vestido al agua, abraza a Grillo y casi lo ahoga. Por suerte Ángela ha traído un secador de transistores, y puede secarlos a los dos y también las ropas del jefe, incluido el pañuelo del bolsillo de la chaqueta.
            —Serás la gloria de Correos y Telégrafos —dice el jefe—. Pero, por favor, a la chita callando. Nadie debe saber nada hasta el día de la sorpresa y del triunfo, así te hacen entrevistas en la radio, te preguntan quién te ha descubierto, y tú respondes: «Mi jefe, don Fulano».
            —Y dice también que su novia se llama Ángela —agrega ésta.
            —¿Puedo decirlo? —pregunta respetuosamente Grillo a su jefe.
            —Claro que puedes decirlo —responde Ángela.
            A la noche siguiente se van a Roma, fingiendo ir a Viterbo, para hacer otro entrenamiento secreto. Grillo levanta el Coliseo, desprendiéndolo de sus cimientos, después lo vuelve a poner en su sitio con todo cuidado.
            —Demasiado deprisa —critica el jefe—. Casi no me ha dado tiempo de verlo. Lo haces todo demasiado rápido.
            —Bueno, jefe, uno tiene que ser rápido a la fuerza cuando tiene una madre, una abuela, dos tías solteronas y siete hermanos a su cargo.
            —Y además —agrega Ángela— uno tiene intención de casarse.
            —Eso no lo entiendo —le dice el jefe en voz baja a Ángela, mientras Grillo ha ido a lavarse las manos a la fuente—. Una chica tan guapa como usted, de uno setenta y tres de alto, de cincuenta y cuatro kilos de peso, con dos preciosos ojos verdes y tanto pelo, ¿cómo se las ha arreglado para enamorarse de un cartero tan bajito y tan cargado de familia?
            —Oiga —le responde Ángela—, que yo también soy un poco levantadora de pesos. Si me viene otra vez con estas conversaciones, lo siento en lo alto del Arco de Constantino. Y después ya veremos qué sucede.
            —No he dicho nada —dice el jefe—. Pensemos en nuestro campeón. Dentro de quince días son los campeonatos del mundo. Yo pago la cuota de inscripción.
            Hacen otros pequeños entrenamientos y el buen cartero, animado por la chica y el jefe, levanta sucesivamente: las tumbas etruscas de Tarquinia, las minas del Canal Monterano, una isla del lago de Bolsena, el monte Soratte, la Cantina Social de Cerveteri, etcétera. Y con eso basta. Sólo queda esperar el día y la hora de los campeonatos mundiales, que se desarrollan en Alejandría, en Egipto. El jefe paga también el viaje de Ángela, que en el barco hace un buen papel; casi todos los marineros le preguntan si tiene alguna hermana casadera.
            Grillo está un poco nervioso, le entran manías como aquella vez que tenía que llevar una carta urgente y se dio tanta prisa que llegó antes de que remitieran la carta.
            —Calma —le recomienda el jefe—. Eres el levantador más fuerte del sistema solar, no lo estropees todo con las prisas.
            —Está bien, jefe —murmura Grillo—. Es que no estoy acostumbrado a perder el tiempo y este barco parece que no tiene ninguna gana de ir a Egipto.
            Pero al fin llega, los levantadores de pesos entran en Alejandría, encuentran el hotel, y el jefe y Ángela le dicen a Grillo:
            —Echa un sueñecito, así se te pasarán los nervios. Mientras tanto nosotros vamos a inspeccionar el gimnasio para tener la seguridad de que no utilizan pesos falsos y engañosos.
            Grillo se va a dormir, pero duerme tan deprisa que se despierta el día anterior. Mira el calendario y ve que es lunes, cuando ellos habían llegado el martes.
            «Ya estamos —piensa—, ahora me toca dormir todo ese tiempo para ponerme al día…».
            Vuelve a dormirse, pero duerme tan deprisa que se despierta tres o cuatro mil años antes. Se despierta en el desierto porque el hotel aún no existe, y allí al lado hay un tipo vestido de antiguo egipcio que le pregunta:
            —¿Quick queck quack y quock?

            —No entiendo un cuerno —responde Grillo educadamente—. En Civitavecchia hablamos distinto.
            El tipo hace dos o tres veces más: «¡Quick! ¡Quick!». Después llama a dos esclavos, que obligan al cartero a levantarse, lo meten en una barca llena de gente con uniforme de antiguos egipcios y le ponen un remo en la mano.
            —Quack —dice el comandante de la barca.
            —Eso lo entendí —dice Grillo—, significa: rema.
            En cuanto él empieza a remar lo dejan todos los demás, porque ya no hay necesidad: basta Grillo para hacer volar la barca Nilo abajo a tal velocidad que los cocodrilos se apartan protestando y los avestruces, en la orilla, se quedan rezagados un buen trecho. El comandante de la barca está tan contento que se vuelve loco de alegría, y lo tienen que atar.
            Grillo mientras tanto se ha olido que lo están llevando a echar una mano en la construcción de las pirámides de Egipto. Y así es, en efecto. Allí en el desierto hay una pirámide a medias, miles de esclavos que corren de un lado a otro llevando, empujando, arrastrando piedrazas enormes; y está el Faraón, que regaña a sus secretarios. También él hace: «¡Quick! ¡Queck!». Pero se comprende perfectamente que el Faraón esté descontento porque las obras avanzan hacia atrás y sus secretarios se la hacen encima de miedo de perder la cabeza, orejas incluidas.
            «Les echaré una mano —piensa Grillo—, no me cuesta nada. Pero después de comer, se acabó. Si te he visto no me acuerdo».
            Levanta aquellas espantosas piedrazas como quien lava. Carga doce a la vez con una sola mano y doce con la otra, mientras de todas partes llega gente a decir: «¡Olé!» «¡Olé!» y «¡Queck! ¡Queck!», y el Faraón se desmaya de asombro y tienen que ponerle un gato bajo la nariz para que vuelva en sí (usanza faraónica). En un par de horas la pirámide está acabada: rancho especial para los de las obras, festejos populares (piñatas, carreras de burros, palo de la cucaña). El Faraón quiere conocer al esclavo extranjero y, en parte con las manos, en parte con palabras, le pregunta de dónde viene:
            —¿Babilonia?
            —No, Excelencia. Civitavecchia.
            —¿Sodoma y Gomorra?
            —Ya se lo he dicho, faraón: Civitavecchia.
            El Faraón se harta del interrogatorio y dice algo así como: pues vete a ese país. Grillo mantiene un prudente silencio: en los interrogatorios, ya se sabe, lo mejor es decir lo menos posible. Come lo que le dan de comer, bebe lo que le dan de beber, y después le hacen señas de que puede dormir bajo una palmera.
            «Menos mal —piensa Grillo—. Y ahora intentemos dormir despacito, largamente, para regresar a nuestros días».
            Durante un rato consigue hacer pasar siglos y milenios, pero después, con su impaciencia de costumbre, empieza a preguntarse: «¿Será hora de que me despierte? ¿No será hora de que me despierte?».
            Se despierta a tiempo de echar una mano en las excavaciones del Canal de Suez, donde por suerte encuentra a uno de Civitavecchia, que se llama Martino Angeloni y ha sido compañero de escuela de su tatarabuelo, y lo invita a unas copas.
            Cuando se vuelve a dormir, ha aprendido la lección. Pero la ha aprendido demasiado bien. Se despierta en el hotel de Alejandría cuando los campeonatos mundiales han acabado ya. Ganaron todos menos los de Civitavecchia. El jefe ha regresado a Italia en el primer avión, furiosísimo. Allí está Ángela, removiendo con la cucharilla una taza de café.
            —Tómatelo —dice—. Ya estará frío, porque lo han traído hace tres días. Se ve que te han hecho un truco para impedirte ganar: te han dado un somnífero poderoso. El jefe ha dicho que se querellará. No importa. El año que viene son las Olimpiadas. Y las ganarás.
            —No —dice Grillo—, no quiero ganar nada de nada. Con la familia que tengo a mi cargo, es inútil que ande dando vueltas por el universo levantando otras cargas.
            —Entonces, ¿ya no te casas conmigo?
            —Me caso enseguida, incluso la semana pasada.
            —No, a mí me basta con mañana.
            Antes de ir a Civitavecchia a casarse, sin embargo, hacen un buen viajecito hasta las Pirámides. Grillo reconoce enseguida la que ha hecho él, con sus manos correotelegráficas. Pero no dice nada. Los grandes campeones son modestos. Tan modestos que su nombre no lo sabe nadie. Todos los días de su vida levantan pesos espantosos, pero ni siquiera piensan en que les hagan entrevistas.


 El pescador del Puente Garibaldi

 

 

            El señor Alberto, llamado Albertone, es más que nada un pescador de ciudad: pesca desde el Puente Garibaldi, en las aguas del Tíber, o también desde otros puentes, con el mismo sedal, pero no siempre con el mismo cebo, porque hay peces a los que les gustan los higos, a otros los grillos, a otros la lombriz. Lo malo es que los peces no quieren nada al señor Albertone. No pican en su anzuelo ni en invierno ni en verano. El es ese que pasa días enteros apoyado en el pretil esperando que una perca, o al menos una mísera boga, se compadezcan de su flotador y le den ese tirón que arrastra bajo el agua hasta el corazón del pescador de ley. Pasad en coche por el puente viniendo de la avenida Trastévere en dirección a la calle Arenula, a las ocho de la mañana; volved a pasar al ocaso, repitiendo el mismo recorrido en sentido contrario; encargad a un amigo que pase y repase por el puente, a distintas horas, mientras vosotros estáis en el trabajo, para comprobarlo: Albertone está siempre allí, de espaldas. Quizá al atardecer se ha vuelto un poco más pequeño por la desilusión, pero sigue siendo él.
            A tres metros de Albertone, a un fulano que de pescador no tiene nada y que como mucho podría vender enciclopedias a plazos, ni le da tiempo a quitar el seguro del carrete y a lanzar al agua su hilo, sabiamente equilibrado con plomos, cuando inmediatamente acude una locha coleando, por así decirlo, para que la saquen fuera con todos sus reflejos plateados. Mide cuarenta centímetros, pesará unos dos kilos. Como para no creérselo.
            El fulano la mete en la cesta, engancha un gusanito cualquiera y, en treinta segundos, saca un barbo de un kilo ochocientos. Parece sonreír de felicidad bajo sus cuatro bigotes.
            —A ese tipo los peces se los traen en la palma de la mano —farfulla Albertone.
            También el fulano farfulla algo cada vez que lanza. Albertone se acerca y oye que dice:
            Pez, pececillo,
            ven con Giuseppino.

            Y el pez pica inmediatamente. Albertone no puede más.
            —Perdone, don Giuseppino —dice—, no es por meterme en sus cosas, pero ¿me explica cómo hace?
            —Es muy fácil —responde sonriendo el fulano—. Fíjese bien.
            Lanza de nuevo, y de nuevo farfulla a toda prisa esa jaculatoria:
            Pez, pececillo,
            ven con Giuseppino.

            Y saca una anguila, que normalmente ni siquiera debería estar por esta parte del Tíber.
            —Es estupendo —dice Albertone, estupefacto—. ¿Me deja probar?
            —No faltaría más —responde el fulano.
            Albertone prueba, pero con él el sistema no funciona.
            —Me olvidaba —dice el otro—, ¿se llama usted Giorgio?
            —No, pero ¿qué tiene que ver?
            —Sí que tiene que ver —dice el otro—. Yo me llamo Giorgio, alias Giuseppino. Por eso los peces me hacen caso. Ya sabe, con los encantamientos hay que ser exactos en un cien por cien.
            Albertone lía sus bártulos y se va corriendo a la calle Bissolati, donde está la Crono-Tours, la agencia que organiza viajes al pasado. Explica su problema al profesor de guardia. Éste hace unas cuantas cuentas con un cerebro electrónico, las comprueba con un ábaco, programa la máquina del tiempo y dice:
            —Ya está, siéntese en esta butaca y buen viaje. Un momento, ¿ha pagado ya?
            —Claro. Ahí tiene el resguardo.
            El profesor aprieta un botón y Albertone se encuentra en 1895: el año de nacimiento de su padre. Él es un inclusero que está en el hospicio. Pasa unos años infernales hasta que sale, va a trabajar a la Empresa Municipal de Transportes, donde trabaja también su padre; se hacen amigos. Cuando su padre se casa y le nace un hijo, Albertone le aconseja por su bien:
            —Llámale Giorgio, alias Giuseppino. Ya verás qué suerte tiene.
            Su padre discute un poco:
            —Realmente a mi primer hijo le quería poner Alberto. Pero hagamos lo que tú dices.
            Nace el niño y lo llaman Giorgio, alias Giuseppino. Va al jardín de infancia, después a la escuela, etcétera. Todo exactamente igual que antes; la misma vida que ha tenido Alberto, pero con distinto nombre. Albertone —que ahora se llama Giorgio, alias Giuseppino— se aburre un poco al volver a andar todo ese camino. Es como repetir cuarenta cursos seguidos, porque él tiene que llegar a la edad de cuarenta años y cinco meses para regresar al puente Garibaldi en el momento justo. Pero se consuela con la idea de que esta vez los peces tendrán que obedecerle a la fuerza.
            Llegado el día, llegada la hora —es decir el mismo día y la misma hora del primer encuentro con el pescador afortunado— el ex Albertone corre al puente, monta la caña, pone el cebo, lanza el hilo y mientras tanto, con el corazón en un puño por la emoción, susurra marcando bien las sílabas:
            Pez, pececillo,
            ven con Giuseppino.

            Nada.
            Espera un poco.
            Nada de nada.
            Espera otro poco.
            Siempre nada. Los peces se ríen de él de una forma indecente. Tres metros a la derecha de Albertone-Giorgio-Giuseppino, está el otro pescador cociendo maíz en un hornillo de alcohol. Después pincha un grano bien cocido en el anzuelo, lo lanza y saca una carpa de doce kilos, con las aletas rojas de alegría.
            —No vale —grita el ex Albertone—. ¡También yo ahora me llamo Giorgio, alias Giuseppino! ¿Por qué los peces van sólo a usted? ¡Eso es una verdadera injusticia y voy a presentar querella!
            —¿Cómo? —dice el otro—. ¿No sabe que ha cambiado la contraseña? Fíjese bien.
            Prepara el cebo, lo lanza, y mientras el anzuelo cae al agua, dice alegremente:
            Pez, pececillo,
            ven con Filippino.

            Dicho y hecho. Saca otra carpa, que debe de ser la gemela de la primera, y que si no pesa doce kilos pesa con toda seguridad diez kilos doscientos.
            —Pero ¿quién es ese Filippino?
            —Es mi hermano —dice el pescador afortunado—. Es físico atómico y no tiene tiempo de venir a pescar. Yo, en cambio, tiempo tengo mucho porque estoy parado.
            «¡Maldita sea! —reflexiona Albertone—. ¿Y quién tiene un hermano llamado Filippino? Yo tengo sólo una hermana, y encima se llama Vittoria Emanuela. ¿Qué hago?».
            Vuelve a la agencia Crono-Tours y expone su problema al profesor de guardia, el cual se lo piensa un poco, interroga a la calculadora electrónica y telefonea a una tía suya. Después dice:
            —Vaya a la caja a retirar el resguardo.
            Esta vez Albertone tiene que retroceder muchos siglos en el tiempo, hacerse amigo del retatarabuelo, ir con él en peregrinación a Santiago de Compostela para tener la oportunidad de dormir en la misma posada. Mientras duerme le pone a escondidas una inyección y a consecuencia de esa inyección la descendencia cambia un poquito cada vez, tan poco que nadie lo advertirá. Pero cuando tendría que nacer Vittoria Emanuela, en su lugar nace un varoncito, a quien le ponen el nombre de Filippo, con la intención de llamarlo Filippino. Todo eso lleva un poco de tiempo, pero cuando Albertone regresa a nuestros días tiene un hermano llamado Filippino, de treinta y seis años, cocinero a bordo de un trasatlántico y todavía soltero.
            Albertone agarra la caña, corre al Puente Garibaldi, hace un lanzamiento de una elegancia tal que un tranviario, desde la ventanilla de su trolebús, le grita: «¡Muy bien!».
            Y mientras tanto, naturalmente, recita la nueva contraseña:
            Pez, pececillo,
            ven con Filippino.

            Como si nada. Es como hablar con la pared. El otro, en cambio, pesca una boga, pero ni siquiera se toma el trabajo de desprenderla del anzuelo: la deja en el agua un momentito y he aquí que muerde el cebo vivo, según su costumbre, un magnífico lucio-perca, que normalmente tendría que vivir al norte de la presa y que, si ha bajado por el Tíber hasta estas latitudes, debe de haber sido sólo para procurarle un placer personal al pescador afortunado.
            —¡No vale! —grita Albertone, con una voz que provoca un atasco en el tráfico desde la plaza Argentina a la plaza Mastai—. Me llamo Giorgio, como usted; mi alias es Giuseppino, como usted; tengo un hermano llamado Filippino, como el suyo; y fíjese que para tenerlo he debido sacrificar a mi hermana Vittoria Emanuela, a la que quería muchísimo. Y a pesar de todo los peces me esquivan como si yo tuviera la escarlatina. ¡No me dirá que ha vuelto a cambiar la contraseña!
            Pez, pececillo,
            ven con Fray Martino.

            —¿Y quién es ese Fray Martino?
            —Es mi cuñado, que se metió franciscano y no tiene tiempo de venir a pescar porque debe de andar por ahí haciendo la colecta.
            —¡Ahora le doy yo colecta! —grita Albertone.
            Se lanza sobre el pescador afortunado, lo alza sobre el pretil y lo arroja al Tíber, mientras se lo reprocha en vano una maestra jubilada que ha llegado a verlo todo desde una ventanilla del trolebús número Setenta y cinco y se asoma a exclamar, llena de indignación:
            —Jovencito, ¿es ésa la educación que le han enseñado en la escuela?
            Albertone no la oye. Ni siquiera la ve. Ve sólo que allá abajo, bajo el puente, cientos de peces levantan al pescador afortunado y lo llevan a la orilla, teniendo mucho cuidado de que no se moje la chaqueta. Por desgracia una ola le empapa los pantalones, pero enseguida un pez se los seca con un secador de pilas (en el Tíber no hay enchufes).
            El señor Giorgino Giuseppino sube por la escalerilla, muy sonriente, justo a tiempo para liberar a Albertone de dos guardias de la Seguridad Pública que lo estaban deteniendo por lanzar pescadores desde el puente.
            —No es nada —explica el señor Giorgino Giuseppino—. Ha sido una broma, con un leve matiz de equívoco. Juegos de chiquillos, ¿entienden?
            —¡Pero este hombre quería ahogarlo vivo!
            —¡Ahogarme! ¡Vamos, no exageremos! Salgo fiador por el señor Albertone y encabezo una suscripción para comprarle una nueva caña de pescar, porque la otra se le ha caído al río.
            Es cierto. Albertone, furioso, ha tirado la caña a los peces, que están jugando a la jabalina con ella. En resumen, todo se arregla. Los guardias se van al cine, los transeúntes se dispersan en varias direcciones, la circulación reanuda su marcha fatal y, mientras Albertone se queda allí enfurruñado y silencioso mirándose los botones del chaleco, el señor Giorgio Giuseppino empieza a pescar.
            Pez, pececillo,
            ven con Fray Martino.

            Y venga a salir peces. Ahora llegan hasta de Fiumicino para picar. Llegan del mar, a la carrera, róbalos y salmonetes, lenguados y besugos, gallos y lubinas, mújoles, escorpinas, atunes, caballas, intercambiándose fuertes cabezazos y coletazos para ser los primeros en dejarse pescar. Para sacar un cazón, el señor Giorgio Giuseppino debe pedir ayuda a dos tranviarios del Sesenta y a dos barmans de la plaza Sonnino. Pero cuando asoma por detrás de la isla Tiburtina, lanzando festivos chorros, un cachalote que parece el primo de Moby Dick, el señor Giorgio Giuseppino hace señas de que no con el dedo y se niega a pescarlo, declarando:
            —¡Nada de mamíferos! ¡Sólo peces!
            Albertone observa y calla. Ha enloquecido, pero no se lo dice a nadie, para que no lo metan en el manicomio. Puede vérselo siempre, en un puente o en otro, de día o de noche, mientras espía locamente las aguas del Tíber. Quien pasa cerca de él lo oye farfullar:
            Pez, pececillo,
            ven con Robertino…
            Pez, pececillo,
            ven con Gennarino…
            ven con Ernestito… con Goffredino…
            con Giocondino… con Caterino…
            con Teresino… con Avelino…
            con la batalla de Borodino…

            Busca la contraseña que al final tendrán que obedecer los peces, animales más huidizos que ningún otro. No nota el sol en verano. En invierno no siente la tramontana, cuando desciende por el Valle del Tíber a barrer los puentes, y hasta las lochas, en las aguas gélidas, quisieran llevar un abrigo de pieles y en la cabeza un gorro de astracán. Busca desesperadamente la palabrita exacta. Pero no siempre quien busca encuentra.


 Es fácil convertirse en pez
 o
 Hay que salvar Venecia

 

 

            ESCENA PRIMERA
            —¡To…! —dice el señor Tòdaro, agente de Seguros, a la señora Zanze, mujer del señor Tòdaro—, mira esto, oye lo que dice el periódico: Según el profesor Se Yo Se Yo, de la Universidad de Tokio, en 1990 Venecia estará totalmente bajo el agua. Emergerá sólo de la laguna la punta del campanario de San Marcos. Falta poco para 1990. Es hora de ponerle remedio.
            —¿Y cómo lo vas a permitir, tonto? Iremos a vivir con mi hermana, en Cavarzere.
            —Nada de eso —replica el señor Tòdaro—. Es mejor que nos convirtamos en peces, así nos acostumbraremos a vivir bajo el agua. Y además también ahorraremos en zapatos. Toca enseguida a formar.
            La señora Zanze toca la corneta. Llegan a la carrera los tres hijos, Bepi, Nane y Nina, que estaban jugando en Campo San Palo. Llega también la sobrina Rina, hija de la hermana de Cavarzere, que estaba en el portal buscando novio.
            —Vamos a ver —anuncia el señor Tòdaro—, nos transformaremos en peces y afrontaremos victoriosamente la catástrofe ecológica.
            —A mí no me gusta el pescado —proclama su hijo Bepi—. Me gustan más los callos.
            —¡To…! —dice el señor Tòdaro—, quien a callos mata, a callos muere.
            Y le larga una bofetada.
            —Pero, entonces —se horroriza Bepi—, ¡eres un padre autoritario!
            —Está bien, peces —dice su hijo Nane—, pero ¿de qué clase?
            —Yo quiero convertirme en ballena —anuncia su hija Nina.
            —Cero —concluye el señor Tòdaro—. ¿No sabes que la ballena no es un pez? Pero no nos perdamos en ociosas polémicas clasificadoras.
            —¿Qué significa eso?
            —Significa: manos a la obra; quien bien empieza bien acaba, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, y lo que sea sonará. Vamos.
            La señora Zanze:
            —Pero ¿adónde, tonto? Es noche cerrada; todas las buenas familias venecianas están al abrigo de la tibieza del doméstico nido, mientras la madre, que es el ángel del hogar, enciende el televisor.
            —¡To…! —la corta en seco el señor Tòdaro—, es la hora exacta. Pronto, en fila, alineaos y cubríos, barriga para dentro, pecho sacado, de frente, ¡march! Un momento, que cojo mi sombrero.
            Van a la orilla del canal, entran en el agua y se azacanan para convertirse en peces.
            —Primero las aletas, por favor —enseña el señor Tòdaro—. Hay que hacer crecer una en el brazo derecho y una en el brazo izquierdo.
            —Las escamas —pregunta su sobrina Rina—, ¿de qué color me las hago? Quizá violeta, ya que soy rubia.
            La señora Zanze quisiera una cola roja, pero mientras tanto se le pasa por la cabeza una idea:
            —¡To…!, Tòdaro, ¿cómo se las arreglarán mañana los niños para ir al colegio?
            —No te distraigas, Zanze, concéntrate.
            Pero los niños han oído. La perspectiva de la imprevista vacación se ilumina ante ellos como el Gran Canal la noche de la regata histórica. Redoblan sus esfuerzos y en pocos instantes obtienen magníficas aletas laterales que asoman agujereando los jerséis.
            —¡To…! ¡Los jerséis nuevos! —chilla lastimeramente doña Zanze.
            —¡Muy bien! ¡Muy bien! —aprueba en cambio don Tòdaro.
            También él, por lo demás, ha entrado en el agua con chaqueta y las aletas le horadan las mangas.
            —¿No nos iremos a convertir en peces chicos, para que luego nos coman los grandes? —pregunta su hija Nina a Rina.
            —Al contrario, seremos los peces más gordos de la laguna y nos comeremos a todos los demás.
            —Yo prefiero los callos —remacha su hijo Bepi, coleando por la cuenta que le tiene lejos del padre para no ganarse otro bofetón.
            ESCENA SEGUNDA
            Mañana brumosa sobre el Gran Canal. Lanchas que van, lanchas que vienen. Góndolas y motoras en orden abierto. El Patrón Rocco, al mando de una barcaza de carga, cargada de mostaza, mientras mira al agua ve un gran pez que se quita educadamente el sombrero y le dirige la palabra:
            —¿Qué? ¿Hace o no hace ese seguro? Mire qué niebla. Si tiene un accidente, pierde el dinero y la mostaza. Piense en sus hijos, ¡to…!
            —Don Tòdaro… pero ¿es usted? Pobrecito, ¡si lo encuentran los guardias urbanos! Ya sabe que está prohibido bañarse en el Gran Canal.
            —No soy un bañista, soy agente de seguros. De las lanchas, de las góndolas, de las motoras, todas las caras se vuelven hacia ese lado para ver al pez parlante. Sólo un turista inglés se vuelve hacia el otro lado, disgustado, murmurando:
            —¡Dios mío! Lo que tiene uno que ver: un sombrero marrón… con un traje gris. Qué cosas más raras.
            ESCENA TERCERA
            Desde el Puente de la Academia, el joven Sebastiano Morosini, de Padua, estudiante de Bellas Artes, heredero de una mansión con frescos de Tiépolo y de cuatro fincas en las que se produce vino y vermuts, observa tristemente la estela de una barcaza de carga, cargada de mermelada de arándanos. Está enamorado de la condesa Novella pero la condesa ha preferido a un doctor en economía y comercio de Cosenza, con el cual se ha marchado a Egipto; pasarán la Navidad en lo alto de las pirámides. El joven Sebastiano medita sobre si le conviene suicidarse al punto, tirándose del puente, o hacer primero un crucero a las islas Galápagos para ver, aunque sólo sea una vez, iguanas en libertad.
            De repente —¿sueño o estoy despierto?— ve colear elegantemente en el agua a Rina de Cavarzere, hija de la hermana de la mujer del señor Tòdaro, más guapa que nunca con sus escamas violetas que contrastan de forma deliciosa con el pelo rubio. Palidece con la comparación, el recuerdo de la condesa Novella, que tiene el pelo oxigenado y la nariz, a decir verdad, demasiado larga.
            —Señorita —grita el joven Sebastiano, presa de una inspiración—, ¿me permite acompañarla?
            Rina nota que el joven tiene los ojos azules e intuye que es el heredero de una mansión con frescos de Tiépolo. Le sonríe, para darle a entender que su compañía será apreciada como se merece. El joven Sebastiano, sin vacilar, se zambulle en el agua, se convierte en pez y pasea con la hermosa Rina de un lado a otro de los canales, describiéndole una a una sus cuatro fincas. Le cuenta la historia de sus desdichados amores con la condesa Novella; le ilustra algunos de sus proyectos para el futuro, como, por ejemplo: pintar las aguas de la laguna, de blanco el lunes, de amarillo el martes, de rojo el miércoles, etcétera; unir Italia, Austria y Yugoslavia en un solo Estado, con capital en Venecia; escribir una novela de mil páginas hecha toda y solamente de puntos y comas, sin una sola palabra, etcétera.
            La hermosa Rina lo escucha y es feliz.
            NUEVOS ACONTECIMIENTOS
            La señora Zanze lleva a Bepi, Nane y Nina a nadar hacia el Cannaregio. Muchos niños del popular barrio, con un impulso de sana emulación, se lanzan al agua y piden a los hijos del señor Tòdaro que les enseñen a transformarse en peces. Los pocos que no lo consiguen vuelven a la orilla y van a su casa a cambiarse de pantalones. Los otros están exultantes, agitando las novísimas aletas.
            Por desgracia los ve desde su azotea una vieja maestra jubilada. En vez de pensar en sus asuntos, la entrometida señora, viuda de un experto jugador de bolos, piensa: «Lástima que tantos chiquillos, al convertirse en peces, tengan que renunciar al colegio. A los libros de lectura, que adoran. A los textos complementarios de historia, geografía y ciencias, que tanto les gustan. A los lindos dictados, redacciones y problemas que los vuelven locos».
            Cuanto más lo piensa más se excita, como suele suceder. Al final se pone su viejo y querido uniforme de maestra, besa la fotografía del difunto campeón de bolos, se mete en el canal y se convierte en un pez-maestra.
            —¡Niños! ¡Todos aquí! —ordena, batiendo las aletas.
            Ellos, como peces, querrían inmediatamente nadar mar adentro, hacia Murano, hacia Burano y hasta más allá de Torcello; pero, como niños, están condicionados por la voz de la maestra y obedecen sin rechistar. Empiezan enseguida a darse empujones, a hacer el chivato, a sacarse la lengua y a ejercitarse en el sistema métrico decimal.
            Los más desilusionados son Bepi, Nane y Nina, que se esperaban unas vacaciones perpetuas de su nueva condición. La señora Zanze, en cambio, está contenta, porque, mientras la maestra entretiene a los niños, ella puede cotillear con las comadres, sentadas a desgranar guisantes a la orilla del agua. Su cola roja despierta un gran interés.
            Otros notables acontecimientos se producen en otros barrios de la ciudad. El señor Tòdaro, aprovechándose de la curiosidad del vulgo respecto a él, consigue firmar numerosos contratos de seguros de vida, contra incendios, contra envenenamientos de pescado podrido, etcétera. Pero llama la atención un poquitín. El rumor de que un gran pez vaga por los canales, sacándose de vez en cuando el sombrero, atrae a todo tipo de desocupados, entre ellos al dueño de la casa del señor Tòdaro.
            «¡To…! —piensa con su mente venal—, mira qué sistema has inventado para no pagarme el alquiler. Ingenioso. Pero a mí no me la das».
            Se zambulle, se convierte en pez y persigue al señor Tòdaro, gritando:
            —¡Eh! ¿Y esas cuarenta mil liras? ¿Esas cuarenta mil?
            Al oír hablar de dinero, un vendedor de electrodomésticos recuerda de pronto que el señor Tòdaro no ha terminado de pagarle los plazos del televisor. Y también él se lanza puente abajo.
            Junto a las Zattere, un cura ve pasar a la hermosa Rina y al joven Sebastián absortos en su conversación. Hombre perspicaz y activísimo, adivina inmediatamente que los dos novios, al haberse convertido en peces, no podrán casarse por la Iglesia. Y al instante concibe el proyecto de convertirse en pez-cura, para proporcionar asistencia religiosa a los nuevos peces. Dicho y hecho, ahí está nadando con dos aletas en forma de alas de arcángel. La laguna se puebla.
            ÚLTIMAS NOTICIAS
            Al pequeño Bepi no le gusta el sistema métrico decimal. Los milímetros no le dicen nada. Los hectolitros lo dejan más bien frío. Le gustan más los callos, como ya sabemos. Por eso en cierto momento decide alejarse de las aguas escolares y retirarse al fondo a meditar en orgullosa soledad. Y ¿qué es lo que descubre? Que la laguna está totalmente cegada. Allá abajo, donde debería haber blandas arenas y tibio lodo, mejillones y dátiles de mar, (es un decir), hay en cambio montones de expedientes no despachados, guardados en pesadísimas carpetas. Hay miles de metros cúbicos, quintales de toneladas, megatones hasta nunca acabar.
            —¡To…! —dice Bepi—, ahí están los males del sistema métrico decimal. A la fuerza ha subido tan peligrosamente el nivel del agua. Me gustaría ver su fregadero, de tanto tirar papelotes.
            No está claro a quién se refiere ese «su», pero el asunto no nos concierne. El hijo Bepi, por lo demás, ha corrido ya a dar la alarma. Para la lancha de los bomberos e informa rápidamente al jefe de su descubrimiento:
            —Vamos a ver: toda la culpa es de los obstáculos burocráticos. Si los eliminan, todo se arreglará.
            —¡To…! —exclama el jefe—. Pero ¿tú tienes la licencia de pez?
            Naturalmente dice eso porque, al ser veneciano, le gusta bromear. Pero después no pierde nada de tiempo en preguntarle quién es su padre: moviliza a los bomberos y a los hombres-rana y empieza enseguida a dragar los canales para eliminar los mentados obstáculos burocráticos. Para matar dos pájaros de un solo tiro, los manda transportar a los Murallones y refuerza las defensas contra el mar. Tras una docena de viajes se manifiestan los beneficiosos efectos de la operación. El nivel de la laguna baja, el subsuelo, aligerado de esos pesos monstruosos, se alza. Islas y cimientos, puentes y soportales se levantan hasta alcanzar un decente equilibrio con la superficie palustre. ¡Venecia está salvada! «¡Ding dong, ding dong!» (Son las campanas de la ciudad que tocan a fiesta.)
            El señor Tòdaro congrega a su familia, comunica que la alarma ha cesado y guía a sus seres queridos fuera del agua:
            —Ya no es necesario —dice— ser peces. Podemos volver a ser venecianos. ¡Muy bien, Bepi! ¡Esta noche festejaremos el acontecimiento con una buena fritada de gambas y calamares!
            —¡No! —grita su hijo Bepi, fuera de sí—. ¡Quiero callos!
            También su madre y sus hermanos le echan un capote. Y hasta la hermosa Rina y el joven Sebastián, que mañana se casan y se marchan a Mestre de viaje de bodas.
            —Está bien —dice el señor Tòdaro—, para ti, callos.
            Y alarga el paso, para distanciarse de los acreedores.


 Míster Kappa y Los Novios

 

 

            A las diez, clase de letras. Con el viejo profesor Ferretti las cosas marchaban de modo y manera que los alumnos podían en la práctica usar esos valiosos cincuenta minutos para intercambiar de un pupitre a otro, de una fila a otra y también de un sexo a otro cartas de variada extensión sobre los más fascinantes temas, como: el cine alemán entre las dos guerras, el juego del fútbol, el desarrollo motociclístico de las islas japonesas, el amor, el dinero (dar y tener, para pizza o ensaimada), el comercio de los tebeos, el curado del tabaco, etcétera. Pero las cosas ya no ocurren de ese modo ni de esa manera desde que en el aula se ha instalado el profesor Ferrini. Con él letras quiere decir literatura, literatura quiere decir Los Novios: es la hora fatídica de los resúmenes.
            El profesor Ferrini, armado con el gato de nueve colas, se pasea por el aula e inspecciona los cuadernos, para asegurarse de que contienen todos el resumen del capítulo duodécimo de la inmortal novela y de que dichos resúmenes no están copiados unos de otros como las imágenes en los espejos.
            Tiembla el estudiante De Paolis, que ha resumido sólo el primer periodo y el último, llenando el espacio intermedio con un trozo de prosa periodística copiado a toda prisa del artículo de fondo de Paese Sera. Con lo cual su texto, en una atenta lectura, sonaría: «En este capítulo el Autor recuerda que la cosecha de trigo, en 1628, resultó aún más mísera que el año precedente. Pero sólo una batalla que en cierto modo replantee la discusión, en el país antes aún que el ámbito político, de los actuales desequilibrios sociales, puede abrir de nuevo a los socialistas el camino del gobierno en condiciones tales, etcétera, etcétera».
            Por fortuna el profesor Ferrini se tranquiliza con la visión de la palabra Autor y de su legítima mayúscula y pasa a otro. Pero he aquí que lanza un aullido: ha descubierto que el estudiante De Paulis, para ahorrar papel y pluma, ha falsificado el título del resumen precedente, corrigiendo «Capítulo undécimo» en «Capítulo duodécimo». El malaventurado recibe sobre la marcha siete latigazos en los pantalones. Sin un lamento, dicho sea en su honor.
            Inmediatamente después el severo rostro del profesor Ferrini adopta una expresión de la más acendrada complacencia.
            —Una vez más —proclama, agitando un cuaderno de la serie Diabolik—, mis más encendidos elogios para la alumna De Paolottis, por su impecable resumen, como siempre completo y elegante, agudo en su análisis y seguro en su síntesis, ejemplar en cuanto a la puntuación. Ya saben ustedes, señores, cuánto apreciaba Manzoni la buena puntuación.
            La alumna De Paolottis baja modestamente los ojos tras las gafas y se toca una trenza en señal de graciosa confusión. Chicos y chicas la felicitan, mandándole ramos de flores y cajas de bombones con llavero incorporado. En el llavero se destaca el signo del zodiaco de la muchacha, que es justamente Virgo. Delicado detalle.
            Pero cuando el profesor Ferrini regresa a su mesa, se le ve de pronto desencajar los ojos de horror y palidecer de asco, como si hubiese tocado una escolopendra. Con gesto nervioso arruga una hojita y se la mete en el bolsillo. Después, pretextando un ataque de polineuritis, abandona el aula y el instituto, corre a tomar un taxi y manda que lo lleve a ver a Míster Kappa, el más célebre y mejor pagado investigador del Lacio.
            A Míster Kappa ni le da tiempo a hablar:
            —Espere —le recomienda perentoriamente—. Siéntese ahí. Sombrero marrón, corbata negra… Profesor de instituto, ¿no? No, no, no responda. Las preguntas corren todas por mi cuenta. Da clases de letras, diría, a juzgar por sus zapatos de puntera redonda. ¿Algo relacionado con Los Novios, verdad?
            —¿Cómo lo ha adivinado?
            —No lo he adivinado. Lo deduje de su nerviosismo. Cuéntemelo todo.
            —Una carta anónima acusa a la alumna De Paolottis, la mejor de la clase, de copiar sus resúmenes de la inmortal novela de un cuaderno secreto. Yo no lo creo, pero…
            —Naturalmente. La verdad ante todo. Se impone una investigación. Quinientas mil de anticipo y cien mil diarias para los gastos menudos, ¿le va bien?
            El profesor Ferrini vacila. Con su sueldo… con lo que cuesta el jamón… Tendrá que vender hasta el sombrero para pagar la cuenta. Pero no importa: la verdad ante todo, a cualquier precio.
            —De acuerdo. Añada también el café a mi cuenta.
            —Gracias. Regrese dentro de setenta y dos horas a esta hora: sincronicemos los relojes.
            Al salir el profesor Ferrini, que de la emoción se cae por las escaleras y se rompe el paraguas, Míster Kappa pone inmediatamente manos a la obra. Se camufla de vendedor de enciclopedias infantiles a plazos, se dirige a casa de la alumna De Paolottis, que justamente tiene un hermano de nueve años y seis meses, y mientras ilustra ante la familia reunida los méritos de la Pequeña Biblioteca del Investigador en trescientos cuatro volúmenes y noventa y ocho diccionarios, coloca hábilmente una cámara espía de televisión en un jarrón de flores, un magnetofón bajo el teléfono y un cerebro electrónico de pilas detrás del retrato del abuelo, con uniforme de teniente de bersagliero. Después concede a la familia ocho días de tiempo para decidir la compra de la enciclopedia y se esconde en el sótano en la caldera de la calefacción (es muy resistente a las altas temperaturas). Gracias a los citados instrumentos y a las medidas descritas, en el curso de unas horas se entera:
            Primero, de que, en efecto, la alumna De Paolottis copia de vez en cuando los resúmenes de un cuaderno secreto, que custodia celosamente en el cajón de las medias.
            Segundo, de que dicho cuaderno se lo regaló por su cumpleaños una prima que vive en Bérgamo Alta en la temporada baja y en Bérgamo Baja en la temporada alta.
            Tercero, de que la prima en cuestión se llama Roberta, tiene diecinueve años, mide ciento setenta centímetros de alto y tiene los ojos verdes. Justamente su tipo.
            Sin perder un segundo, Míster Kappa se precipita a Bérgamo en su aerojet privado de combate, se presenta a la prima Roberta, hace que se enamore de él y a cambio del anillo de pedida consigue una confesión completa:
            —¿Los resúmenes de Los Novios? Sí, querido, imagínate: compré ese cuadernito hace años, por una astilla de cigarrillos americanos, a un chico de Cantú a quien se lo había prestado su tía y que nunca se lo había devuelto.
            —¡Su nombre!
            —Quién se acuerda ahora: quizá Damián, quizá Teofrasto.
            —No, el nombre de la tía.
            —Angelina Pedretti, Busto Arsizio, paseo Manzoni número 3456, interior 789. ¿Adónde te vas ahora?
            —Tengo que despachar un asuntillo. Vuelvo mañana a casarme contigo: sincronicemos los relojes.
            Míster Kappa vuela a Busto Arsizio, desafiando la intensa niebla. Encuentra la dirección de Angelina Pedretti. Interroga astutamente a la portera y se entera de que «la señorita Angelina» ha muerto hace unos meses por haber comido setas envenenadas.
            ¿Qué hacer? Míster Kappa compra el periódico, hojea febrilmente las páginas de los anuncios por palabras y encuentra lo que busca: «M.M.M. MÉDIUM de primera. Comunicaciones garantizadas con Ultratumba. No se aceptan cheques».
            La médium vive en Brisighella, en la Romaña, y le gusta el dulce. Por cien kilos de caramelos de anís organiza rápidamente una sesión de espiritismo en el curso de la cual se presentan primero el espíritu de Vercingetórix y el de Carlomagno, que no interesan. A la tercera llamada se presenta la señorita Angelina. Es ella la que hace bailar el velador. Parece en vena de confidencias. Los «toc-toc» del velador parecen una ametralladora. El marido de la médium traduce.
            —¿Los Novios? No, no los he leído.
            —Pero ¿no tenía que estudiarlos en la escuela?
            —¡Faltaría más!
            —Y entonces, ¿aquel cuadernito de resúmenes que le prestó usted a su sobrino Damián, o a lo mejor Teofrasto?
            —No, no exactamente Teofrasto: se llama Gabriel.
            —Y los resúmenes, ¿los había hecho usted?
            —¡Por favor! El cuaderno lo heredé de mi pobre abuela.
            —Ah, eso es. Conque los había hecho la abuela.
            —¡Jamás de los jamases! También a ella se los regalaron.
            —¿Y quién, por amor del cielo?
            —Un garibaldino con el cual había estado prometida, antes de casarse con el abuelo. Uno que estuvo con Garibaldi en Bezzeca. Un guapo mozo, decía la abuela. Pero el abuelo era más guapo y tenía una zapatería en Vigevano. De modo que se casó con él y no con el garibaldino.
            Míster Kappa no se esperaba este patriótico relato, pero no pierde la paciencia. Dice a la médium:
            —Pregúntele a la señorita Angelina si puede hacer una pequeña investigación, encontrar a ese garibaldino y hacer que venga aquí a testificar.
            —Probaré —responde la señorita Angelina—, pero se necesitará tiempo. Somos tantos por aquí y hay tal confusión… Denme por los menos cinco minutos.
            Míster Kappa y la médium encienden un cigarrillo, pero ni siquiera tienen tiempo de acabarlo, pues la médium cae de nuevo en trance, murmurando:
            —Hay alguien, hay alguien…
            —Señorita Angelina, ¿es usted? —pregunta Míster Kappa.
            —No —responde con claridad una voz de barítono.
            —¡Qué maravilla! —comenta el marido de la médium—. Ni siquiera hace falta el velador, ahora llegan directamente las voces.
            —¿Eres el garibaldino? —pregunta la médium.
            —Soy —responde la voz— el secretario particular del senador Alessandro Manzoni.
            —¿El inmortal autor de Los Novios? —exclama Míster Kappa, dejando caer la ceniza en el chaleco con la emoción.
            —¡Qué maravilla! —dice el marido de la médium—, ¡un senador!
            —Su Excelencia —prosigue la voz— me encarga de advertirles que esos resúmenes los escribió él, de su puño y letra, para ayudar a un sobrino de su mujer que tenía problemas con el profesor de letras.
            —Es decir —se apresura a deducir Míster Kappa con su habitual agudeza—, que el cuaderno secreto que el garibaldino le regaló a la abuela, y actualmente en poder de la alumna De Paolottis, ¿es nada menos que un autógrafo manzoniano de inestimable valor?
            —Ni se le pase por la cabeza —responde el secretario particular—. Se trata de una simple copia. Su Excelencia ordenó a su sobrino que hiciera doce copias de los resúmenes y que quemase el original. El sobrino regaló las doce copias a sus mejores amigos, cada uno de los cuales, obedeciendo las disposiciones de don Alessandro, hizo otras doce copias. Y así sucesivamente.
            —¡Qué maravilla! —exclama el marido de la médium—. ¡Entonces, este señor Manzoni es el inventor de la cadena de San Antonio!
            Míster Kappa se sume en una prolongada meditación, al término de la cual pregunta al espíritu:
            —O me equivoco, o en el momento actual deben circular por Italia por lo menos sesenta y dos mil ochocientas veintinueve copias del famoso cuaderno…
            —Exacto —confirma el espíritu—. Pero todo esto debe permanecer secreto. Ni una palabra a las autoridades académicas y a los periodistas. Orden de Alessandro Manzoni. ¿Entendido? Cambio y corto.
            Míster Kappa se desalienta. El caso está técnicamente resuelto. Pero al asunto supera con mucho la carta anónima recibida por el profesor Ferrini y desborda, por así decirlo, la amable personita de la alumna De Paolottis. En la mente de Míster Kappa se libra un mortal duelo entre dos deberes encontrados: el de decir la verdad al cliente que paga y el otro, igualmente terrible, de respetar la voluntad del Poeta que exige un silencio de tumba sobre lo ocurrido. A consecuencia de tal duelo la cabeza de Míster Kappa se inflama. Le da una jaqueca con cuya mitad bastaría para enloquecer a un búfalo. Entonces toma dos aspirinas y se le pasa.
            Paga a la médium, corre a Bérgamo a casarse con Roberta, la lleva a Roma en su aerojet matrimonial y llega a su oficina cuando faltan apenas tres minutos para la cita con el profesor Ferrini. Durante ciento ochenta segundos Míster Kappa sigue preguntándose:
            —Y ahora, ¿qué le digo a ése?
            Cuando suena la hora exacta llaman a la puerta… pero no es el profesor Ferrini. Es un cartero que trae una carta de su puño y letra. La carta dice: «Ilustre Míster Kappa, le ruego que suspenda las investigaciones. La alumna De Paolottis, con un espontáneo impulso de su generoso corazón, me ha confesado el inocente engaño de los resúmenes. Pero no he podido castigarla, porque la noche anterior soñé con Giuseppe Garibaldi que me miraba fijamente con bastante severidad y me decía: "¿Cómo pretendes que un chiquillo cualquiera pueda decir en pocas líneas lo que un gran escritor sólo ha podido decir en muchas páginas?". Opino que el Héroe de Los Dos Mundos tiene, como siempre, toda la razón. Quédese con el anticipo. Agradecidísimo a sus atenciones, Guidoberto Ferrini».


 Me marcho con los gatos

 

 

            Don Antonio, jefe de estación jubilado, tiene un hijo, una nuera, un nieto de nombre Antonio, al que le llaman Nino, una nietecita llamada Daniela, pero nadie que le haga caso.
            —Recuerdo —empieza a contar— cuando era subjefe de estación en Poggibonsi…
            —Papá —lo interrumpe su hijo—, ¿me dejas leer el periódico en paz? Estoy vivamente interesado por la crisis de gobierno en Venezuela.
            Don Antonio se dirige a su nuera y vuelve a empezar por el principio:
            —Me acuerdo de cuando era jefe de estación adjunto en Gallarate…
            —Papá —lo interrumpe su señora nuera—, ¿por qué no se va a dar una vuelta? ¿No ve que estoy abrillantando el pavimento con la cera Chas, que brilla más?
            Don Antonio no tiene más suerte con su nieto Nino, el cual tiene que leer el apasionante cómic Satán contra Diabolus, prohibido para los menores de dieciocho años (él tiene dieciséis). Pone todas sus esperanzas en su nietecita, a la que permite de vez en cuando tocarle con su gorra de jefe de estación para jugar al choque de ferrocarril con cuarenta y siete muertos y ciento veinte heridos; pero Daniela está muy ocupada y le dice, en efecto:
            —Abuelo, no me hagas perderme el programa infantil de la tele, que es muy instructivo.
            Daniela tiene siete años, pero le gusta muchísimo la instrucción. Don Antonio suspira: «En esta casa no hay sitio para los jubilados de los Ferrocarriles Estatales con cuarenta años de servicios. Un día de éstos agarro y me voy. Palabra. Me marcho con los gatos».
            Y en efecto, una mañana sale de casa, diciendo que va a comprar lotería; pero en cambio se va a la plaza Argentina, donde entre las ruinas de la antigua Roma están acampados los gatos. Baja los peldaños, salta la barra de hierro que separa el reino de los gatos del de los automóviles y se convierte en gato. Enseguida empieza a lamerse las patas, para estar completamente seguro de no arrastrar, en su nueva vida, el polvo de los zapatos humanos, y mientras tanto se le acerca una gata un poco pelada que lo mira. Y lo mira. Y lo mira fijamente. Finalmente le dice:
            —Perdona, ¿tú no eres don Antonio?
            —No quiero ni acordarme. He presentado la dimisión.
            —Ah, ya me parecía. ¿Sabes?, yo era la maestra jubilada que vivía enfrente de tu casa. Me has tenido que ver. O quizá has visto a mi hermana.
            —Os he visto, sí: os peleabais siempre a causa de los canarios.
            —Eso es. Estaba tan harta de pelear que decidí venirme a vivir con los gatos.
            Don Antonio se queda sorprendido. Creía ser el único en haber tenido esa buena idea. Pero se entera de que entre aquellos gatos de allí, de la Argentina, apenas la mitad son gatos-gatos, hijos de madre gata y de padre gato; los demás son todos personas que han presentado la dimisión y se han convertido en gatos. Hay un barrendero que se escapó del asilo de ancianos. Hay señoras solas que no se llevaban bien con la criada. Hay un juez de los tribunales: era aún un hombre joven, con mujer e hijos, coche, un piso de cuatro habitaciones con dos cuartos de baño, no se sabe por qué se ha venido a estar con los gatos; pero no se da aires, y cuando las «mamás de los gatos» llegan con cucuruchos llenos de cabezas de pescado, pieles de embutidos, restos de spaghetis, cortezas de queso, huesecitos y asaduras, agarra su parte y se retira a comerla en el escalón más alto de un templo.
            Los gatos-gatos no están celosos de los gatos-personas: los tratan absolutamente como iguales, sin soberbia. Entre sí, de vez en cuando, murmuran:
            —Pues a nosotros ni se nos pasaría por la cabeza convertimos en hombres, con lo caro que está el jamón.
            —Somos un grupo realmente simpático —dice la gata-maestra—. Y esta noche hay una conferencia de astronomía. ¿Vendrás?
            —Natural, la astronomía es mi pasión. Recuerdo que cuando era jefe de estación en Castiglion del Lago coloqué un telescopio de doscientos aumentos en la azotea y por la noche observaba el anillo de Saturno, los satélites de Júpiter, todos en fila como las bolitas en el ábaco, la nebulosa de Andrómeda, que se parece a una coma.
            Muchos gatos se acercan a escuchar. Nunca han tenido entre ellos un ex jefe de estación; quieren saber muchas cosas sobre los trenes, preguntan por qué en los váteres de los coches de segunda falta siempre el jabón, etcétera. Cuando es la hora exacta y en el cielo se ven bien las estrellas, la gata-maestra pronuncia su conferencia.
            —Vamos a ver —dice—, mirad hacia allá: esa constelación se llama la Osa Mayor. Esa otra es la Osa Menor. Volveos como yo me vuelvo, mirad a la derecha de la Torre Argentina: ésa es la Serpiente.
            —Me parece un zoo —dice el gato barrendero.
            —Además está la Cabra, el Carnero, el Escorpión.
            —¡Hasta eso! —se asombra uno.
            —Allí, aquella constelación de allí, es el Can.
            —Maldita sea —rezongan los gatos-gatos.
            El que rezonga más es el Corsario Rojo, así llamado porque es completamente blanco, pero tiene un carácter aventurero. Y él es el que pregunta en cierto momento:
            —¿Y hay una constelación del Gato?
            —No la hay —responde la maestra.
            —¿No hay ni siquiera una estrella, aunque sea pequeña, pequeñísima, que se llame Gato?
            —No la hay.
            —Es decir —estalla el Corsario Rojo—, que han dado las estrellas a perros y a cerdos, y a nosotros, nada. Muy bonito.
            Se oyen maullidos de protesta. La gata-maestra alza la voz para defender a los astrónomos: ellos saben lo que hacen, cada uno a lo suyo; y si han creído conveniente no llamar Gato ni siquiera a un asteroide, habrán tenido sus buenas razones.
            —Razones que no valen lo que la cola de un ratón —replica el Corsario Rojo—. Oigamos qué opina el juez.
            El gato juez precisa que él presentó su dimisión justamente para no tener que juzgar nada ni a nadie. Pero en este caso hará una excepción:
            —Mi sentencia es: a los astrónomos, ¡peste y cuernos!
            Aplausos fragorosos. La gata-maestra se arrepiente de su admiración por los hechos consumados y promete cambiar de vida. La asamblea decide organizar una manifestación de protesta. Se envían mensajes especiales en mano a todos los gatos de Roma: a los de los Foros, a los de los mataderos, a los del San Camilo, alineados bajo las ventanas de las salas a la espera de que los enfermos les tiren el rancho, está claro que debe de ser un asco. A los gatos del Trastévere, a los vagabundos de los arrabales, a los bastardos de las chabolas. A los gatos de clase media, si quieren asociarse, olvidando por una vez las ventajas del pulmón picado, del cojín de plumas, de la cintita al cuello. La cita es a medianoche en el Coliseo.
            —Magnífico —dice el gato-don Antonio—. He estado en el Coliseo de turista, de peregrino y de jubilado, pero de gato todavía no. Será una excitante experiencia.
            A la mañana siguiente se presentan a visitar el Coliseo americanos a pie y en automóvil, alemanes en autobús y en calesa, suizos con saco de dormir, abruzzeses con la suegra, milaneses con el tomavistas japonés; pero no pueden visitar nada de nada porque el Coliseo está ocupado por los gatos. Ocupadas las entradas, las salidas, el circo, las gradas, las columnas y los arcos. Casi ni se ven las viejas piedras, sino sólo gatos, cientos de gatos, miles de gatos. A una señal del Corsario Rojo aparece una pancarta (obra de la maestra y de don Antonio) que dice: «Coliseo ocupado. ¡Queremos la estrella Gato!».
            Turistas, peregrinos y transeúntes —que por quedarse a ver se han olvidado de transitar— aplauden con entusiasmo. El poeta Alfonso Gatto pronuncia un discurso. No todos entienden lo que dice, pero sólo con mirarlo es evidente que si se puede llamar «Gato» un poeta, también podrá llamarse así una estrella. Una bellísima fiesta. Del Coliseo parten gatos viajeros hacia París, Moscú, Londres, Nueva York, Pekín, Monteporzio y Catone. La agitación se desplegará en el plano internacional. Está prevista la ocupación de la torre Eiffel, del Big Ben, de las torres del Kremlin, del Empire State Building, del Templo de la Paz Celeste, del estanco de la esquina; en suma, de todos los lugares ilustres. Los gatos de todo el planeta presentarán su petición a los astrónomos en todas las lenguas. Un día, mejor dicho una noche, la estrella Gato brillará con luz propia.
            A la espera de noticias, los gatos romanos regresan a sus sedes. También don Antonio, con la gata-maestra, se encamina a buen paso hacia la plaza Argentina, haciendo proyectos para sucesivas ocupaciones.
            —Qué bien estaría —piensa, y lo dice— la Cúpula de San Pedro toda adornada de gatos con la cola tiesa.
            —¿Y qué te parecería —pregunta la gata-maestra— ocupar el estadio Olímpico el día del partido Roma-Lazio?
            Don Antonio empieza a decir «¡formidable!», con sus signos de exclamación, pero no llega ni a la mitad de la palabra porque repentinamente se oye llamar:
            —¡Abuelo! ¡Abuelo!
            ¿Quién será? ¿Quién no será? Es Daniela que está saliendo del portal de la escuela y lo ha reconocido. Don Antonio, que ya ha adquirido cierta práctica de gato, finge no haber oído. Pero Daniela insiste:
            —Abuelo, malo, ¿por qué te has marchado con los gatos? Hace días que te busco por tierra y por mar. Vuelve ahora mismo a casa.
            —¡Qué niña más guapa! —dice la gata-maestra—. ¿En qué curso está? ¿Tiene buena letra? ¿Se limpia bien las uñas? ¡No será una de esas que escriben «abajo el bedel» en la puerta del váter!
            —Es muy buena —explica don Antonio, un poco conmovido—. Casi, casi la acompaño un ratito, así tengo cuidado de que no cruce la calle con el disco rojo.
            —Ya comprendo —dice la gata-maestra—. Bueno, yo también iré a ver cómo está mi hermana. A lo mejor le ha dado artritis deformante y no consigue atarse los zapatos ella sola.
            —Vamos, abuelo, vente —ordena Daniela—. La gente que la oye no se asombra, porque cree que aquel gato se llama Abuelo. No tiene nada de raro: hay también gatos que se llaman Bartolomé o Gerundio.
            En cuanto llega a casa el gato-don Antonio salta a su butaca preferida y agita dignamente una oreja en señal de saludo.
            —¿Has visto? —dice Daniela muy contenta—. Es el abuelo.
            —Es cierto —confirma Nino—. También el abuelo era capaz de mover las orejas.
            —Está bien, está bien —dicen los padres ligeramente confusos—. Y ahora, moraleja: a la mesa.
            Pero los mejores bocados son para el gato-abuelo. Para él chicha, leche con azúcar, galletas, caricias y besos. Quieren ver cómo ronronea. Hacen que les dé la patita. Le rascan la cabeza. Le ponen debajo un cojín bordado. Le preparan un váter con serrín.
            Después de comer el abuelo sale al balcón. Al otro lado de la calle, en otro balcón, está la gata-maestra que vigila a los canarios.
            —¿Qué tal ha ido? —le pregunta.
            —Como la seda —responde ella—. Mi hermana me trata a cuerpo de rey.
            —Pero ¿te has dado a conocer?
            —¡No soy boba! Si sabe que soy yo, es muy capaz de hacer que me encierren en el manicomio. Me ha dado la manta de nuestra pobre mamá, que antes ni me permitía mirar.
            —Yo no sé —dice el gato-don Antonio—, a Daniela le gustaría que yo volviese a ser el abuelo. Me quieren todos una barbaridad.
            —Qué necio. Te encuentras en Jauja y lo echas a perder. Ya verás cómo te arrepientes.
            —No sé —repite él—, casi, casi lo echo a cara o cruz. Tengo tantas ganas de fumarme una tagarnina…
            —Pero ¿cómo harás para cambiar de gato a abuelo?
            —Es sencillísimo —dice don Antonio.
            Y en efecto, va a la plaza Argentina, salta la barra de hierro en sentido contrario a la primera vez y en lugar del gato reaparece un anciano señor que enciende su cigarro. Regresa a casa con un poco de susto. Daniela, cuando lo ve, salta de alegría. En el otro balcón la gata-maestra abre un ojo en señal de buena suerte, pero farfullan para sí: «Qué necio».
            En el balcón está también su hermana, que mira a la gata con ojos dulces y mientras tanto piensa: «No debo encariñarme demasiado con ella, porque después, si se muere, sufro y me dan palpitaciones».
            Es la hora en que los gatos de los Foros se despiertan y salen a cazar ratones. Los gatos de la Argentina se congregan a la espera de las mujercitas que les llevan cariñosos cartuchitos. Los gatos del San Camilo se disponen en los parterres y los senderos, uno bajo cada ventana, esperando que la cena sea mala y los enfermos se la tiren a escondidas de la monja. Y los gatos vagabundos que antes eran personas, se acuerdan de cuando conducían automotores, hacían girar tornos, escribían a máquina, eran guapos y tenían una novia.


 Miss Universo de ojos de color verde-venus

 

 

            Delfina, ¿quién es? Es la parienta pobre de doña Eulalia Borgetti, que tiene una lavandería en seco en Módena, en Canal Grande. Las hijas de la viuda Borgetti, Sofronia y Bibiana, se avergüenzan un poco de una prima tan pobre, siempre vestida con una bata gris, siempre en la lavandería ajetreada con las máquinas, limpiando chaquetas de reno, planchando pantalones y camisas. Entre ellas dos la llaman «esa tipa». Saben que su madre la tiene por caridad, por compasión, y porque rinde como dos obreras y no cuesta un chavo de impuestos. Pero a veces también ellas se conmueven y la llevan al cine, donde la mandan al gallinero, mientras ellas van a butaca.
            —Tienen un corazón muy grande, mis crías —dice doña Eulalia, muy pendiente de que Delfina no se sirva una segunda loncha de cerdo.
            Pero Delfina no se la sirve. Y bebe agua. Y al postre come manzanas, no clementinas. Y lava los platos, mientras Sofronia y Bibiana comen bombones. Y hasta va a misa, porque alguien de la familia tiene que ir.
            No va al gran baile de la elección de Presidente de la República de Venus. Van su tía y sus primas, en la astronave de la Cámara de Comercio. Va media Módena, va media Europa. Mirando al cielo se ven cientos de cohetes con colas de fuego, como muchas estrellas que cayeran hacia arriba, en vez de hacia abajo. Dicen que los bailes de Venus son una maravilla. Llegan allá jóvenes y muchachas de todos los rincones de la Vía Láctea. Naranjada a chorros, chupa-chups gratis para todos.
            Delfina suspira y entra en la tienda. Tiene que acabar de planchar el traje de la señora Foglietti, que se lo pondrá mañana por la noche para ir a la ópera, donde echan la Cenicienta del maestro Rossini. Un traje precioso, todo negro, bordado en oro y plata: parece una noche estrellada. Para el baile de Venus la señora Foglietti no puede ponérselo, porque lo llevó ya hace dos meses a la elección de otro presidente. Allá arriba nombran tantos presidentes para poder dar muchos bailes.
            Delfina piensa (erróneamente, pero ella no puede saberlo) que no sucederá nada, ni bueno ni malo, si se prueba ese lindo vestido. Y en efecto, se lo prueba, y le sienta de maravilla, como dice el espejo, guiñándole un ojo. Delfina da dos o tres pasos de danza, llega a la puerta de la lavandería y, como la calle está desierta, sale al exterior bailando de una acera a otra. De repente oye voces, un rumor de pasos. Dios mío, tiene que esconderse. Justamente hay una astronave de tipo familiar aparcada allí al lado. Se llama Hada II, pero eso no le impide tener la portezuela abierta. Delfina se cuela dentro, se hunde en el asiento posterior. ¡Ah, qué hermoso sería partir, así, irse de paseo entre las estrellas, sin meta, sin deberes, sin tías adustas, sin primas cotillas, sin clientes pelmas…!
            Los pasos y las voces se acercan, están aquí. La portezuela anterior del misil se abre. A Delfina le da tiempo de reconocer a la pareja que entra, y se deja caer al suelo, para poder fingir que no está allí:
            —¡Madre mía! ¡La propia señora Foglietti! Si me ve con su traje…
            —Pero que no se nos haga tarde —está diciendo la señora Foglietti a su marido, el caballero Foglietti, propietario de una fábrica de accesorios para abrelatas—. A las doce en punto nos venirnos, porque mañana quiero ir a Campogalliano a comprar huevos frescos.
            El señor Foglietti farfulla una respuesta con Firma ilegible. Rasca una cerilla para encenderse el pitillo; simultáneamente aprieta la tecla de la puesta en marcha. El cohete da un salto a la velocidad de la luz (más dos centímetros al segundo inmuto) y, antes de que se apague la cerilla, ya han llegado tan ricamente al planeta Venus.
            Delfina espera a que el señor y la señora Foglietti desciendan a tierra y se alejen; después dice: «Bueno, ya que estoy aquí, voy también yo a echar un vistazo a la fiesta. Habrá tanta gente que seguramente la señora Foglietti no me verá, ni a uní ni a su traje».
            El palacio de la presidencia está allí a dos lasos. Tiene un millón de ventanas iluminadas. En la sala de baile hay setecientos cincuenta mil bailarines que están aprendiendo la nueva danza, llamada Saturn. El sitio ideal para bailar de incógnito.
            —Señorita, ¿me permite?
            El que se ha dirigido a Delfina es un guapo mozo alto, elegante, con la fuerza de los nervios relajados.
            —Acabo de llegar, no sé aún el Saturn.
            —Es facilísimo; yo le enseño. Se parece un poco al tango-vals y a la samba-gavota. Es casi como andar. ¿Ha visto?
            —Sí, es sencillo. Nosotros, sabe, estamos aún con el minué-twist.
            —Usted es terrestre, ¿no?
            —Sí, de Módena. Y usted es venusiano: se nota por el pelo verde.
            —Pero también usted tiene una bellísima cosa verde. Y verde-venus: sus ojos.
            —¿De veras? Mis primas siempre dicen que tengo ojos de color achicoria.
            Delfina y el joven venusiano bailan ese baile y veinticuatro más. Lo dejan sólo cuando la música calla y los altavoces, en todas las lenguas de la Vía Láctea, difunden el anuncio de que dentro de unos minutos el Presidente de Venus premiará a la más bella de la fiesta.
            «¡Feliz ella! —piensa Delfina—. Pero ¿no será hora de que escape? Menos mal, son apenas las once y media. Los Foglietti se marchan a las doce en punto. Tengo por fuerza que regresar a la tierra en su astronave. Me esconderé en el asiento de atrás, como a la venida».
            Mientras ella reflexiona sobre estas y otras cosas de máxima importancia, dos señores con uniforme de gala se le acercan, la agarran de un brazo y la acompañan hacia el palco de la orquesta.
            «Adiós —piensa Delfina—. Quizá la señora Foglietti me ha visto y me ha denunciado por robo de traje de noche. Quién sabe adónde me llevan estos guardias venusianos».
            La llevan al mismo palco. A su alrededor estallan los aplausos.
            «Esquiroles —piensa poco amablemente Delfina—. Ni siquiera dudan de que pueda tratarse de un error judicial: aplauden a los guardias que me detienen. Pero yo no hablo más que en presencia de mi abogado».
            —Señoras y caballeros —dicen los altavoces—, aquí está el Presidente.
            ¿Qué? ¿El Presidente? Pero ¡es el joven que ha bailado con Delfina toda la noche! Lo único que faltaba es que… Exactamente. Es el Presidente (le la República venusiana. Proclama a Delfina «Miss Universo» y le sonríe, mientras los lacayos de la presidencia depositan a los pies de Delfina toda clase de regalos: una estupenda nevera, una lavadora automática con veintisiete programas, frasquitos de champú, tubitos de dentífrico, cajas de pastillas contra el dolor de cabeza y el mareo espacial, un abrelatas de oro (ofrecido por la empresa Foglietti (le Módena, Tierra), etcétera.
            —El Presidente —proclama el altavoz— entregará ahora a la señorita un anillo con una piedra del color de sus ojos.
            Los dedos le tiemblan a Delfina mientras el Presidente está a punto de ponerle el anillo… Pero de pronto sus ojos corren al relojito de pulsera: ¡falta un minuto y medio para las doce! ¡la astronave! ¡la lavandería en seco!
            Delfina se estremece como si le hubiera picado una avispa. Deja caer el anillo, salta del palco, hiende a la carrera la muchedumbre, que naturalmente sabe cómo comportarse y por eso le abre paso. El Hada II está aún allí en el parking; por suerte, los Foglietti se han retrasado un poco. Se ve que han querido asistir a la proclamación de «Miss Universo». Mejor eso que perder el paraguas cuando llueve. Delfina se desliza en su sitio, fingiendo estar en otro lugar, y espera.
            —Qué raro —dice la señora Foglietti a su marido mientras se preparan para partir—, la chica que bailó toda la noche con el presidente, la que estaban premiando ahora mismo…
            —Guapa muchacha —dice el señor Foglietti—. ¿Viste cuánto agradeció nuestro abrelatas de oro? Es una entendida.
            —Quería decir —continúa la señora—, ¿no te parece que llevaba un vestido idéntico, clavadito al mío? Ya sabes, ese negro bordado de oro y plata que cuesta quinientas…
            —¡Qué va!
            —Si no supiese que mi traje está en la lavandería…
            El señor Foglietti enciende un cigarrillo. Y tocan tierra, en Módena, antes de que haya tenido tiempo de echar la primera nubecita de humo.
            A la mañana siguiente Sofronia y Bibiana van a presumir a la lavandería, ante Delfina, de todo lo que han visto, hecho, dicho, sentido.
            —Casi hemos bailado con el Presidente.
            —Yo casi le toqué en un brazo.
            —Lástima que tenga ese defecto.
            —¿Qué defecto?
            —Bueno, ese pelo verde como la achicoria. Yo, si fuera su mujer, se lo haría teñir.
            —¿Está casado?
            —Casi. Dicen que se casará con Miss Universo. Una rubita un poco chalada. Figúrate que a medianoche escapó porque, dicen, si vuelve a casa después de las doce, su madre le pega.
            Y Delfina callada.
            Por la tarde toda Módena está alborotada. Embajadores del planeta Venus están recorriendo la ciudad, casa a casa, para una misión extraordinaria, con dobles gastos de viaje pagados.
            —¿Qué hacen? ¿Qué buscan?
            —Figuraos: dicen que la Miss Universo era una de Módena.
            —De Módena o de Rubiera.
            —Con la confusión se olvidaron de preguntarle cómo se llamaba. Y el Presidente venusiano quiere casarse con ella hoy mismo, si no presenta la dimisión y se retira a una estación de gasolina.
            Los embajadores van por ahí con un anillo, comparan el color de la piedra con el de los ojos de las muchachas, pero jamás los encuentran iguales.
            Sofronia corre a probarse el anillo.
            —Señorita, ¡pero usted tiene los ojos negros!
            —¿Qué importa? Tengo los ojos cambiantes. Ayer por la noche podía tenerlos del color que dicen ustedes.
            Corre Bibiana a probarse el anillo.
            —Señorita: usted tiene los ojos castaños.
            —¿Qué quiere decir? Si el anillo me va, soy la que ustedes buscan.
            —Señorita, déjenos trabajar.
            Anda que te andarás, llegan al Canal Grande; están en las inmediaciones de la lavandería Borgetti. Pero antes que ellos entra en la lavandería la señora Foglietti, a recoger su traje.
            —Aquí lo tiene —dice Delfina, temblorosa.
            —Pero ¡aún no está planchado! —protesta la señora Foglietti.
            —¿Qué significa esto? —dice doña Eulalia—. ¡Tenía que estar listo ya ayer a la puesta del sol! ¿Qué historias son éstas?
            Delfina palidece. Y como en ese mismo momento aparecen en el umbral los embajadores venusianos de uniforme, y ella los confunde con guardias, y cree que han venido por el robo del vestido, se le ocurre desmayarse.
            Cuando vuelve en sí, se encuentra sentada en la mejor silla de la tienda, y a su alrededor embajadores, primas, tías, clientes y una gran multitud, dentro y fuera de la puerta, todos en éxtasis, todos a la espera de que abra los ojos.
            —¡Eso es, mirad! —gritan los embajadores—. Ahí tienen los ojos de color verde-venus.
            —¡Y ése es el vestido que Miss Universo llevaba ayer por la noche! —grita triunfante la señora Foglietti.
            —Yo… —balbucea Delfina—, yo… me lo puse… pero no lo hice a propósito…
            —Hija mía, ¿qué dices? ¡Ese traje es tuyo! ¡Qué honor para mí! ¡Qué honor para mí! ¡Qué honor para Módena y Campogalliano! ¡Nuestra Delfina Presidenta del planeta Venus!
            Etcétera, etcétera. Se suceden las felicitaciones.
            Esa misma noche Delfina parte hacia Venus, se casa con el Presidente de la República, el cual, para estar en su compañía, presenta la dimisión de su cargo y vuelve a su trabajo, en un surtidor de carburante fotónico para astronaves. A los venusianos les toca elegir otro Presidente y dar otro baile. Va a él también la señora Foglietti, llevando a Delfina recuerdos de su tía, de Bibiana y de Sofronia, que se han ido a tomar las aguas a las termas de Chianciano. Y le lleva también una estupenda docena de huevos frescos, comprados en Campogalliano.


 Piano Bill y el misterio de los espantapájaros

 

 

            Allá arriba, allá arriba, entre los montes de la Tolfa, donde las setas son siempre robellones y los castaños nunca tienen gusanos; pero a veces también allá abajo, abajo, en la Llanura de las Babosas, donde las aguas del Mignone vagan sin una idea concreta, merodea un solitario cowboy. Es Bill El Oriolés, así apodado porque es hijo de un ganadero de Oriolo Romano. Los tolfetanos, por evidentes razones, le llaman el Forastero. Pero su verdadero nombre de batalla es Piano Bill.
            Oís en el aire las célebres notas de la Canción de la Zorra, del Microcosmos de Béla Bartok, número 95, volumen tercero, página 44. Es Bill quien la toca, en su fiel piano. Juntos escalan las laderas del Monte Tosto, o acampan allá, hacia la Ribera Roja, donde de nuevo vagan revueltas las aguas del Mignone. Juntos cabalgan, Bill delante en su caballo blanco, el piano detrás en su caballo negro Pianoforte Bill. Piano Bill. Cuando se detiene por la noche el solitario cowboy, antes aún de montar la tienda y de encender el fuego para mantener a distancia a los sheriffs, descarga el piano e inicia fugazmente las Treinta y Tres Variaciones de Beethoven sobre un vals de Diabelli.
            Los campesinos del valle, mientras se van a la cama, se dicen unos a otros:
            —Ahí está Piano Bill que inicia fugazmente las Treinta y Tres Variaciones. Excelente pulsación.
            El Sheriff de la Tolfa, que desde hace días y días da caza a Piano Bill para ponerlo a la sombra, sigue el eco como una pista sonora y se regocija para sí:
            —Esta vez, Forastero, no te me escapas.
            Y en efecto, mientras el solitario cowboy saborea un cochinillo asado a la brasa, el Sheriff se le acerca, se le acerca aún más y más, está dispuesto a saltar en nombre de la Ley. Pero Bill, que tiene un oído muy fino, advierte el desplazamiento del aire y sin siquiera volverse le dice:
            —Quieto con esas esposas, Sheriff. Aquí estamos en territorio de Canale Monterano; no tiene usted la menor autoridad sobre mí ni sobre mi fiel piano.
            —Eres astuto, Forastero —barbota el Sheriff. Pero no te librarás con una Mazurca de Chopin el día en que te eche mano.
            Piano Bill alza sin esfuerzo aparente una ceja:
            —Toco muy raras veces Chopin —dice—, y más que nada los Estudios. He notado que las Mazurcas hacen llover. Y por otra parte quisiera saber por qué me está persiguiendo con tanta saña.
            —Eres curioso, Forastero. Pero te lo diré. En los últimos tiempos han desaparecido numerosos espantapájaros. Más de doce, para ser exactos. Diversos testigos de ambos sexos te acusan. El Ayuntamiento ha comprado ya la cuerda para ahorcarte. Se ha convocado un concurso entre los carpinteros para prepararte la caja. Nosotros, con los ladrones, hacemos las cosas en regla.
            Piano Bill reflexiona. También él ha notado, en sus vagabundeos solitarios, cierto enrarecimiento de los espantapájaros. Está dispuesto a apostar por su inocencia; pero no dice nada. Toca algunas Escenas del Bosque de Schumann y se acuesta tranquilamente en su saco de dormir, tras haber tapado al fiel piano con la adecuada funda de plástico gris. El Sheriff se acuesta no muy lejos, decidido a capturar al Oriolés con una estratagema cuando esté bien dormido. Pero sucede que se duerme primero él. Cuando lo oye roncar, Piano Bill vuelve a cargar el piano en el caballo, monta a la silla él mismo y reanuda su fatal marcha, bordeando el curso disparatado del Mignone.
            Anda que te andarás, llega a la fuente del agua mineral, bajo la Rota, y baja a beber. Es un agua que facilita la digestión, y quien bien digiere lleva medio camino andado. En efecto, mientras bebe se le pasa por la cabeza que precisamente allí, en el campo contiguo, han robado un espantapájaros y decide ir a echar un vistazo o dos. Al segundo vistazo descubre un valioso rastro: una minúscula escama de jabón desodorante Belnik, conocido como «el amigo de las chicas».
            «Bill —se dice a sí mismo el solitario cowboy—, dicho jabón de dicha marca no puede haber pertenecido el espantapájaros, sino a una persona, masculina o femenina, que combina la escucha de la publicidad radiofónica con la higiene de las axilas. Busca, pues, el transistor y el ladrón será tuyo».
            Pone los caballos al trote, repasando mentalmente las Variaciones Goldberg, de Juan Sebastián Bach (especialmente la Quince, canon a la quinta con movimiento contrario, andante, con dos bemoles en clave) y explora con atención la campiña circundante, baja al cañón de las Termas de Stigliano, hace una parada en las Escalerillas, vuelve a subir entre las ruinas de Monterano. Así durante días y días, deteniéndose sólo para lavarse los pies donde el Mignone, o la Lenta, disminuyendo su carrera, forman modestos laguitos que las poblaciones ribereñas llaman justamente «bañaderos». Piano Bill se lava los pies en el bañadero del Tártaro, en el Bañadero de Tomasín, en el bañadero del Ovejero (llamado así desde el día en que se ahogó un pastor tratando de salvar a una Oveja; cosa que a Piano Bill, que posee de incógnito el récord mundial de los cinco metros rana, no le habría ocurrido). Y por fin un buen día detiene los caballos con perfecta maniobra y se pregunta sonriendo: «¿Me equivoco, o esa música es la Estrella de Novgorod, tocada por la orquesta de fiero Piccioni? No, no me equivoco. Donde está la Estrella de Novgorod está una radio; donde está una radio está el jabón; donde está el jabón, está el ladrón».
            Siguiendo la Estrella, Piano Bill descubre la entrada de una tumba etrusca abandonada a su suerte por la Dirección General de Bellas Artes y Antigüedades. Echa pie a tierra, sin descargar su fiel piano. Se acerca a la abertura. Escucha cautelosamente. Mira. Estudia la situación. Pero no la estudia bastante bien: se le escapa el Sheriff, que está al acecho sobre una encina y, como un mentiroso que es, finge de maravilla estar en otro sitio. ¡Cuidado, Bill! No hay nada que hacer. El Sheriff lo ha atrapado a lazo y se permite todavía reírse satánicamente:
            —No daría un cuarto de dólar ni un cuartillo de blanco seco por tu cuello, Forastero. Tu piano no te sirve de gran ayuda en este momento. Por otra parte, te lo he dicho más de una vez: la música es inútil, y si en vez de Bach hubiera nacido una cabra, habría sido mucho mejor para el cabrero.
            Oyendo insultar a su músico preferido, Piano Bill siente una punzada en el corazón.
            —¡Te haré tragar esas palabras! —exclama.
            El Sheriff se le ríe en su cara. Después salta de la rama directamente a la silla del caballo, como ha visto hacer en el cine. Pero de la tumba etrusca sale un osado jovenzuelo, que corta la cuerda con su cuchillo de boy-scout, provisto también de sacacorchos, lima de uñas y mechero de gas. Así, cuando el Sheriff pica espuelas, galopa hacia la Tolfa, arrastra tras sí la cuerda, sí, pero a la misma no va sujeto prisionero alguno.
            El jovenzuelo hace entrar a Piano Bill, a sus caballos y a su fiel instrumento en la tumba etrusca. El Sheriff se da cuenta de que la cuerda es ligera, se vuelve; ve sólo una vaca que pasta apaciblemente y se daría de patadas de rabia, pero no lo consigue. Vuelve sobre sus pasos, pide los documentos a la vaca para estar seguro de que no se trata de Piano Bill disfrazado de bovino en estado silvestre. La vaca responde educadamente: «¡Muuuu!», que seguramente significa muchas cosas, pero el Sheriff no entiende ni una sola.
            Mientras tanto, en la tumba etrusca, Piano Bill y su osado salvador se presentan.
            —Yo soy Bill El Oriolés.
            —Encantadísimo. Yo soy Vincenzino.
            De las entrañas de la tumba se adelanta otro jovencito.
            —¿Vincenzino también usted?
            —No, yo soy Vincenzina —responde una voz femenina. ¡Sorpresa! ¡El jovencito es una jovencita! Pero a la experta mirada de Piano Bill no se le escapa un detalle significativo: Vicenzina viste una chaqueta de cuadros verdes y morados, descosida por varios sitios, que el cowboy recuerda haber visto a un espantapájaros…
            —¿Usted utiliza jabón desodorante Belnik? —pregunta a quemarropa.
            La chica responde ingenuamente que sí.
            —Esa radio ¿es suya? —acosa con astucia Piano Bill, señalando un aparato de transistores del que se difunde un aria de Chaikovsky transcrita para zambomba y dulzaina.
            —Es mía —confiesa Vincenzina—. Sin mi radio, me sentiría huérfana.
            —Conque es usted —concluye Piano Bill— la ladrona de espantapájaros.
            —Cuidado con las palabras, Forastero —se entromete Vincenzino—. ¡Yo te salvo la vida y tú ofendes a mi novia! Más bien, en vista de que tenemos un enemigo común, ¿por qué no nos entendemos?
            Un punto de interrogación tras otro, Piano Bill se entera de la entera historia. Vincenzino y Vincenzina están enamorados en secreto; pero en Vincenzina ha puesto sus ojos el Sheriff, dándose aires de Don Rodrigo;[5] por eso se han echado al monte, y viven de bayas, raíces y peces pescados a mano entre los guijarros desordenados del Mignone.
            Vincenzina ha huido con su minifalda, su radio y su jabón desodorante; para proporcionarle ropas más apropiadas para una chica perseguida y prófuga, Vicenzino roba los espantapájaros.
            —Comprendo —dice generosamente Piano Bill—, pero ¿por qué más de doce?
            —Cada mujer tiene su punto flaco —le confía Vincenzino.
            Lo llevan a otra parte de la tumba, que es un dos habitaciones sin servicios; allí están todos los trajes de los espantapájaros colgados en hilera, como en un guardarropa.
            —Tengo que tener algo para cambiarme —se justifica Vincenzina, bajando los párpados sobre los ojazos—. No voy a salir todos los días y a todas las horas con el mismo traje.
            —Más que justo —reconoce Piano Bill, corazón de caballero.
            Al atardecer, tras haber concertado con Vicenzino las oportunas medidas para desenmascarar al Sheriff, enemigo del amor y de la música, abandona la tumba, no sin recomendar a Vincenzina que baje el volumen del transistor.
            —E incluso —agrega—, prueba por una vez a escuchar el Tercer Programa. Hoy radian un concierto del pianista Emil Gilels, que tocará obras de Scarlatti, Prokofiev y Shostakovich: nada mejor para robustecer el espíritu ante la inminencia del choque final.
            Anda que te andarás, al llegar a las cercanías de la Tolfa ata sus caballos a un castaño, esconde el piano detrás de una vaca, se disfraza de peregrino que hacia Roma camina para que lo case el Papa con su prima, atraviesa el pueblo de incógnito y mete bajo la puerta del Sheriff una nota que dice: «Te espero mañana a mediodía de fuego para un reto infernal. Piano Bill».
            Vuelve sobre sus pasos, da una vuelta por los campos para poner todos los espantapájaros en su sitio y se retira a la soledad a ensayar en su fiel piano El arte de la fuga de Bach, que ningún pianista del mundo ha logrado jamás tocar entero por sí solo.
            —Huele a pólvora —dicen los campesinos, estremeciéndose en sus lechos—. Piano Bill está ensayando de nuevo El arte de la fuga. Excelente, por lo demás, la pulsación.
            A las doce menos cinco todos los tolfetanos se retiran a sus casas, atrancan puertas y ventanas y engullen sus spaghetis. A las doce menos tres el Sheriff aparece por un extremo de la plaza, con una pistola en cada mano, otras dos metidas en el cinturón y una quinta oculta bajo el sombrero. A las doce menos uno, por el otro extremo de la misma plaza (¡mira qué casualidad!) aparecen el Oriolés, su piano, Vincenzino que lleva de la mano a Vincenzina y Vincenzina que lleva en la mano el transistor. Piano Bill se apea del caballo, descarga el piano y lo empuja sobre las adecuadas ruedecitas.
            —¡No vale! —grita el Sheriff—. ¡En los retos infernales no se admiten escudos!
            —Te hago observar —replica Piano Bill—, que yo no llevo armas, porque estoy en contra del humo de los disparos. Pretendo hacerte frente con mi piano, de hombre a hombre.
            El Sheriff se carcajea, alza una pistola, está a punto de apretar el gatillo… Pero en ese momento sale del piano un tema de tal fuerza que el indigno representante de la ley siente una punzada en el bazo, otra en el píloro, una tercera en la nuez de Adán. Se lleva las manos al cuello, cae al suelo, rueda por el polvo. Los tolfetanos abren las ventanas a tiempo de oírlo sollozar:
            —¡Basta! ¡Basta! ¡Confieso! ¡Bach es grande, el Oriolés es inocente, Vincenzina puede casarse con su primer amor, que jamás se olvida!
            Eso es cuanto quería oírle decir Piano Bill. El resto puede imaginarse. Los dos jóvenes contraen justas nupcias y quieren que los acompañe Piano Bill.
            —Tocarás para nosotros el Ave María de Schubert —dice Vicenzina.
            Una mueca de dolor se dibuja en el rostro del cowboy, curtido por la intemperie:
            —No puedo —murmura—, de Schubert, si os empeñáis, os toco la parte del piano en el quinteto La Trucha
            Pero Vicenzina quiere a toda costa el Ave María, porque antes que ella la han tenido la hija clel alcalde, la hija de la maestra, su hermana Carletta y su cuñada Rossana.
            —Lo siento —murmura con un hilo de voz el honrado cowboy—. Es superior a mis fuerzas. Disculpadme, amigos.
            Piano Bill espolea el caballo y se aleja al galope, para volver a su soledad… Pues bien, vete, solitario cowboy: que las aguas irracionales del Mignone te acompañen cuando tocas Mozart en tu fiel piano, y hasta las nubes cruzan el cielo de puntillas para no perder ni siquiera una fusa de esa música divina.


 Marco y Mirko, el diablo y la señora De Magistris

 

 

            Marco y Mirko, como ya he dicho una vez (después no lo volveré a decir), son dos hermanos gemelos, iguales en todo y por todo. Pero es fácil distinguirlos, porque Marco lleva siempre consigo su martillo de mango blanco y Mirko su martillo de mango negro. Sus padres, en cambio, se distinguen porque el padre, don Augusto, tiene una tienda de electrodomésticos mientras que en cambio su madre, doña Emenda, tiene una tienda de ropa para perros. ¿Está claro?
            Marco y Mirko están solos en casa haciendo los deberes. «Tema —dicen los deberes—: hablar del diablo».
            Tras haber escrito «Redacción», los dos hermanos se consultan:
            —Y, ahora, ¿qué decimos del diablo?
            —Digamos que es bobo —sugiere Mirko.
            —Por mí, sí —aprueba Marco—. Pero hay que decir por qué.
            —El diablo es bobo —dice Mirko— porque mata moscas con el rabo.
            Mientras escriben esta importante proposición, sin olvidarse de poner con b la palabra «rabo», llega un ruidito de la cocina. Se oye como alguien que está lanzando al aire chorritos de algo: «fishhh, fishhh, fishhh». Hacen una descubierta: es el diablo, que se está dedicando a un trabajito.
            —Vais a ver ahora —dice el diablo—. Ya he matado cinco moscas con spray y ahora voy a matar cinco más. Así dejaréis de escribir estupideces.
            Es un diablillo no muy grande, pero enfadadísimo. Se puede deducir por los cuernos que humean y por la cola que golpea con violencia el suelo.
            —En mi opinión —observa Marco— sería preferible un matamoscas.
            —También pienso lo mismo —dice Mirko—. Porque, para matarlas de cinco en cinco, te daba igual hacerlo con el rabo.
            —No tratéis de confundirme las ideas —dice el diablo—. Porque en esta cocina hay muchas moscas, y tengo mucho que hacer para matarlas sin usar el rabo. Y cuando haya acabado, os meteré en una olla, os taparé bien tapados y os herviré.
            —Imposible —dice Mirko.
            —Claro —dice Marco—. Hoy hay huelga de gas. De hervir, nada.
            —Me importa un pepino la huelga —dice el diablo—, si quiero fuego, me lo hago yo mismo.
            —Pues entonces es también un esquirol —concluyen con una ojeada los dos gemelos, escandalizados.
            —Ya está —dice el diablo—. No queda ni una mosca con este spray. Para que luego me vengan con viejos proverbios.
            —Veamos —dice Marco—, lanza su martillo contra el bote de insecticida, que hace «¡deng!» y rocía el fregadero.
            —Tenía que hacer «¡dang!», no «¡deng!» —critica Mirko—. Se ve que ha usado un material inferior. Veamos ahora esa olla.
            El martillo de Mirko vuela a golpear la olla, que hace «¡dong!» y cae al cubo de la basura.
            —Está todo equivocado —dice Marco—. Ha hecho «¡dong!». Cosa de locos. Jamás nos dejaremos hervir en una olla tan falsa y sofisticada.
            —Eso ya lo veremos —anuncia el diablo, recogiendo los objetos perdidos.
            —¿Qué es lo que veremos? —pregunta Mirko.
            Mientras tanto los martillos, tras haber cumplido con su deber, regresan corriendo a las manos de los dos gemelos, porque son martillos amaestrados: para ellos imitar un boomerang es una broma de cuando no tienen nada que hacer.
            —Veremos cuánto tardaréis en coceros —dice el diablo—. E inmediatamente se da cuenta de que ha dicho una mentira, como auténtico padre de la mentira, porque lo que ve son las estrellas, a causa de los martillos que le picotean los cuernos como si tuvieran que hacerse en ellos un nido.
            —¡Ay! —chilla el diablo.
            —Bien dicho —aprueban Marco y Mirko.
            —¡No vale! —protesta el diablo—. Teníais que temblar como azogados, arrojaros a mis plantas a pedir perdón, vertiendo lágrimas amargas. Y acabad ya con esos martillos, que me está entrando dolor de cabeza. ¡Ayyyyyyy!
            —¿Te rindes?
            —Me rindo.
            —¿Cómo te llamas?
            —Osvaldo.
            —Pues vuelve al infierno y tómate un caldo.
            El diablo se avergüenza mucho, golpea el suelo con un pie y desaparece. Lo último que se ve es una nubecita que se mete entre las baldosas, rápida como un ciempiés cuando escapa perseguido por una escoba. Se presenta al mando de su legión, y hace su informe:
            —Como lo oís, los gemelos Marco y Mirko no sienten el menor respeto por el diablo.
            El comandante se pone hecho una furia. Está que se lo llevan todos los diablos. Agarra a uno y le ordena que regrese a la tierra, calle tal, número cual, para dar una lección a esos dos golfillos.
            Estos siguen haciendo los deberes.
            —¿Qué escribimos ahora? —pregunta Mirko.
            —La pura verdad —dice Marco—, lo que hemos visto: que el diablo tiene pantalones de cuadritos.
            No les da tiempo a escribir esta histórica proposición pues se oye llamar a la puerta. «Toc-toc.»
            —¿Quién es?
            —Soy el diablo.
            —¿El de antes u otro?
            Por toda respuesta el diablo entra por el agujero de la cerradura, con un silbido. Primero es fino como un pelo, pero en cuanto toca el suelo se convierte en un perro lobo con orejas que echan humo y, tras haber ladrado un par de veces, se convierte en un búho con ojos de fuego. Va a colgarse de la araña: todas las bombillas se apagan y quedan encendidos sólo los ojos.
            —¿Y qué más? —preguntan Marco y Mirko.
            —¿No os habéis asustado?
            —No, porque no has hecho: «¡bu-bu, tururú!».
            El búho salta al suelo y se convierte en un Drácula, con unos dientazos puntiagudos que desprenden chispas.
            —¿Os he metido miedo?
            —Ni pizca. Te has vuelto a olvidar de hacer: «¡bu-bu, tururú!». Y eso que acabábamos de decírtelo. Tienes los dientes largos, pero la memoria corta.
            —Menos cuentos —anuncia el diablo—. Ahora os meto en mi saco y os llevo conmigo.
            —Ni lo sueñes —dice Marco—. Mamá no quiere que salgamos de casa, y nosotros somos niños obedientes.
            —Por eso, ahora —concluye Mirko—, te partimos los dientes.
            Los martillos salen a toda velocidad en dirección exacta y los colmillos de Drácula rompen en cien pedazos, que caen en las baldosas y hacen «ding, ding», y después se disuelven et un ligero chirrido de mantequilla en una sartén, diablo se transforma en una mosca y va a posarse en el cristal de una ventana.
            —Aquí no podréis hacerme nada —dice—. ¿No querréis romper los cristales a martillazos, no?
            —El hermano de papá es cristalero —comunica Marco.
            —Y nos pone los cristales gratis —precisa Mirko.
            —¡Un tío cristalero! ¡Eso es demasiado! —chilla el diablo.
            Golpea con una patita en el cristal y desaparece, dejando una marquita negra, exactamente igual que una cagadita de mosca y nada más.
            Cuando se presenta en la legión a hacer su informe, el comandante se da a todos los diablos.
            —¡Sois unos tragafuegos de pega! —chilla, echando humo por las narices y por las uñas—. ¡Ahora subo yo y os enseño, atrasados mentales!
            Marco y Mirko siguen haciendo sus deberes. Escriben en sus cuadernos (con la mano izquierda, porque con la derecha deben sujetar los martillos): «El diablo tiene mucho miedo a los niños».
            El diablo comandante de la legión aparece directamente sobre los cuadernos, en forma de dibujito. Un dibujito raro, que guiña el ojo, suelta olor a azufre y produce un silbido ensordecedor. Después sale del dibujito y es un diablazo de tres metros de alto, ancho como un sofá, que con una mano agarra a Mirko, con la otra a Marco y aún le queda la cola para privarlos de sus martillos.
            —Maleducado —dicen por turno los dos gemelos—. No se entra en las casas ajenas sin pedir permiso. Se lo diremos a nuestro papá.
            El diablazo los mantiene alzados ante su nariz para observarlos a sus anchas.
            —Tiene los ojos rojos —dice Marco—, no le vendría mal un poco de colirio.
            —Si quiere —remacha Mirko—, puedo aconsejarle un buen desodorante. Aunque quizá bastase con que se duchara un poco más a menudo. Apesta a chamusquina, ¿sabe?
            El diablazo se carcajea:
            —Bla-bla-bla, ya veremos si tenéis aún consejos que darme cuando os haya asado a fuego lento.
            En ese momento se oye un ruido de llave en la cerradura. La puerta se abre y una voz cavernosa dice:
            —Bu-bu, tururú.
            El diablazo se espanta y deja caer a Marco, Mirko y los dos martillos.
            ¿Quién será, quién no será? Es la señora De Magistris, una solícita vecina de la casa a la cual los padres de Marco y Mirko, cuando se ausentan, encomiendan sus tesoros. Viene a comprobar si necesitan algo, si han roto demasiados platos, si han derruido algún armario empotrado.
            La señora De Magistris ve al diablo escondido detrás del sofá y va por la escoba:
            —¿Quién es usted? ¡Salga inmediatamente de ahí!
            El diablo, cuando ve la escoba, se alegra una barbaridad, pensando que la señora De Magistris es una bruja. Sale al descubierto y trata de recobrar el terreno perdido, pero los dos martillos no le dan oportunidad: el del mango blanco lo golpea en la cola, el del mango negro lo golpea en los cuernos, sin piedad.
            —Señora —ruega el diablo entre una mueca y otra—, ¡hágales que se estén quietos de una vez!
            —Vamos, vamos —dice la señora De Magistris—, dejad en paz a ese pobre diablo. Veo que no tiene malas intenciones. No hay que tratar así a los pobrecillos que piden limosna, sino darles las sobras de la comida y a lo mejor una moneda falsa, para que se puedan hacer ilusiones.
            —Muy bien, señora —dice el diablo—, bien dicho.
            Marco y Mirko le conceden una tregua, que el diablo aprovecha para desaparecer. La señora De Magistris ni siquiera se da cuenta, porque ha ido a la cocina en busca de restos. Vuelve con un plato de pulmón picado, que es la comida del gato, pero no ha encontrado otra cosa.
            —¿Se ha marchado? ¿Lo habéis hecho huir? A mí me parecía un buen diablo. Bueno, paciencia. Venid aquí ahora, que para que se os pase el susto os contaré la historia de Caperucita Roja.
            Marco y Mirko palidecen. Un temblor de espanto los atraviesa como una sacudida eléctrica.
            —No —se rebelan—. ¡Por favor, no! ¡Caperucita Roja, no!
            —Pero ¿por qué? —dice la señora De Magistris—. ¡Si es un cuento precioso! A mí me gustaba mucho, cuando era pequeña. Conque: Érase una vez una linda niña…
            Marco y Mirko se aprietan uno contra otro para darse valor. Es la centésima vez que escuchan el cuento de Caperucita Roja, pero cada vez es como la primera. E incluso peor. Porque la primera vez no sabían que en cierto momento entraría en escena el lobo feroz… Ahora lo saben… Saben concretamente en qué momento hará su terrorífica aparición… Se asustan sólo de pensarlo. Tiemblan en la espera. En resumen, tienen un canguelo del diablo…
            La señora De Magistris avanza inexorable. Caperucita Roja se despide de su mamá… Echa a andar dando brincos… Entra en el negro bosque… Y he aquí que de detrás de una mata… Ya está: es el lobo feroz. Marco y Mirko se esconden bajo el sofá, entrechocando los dientes e implorando misericordia. Se abrazan muy fuerte y contienen la respiración. Sus martillos yacen en el suelo como objetos olvidados al margen de la historia.
            —¡Basta! ¡Basta! —imploran.
            Pero la señora De Magistris no los oye, porque escucha sólo su propia voz; y no los ve, porque está avanzando diligentemente en su labor de ganchillo. Y así la encuentran don Augusto y doña Emenda, al regresar a casa después de una intensa jornada de giros y letras de cambio. Al principio no ven a sus hijitos, sino sólo sus zapatos: el resto queda oculto bajo el sofá…
            —¡Queridos diablillos! —dice con ternura doña Emenda.
            —¡Salid, miedosos! —exclama festivamente don Augusto.
            Marco y Mirko se precipitan. Están a salvo, agarrados con fuerza a la minifalda de su mamá, que sonríe mucho y dice: «¡Aquí están mis martillos!».


 ¡Clonc! ¡Scrash! Llegan los marcianos

 

 

            Una buena mañana llegan los marcianos. Primero vuelan sobre Roma con sus platillos de plata, difundiendo, en señal de amistad, una docena de madrigales de Gesualdo de Venosa, entre ellos Caro, amoroso neo y Gelo ha Madonna in seno (letra de Torcuato Tasso), alternados con canciones populares y del hampa, como A tocchi a tocchi la campana sona. Cuando piensan que ya se han ganado una festiva acogida, aterrizan en el Circo Máximo, donde hay más sitio que en la Plaza de España y adonde acude enseguida el Subjefe de policía Fiorillo, al mando de siete mil camionetas.
            Los platillos son tres. Y tres marcianos sacan la cabeza por las cupulitas. Son de un precioso verde primavera y tienen antenas en la frente, exactamente igual que la gente se los imagina. Pero no es cierto que sean bajitos: al contrario, miden tres metros y medio de alto. Visten túnicas amarillas, adornadas con bordados folklóricos bastante parecidos a los que se usaban en Calabria el siglo pasado. Rarezas del cosmos. Uno de los marcianos, al aparecer, se golpea la cabeza en la tapa de la cúpula. De inmediato sale de su cabeza una nubecita con la inscripción: «¡Clonc!».
            —Ésa debe de ser su bandera —comenta el sargento Mentillo.
            —¿Y eso otro, qué es? —pregunta bajo sus bigotes el comisario Fiorillo.
            En efecto, de la cabeza del marciano ha salido otra nubecita, en la que está escrito: «¡Aag!».
            —Ah, claro —comenta un chaval que, no se sabe cómo, se ha colado entre las siete mil camionetas.
            —Claro, ¿en qué sentido? —se escama Mentillo.
            —También el Pato Donald, cuando el tío Gilito le da un papirotazo en la chola dice: «¡Aag!».
            —¡Ea!, vete a la escuela —ordena el señor Fiorillo al chaval.
            —No puedo —responde el chaval—. Tengo turno de tarde.
            Mientras tanto los tres marcianos, para acentuar la sensación de paz y concordia, se ponen a aplaudir. Y también de sus manos salen nubecitas sumamente elegantes, con letreros, todos en letras de molde: «¡Clapp! ¡Clapp!».
            Después uno de los tres, el que se ha dado el cabezazo, hace señas de que quiere hablar. De su antena derecha sale una nubecita en la que los presentes leen, unos de corrido y otros silabeando, las siguientes palabras: «¡Salud! Como veis, somos marcianos, y hemos venido con intenciones cariñosas. Conque presentémonos. Yo soy el comandante AB 17».
            Cuando todos han acabado de leer, la nubecita desaparece. Pero es raro: la voz del marciano no se ha oído.
            —Buenos días —responde al fin el comisario—. Yo soy el señor Fiorillo.
            Tres nubecitas aparecen sobre las tres cabezas marcianas: «¿Qué ha dicho usted?».
            —Que soy el señor Fiorillo, en representación del señor Jefe de Policía.
            Los marcianos se consultan rápidamente, mientras en sus nubecitas se lee: «Hummm… Hummm…».
            —Pero ¿qué hacen? —pregunta el sargento Mentillo.
            —¿Es que no lo ve? —replica el chaval—. Están reflexionando. También Pato Donald…
            —Oye… —comienza el señor Fiorillo.
            Pero no puede terminar su declaración porque los marcianos están dando golpecitos con las manos en sus platillos para atraer su atención. De los puntos donde las manos han tocado el metal salen numerosas nubecitas, que llevan escrito: «¡Tlank! ¡Tap! ¡Tap! ¡Tump!».
            «En resumen —dicen ahora las nubecitas de los marcianos— ¿por qué no contestáis? Os creíamos más amables… ¡Glub!».
            —Maldita sea, dice el señor Fiorillo, en representación del Jefe de Policía.
            Las nubecitas insisten: «No vemos vuestras nubecitas… ¡Blep!».
            —Están un poco deprimidos —observa el chaval—, pues si no habrían dicho «Brrr» o «¡Augh!».
            El señor Fiorillo reflexiona sobre el extraño mensaje:
            —¿Nuestras nubecitas? Ya verás cómo…
            De repente su inteligencia deductiva, ejercitada en años de investigaciones sobre toda clase de delitos, le hace vislumbrar la verdad: los marcianos hablan en plan tebeo y entienden sólo los tebeos…
            El comisario pide un trozo de papel, recorta una nubecita en la que escribe: «Esperad un momento». Y se la acerca a la boca. De las astronaves le responde un festivo brotar de nubecitas en las que los agentes de las siete mil camionetas, los cien mil romanos que se han congregado en el paraje y el chaval ya varias veces citado, leen, algunos mentalmente, otros produciendo un difuso retumbar de trueno:
            —¡Por fin!
            —¡Clapp! ¡Clapp!
            —Os habéis decidido a hablar.
            —¡Ulp!
            —¡Clinc!
            —¡Yupiii!
            De una de las nubecitas sale la cabeza de un perrito marciano, también con sus antenitas, también con su letrero, que ladra de gozo:
            —¡Yap! ¡Yap! ¡Yark!
            Mientras tanto han llegado los expertos de la policía científica, el ministro de Comunicaciones y el de Transportes, algunos profesores universitarios, una docena de monseñores, ciento veintiocho periodistas, un alcalde, un señor que no es mida pero consigue colarse entre las autoridades porque tiene una perilla muy autorizada. Buscan desesperadamente a alguien que sepa hablar en tebeo, pero no lo encuentran.
            —Lástima —dice el profesor De Mauris, catedrático de lingüística y tañedor de instrumentos de percusión—. La lengua de los tebeos yo la leo y la escribo, pero no la hablo. Qué quieren ustedes, en nuestras escuelas, en la hora de lenguas extranjeras, se hacen muchos ejercicios de gramática, pero casi nunca conversación.
            —Es cierto, es cierto —aprueban los presentes—. También yo leo inglés, pero no lo hablo… Yo escribo el cabardino-balcárico, pero no lo leo… Yo tengo buenos conocimientos literarios del suahili, pero no lo entiendo…
            Hay que resignarse a comunicar con carteles. Llega un agente, a quien el señor Fiorillo ha mandado a la papelería a comprar cincuenta kilos de cartulina blanca y diez pares de tijeras. Todos trabajan recortando nubecitas. Un guionista de cine, especialmente bueno en los diálogos, está preparado con el pincel. Así, de golpe y porrazo, acaban enterándose de que se trata de un deplorable equívoco espacial. Los marcianos habían recibido de un agente secreto, enviado a la Tierra en 1939, algunos ejemplares de un tebeo y se habían hecho la idea de que los terrestres hablaban con nubecitas…
            —¡Si supierais qué trabajo —cuentan— aprender a hablar así! Y todo para nada. ¡Ufff!
            El señor Fiorillo, por medio de un cartel, pregunta si también ellos tienen voz. Por toda respuesta los tres marcianos se ponen a cantar el himno marciano: una cosa del tipo de la polifonía barroca, algo así como el Magnificat de Bach. Los romanos aplauden. Por desgracia se oye el ruido de los aplausos, pero de los miles de manos que golpean una contra otra no sale ni la sombra de una nubecita.
            —No lo sabemos hacer… —comenta tristemente el chaval.
            De repente se ve al perrito de los marcianos que hace:
            —¡Sniff! ¡Sniff!
            —Ha olido algo —dice el sargento Mentillo, que en sus ratos perdidos lee cómics prohibidos para menores de dieciocho años.
            Un perrito terrestre, deslizándose entre millares de zapatos, ha llegado justamente bajo las astronaves y ladra con gran estruendo.
            —¡Guau! ¡Guau! —responde la nubecita del perro marciano.
            El perrito queda perplejo un momento, porque no se lo esperaba. Después, también de su hocico sale como una bocanada de vapor blanco en el que aparecen algunas letras temblonas:
            —¡Grrr! ¡Grrr!
            —Está furioso —traduce el profesor De Mauris a monseñor Celestini.
            —¡Yap! ¡Yap! —insiste amistosamente el marciano.
            El perrito de por aquí se deja finalmente convencer y responde a tono:
            —¡Yap! ¡Yap!
            —«Yap, yap» significa «Bau Bau» —traduce el profesor De Mauris a los periodistas que toman notas.
            —¿En marciano?
            —¡No!… En tebeano. En marciano, si mis informaciones son exactas, «Bau Bau» se dice «Krk Krk».
            Entre los dos gozques se establece una apretada conversación de nubecitas. El chaval de antes y otros dieciocho mil chavales, que se han colado entre las piernas de las fuerzas del orden, se divierten tanto que estallan en carcajadas. Pero no en italiano, sino también ellos en tebeano. Sobre sus cabezas crepitan alegremente minúsculos cirros, nimbos, cúmulos y estrato-cúmulos, en los que todos (salvo los analfabetos) leen: «¡Yuk! ¡Yuk! ¡Oh! ¡Ja!».
            Una niña emite por error también un par de «¡Ulk!», pero se corrige enseguida, porque ésa es la exclamación típica de quien está a punto de perder el equilibrio y caer en una sima; pero en el Circo Máximo no hay simas.
            El señor Piorillo reflexiona en representación del Jefe de Policía: «Estos marcianos nos están corrompiendo a los niños…».
            Y no se da cuenta de que también de su sombrero está saliendo un nubarrón de temporal, en el cual los presentes, con sumo asombro, leen: «¡Hummm! ¡Hummm!».
            El sargento Mentillo, entusiasmado con la habilidad de su superior, quisiera gritarle «¡Muy bien!», pero no consigue poner en movimiento sus cuerdas vocales. De la nariz, en cambio, le sale un cirro en forma de cuña, con el letrero: «¡Snap! ¡Snap!».
            La escasa práctica le ha hecho confundir la expresión «Muy bien» con el típico ruido de una persona que hace restallar los dedos (adviértase, empero, que ¡Snap! es también el ruido producido por una cinta metálica que se aplasta, como bien dice Giochino Porte en su diccionario del tebeo). Pero aprenderá, aprenderá. Todos están aprendiendo, sin el menor esfuerzo, a producir formaciones nubosas ilustradas con letras del alfabeto. El profesor De Mauris es tan experto que cuando se le suelta un botón consigue hacer salir de la chaqueta la adecuada nubecita, que dice, sin equivocarse: «Clic».
            —Debe de ser un caso de sugestión colectiva —observa monseñor Celestini, emitiendo, por razón de su oficio, una nube en forma de aureola.
            Un gran silencio ha caído sobre el Circo Máximo en los últimos instantes. Todos hablan en tebeo. Incluso los que leen los letreros de los otros no los leen ya en voz alta, sino con otro letrero. Las siete mil camionetas, que de acuerdo con las órdenes recibidas habían mantenido los motores en marcha, dejan salir de los capós y por los escapes blancas nubecitas en las cuales se lee: «Rroooarr… Rroooarr…», que es, precisamente, y sin que quepa la menor duda, el ruido del motor encendido de un coche parado. Ya se sabe que si el coche viajase a ciento noventa por hora haría en cambio: «¡Vrooommm!».
            —Ahora podemos hablar —tebean los marcianos.
            —Decid la verdad —responde con una nubecita el comisario Fiorillo—. Habéis usado algún gas para paralizarnos las cuerdas vocales.
            —¡Qué gas ni qué ocho cuartos! —replican, hube a nube, los marcianos—. Teníais el tebeano en la punta de la lengua, esperando para salir.
            Así, una nube tras otra, empiezan las negociaciones pacíficas. Los marcianos y las autoridades se trasladan a la Real Academia. Los platillos volantes quedan a cargo de un abrecoches furtivo, oriundo de Castellammare de Stabbia. La muchedumbre se dispersa tebeando y llevando el contagio de casa en casa, hasta el Tibunino Terzo y Casalotti. Los timbres aprenden rápidamente a hacer «¡Ring!», las locomotoras a toda marcha a arrastrar un nubarrón volante que dice «¡Fiuuuuuu!», en los bares de vía Véneto el seltz, al salir del sifón, hace su buen «¡Frrr!» y los chavales que ven ante sus narices la consabida sopa emiten, en señal de disgusto, un elocuente «¡Puaff!», sin olvidar los signos de exclamación. Así se ganan un buen par de bofetadas en tebeo: «¡Chaf! ¡Chaf!».
            Por supuesto, el gobierno aprovecha inmediatamente para declarar el tebeano «lengua de Estado» y abolir la libertad de palabra. Los pocos que quieren seguir hablando con palabras, en vez de con letreros, deben reunirse por la noche en los sótanos y hablar en voz baja, pues si no los detienen por «escándalo nocturno».
            Parecía muy bonito y cómodo que los huevos, al romperse en el borde de la sartén, produjeran sólo una bolita con «Splif» o «Scrash», según fueran del día o conservados. Pero luego se ha visto que es un rollo.
            ¿Cuántos son los que insisten en querer hablar haciendo ruido, en vez de humo? No se sabe. Pero esperemos que muchos.


 Los misterios de Venecia
 o
 Por qué a las palomas
 no les gusta la naranjada

 

 

            El señor Martinis, joven experto publicitario muy prometedor, va a Venecia con un cargamento de cebo para palomas, disfrazado de baldosas del suelo, y con un encargo secreto de su empresa, productora de la naranjada Frinz. Él piensa, justamente: «Antes de que Venecia sea tragada y digerida por la laguna, utilicémosla aunque sólo sea para anunciar un producto tan útil, particularmente recomendado a los niños, a las personas ancianas y a los arzobispos».
            El señor Martinis, cierta mañana, hará esparcir el cebo por la plaza de San Marcos, pero no sin ton ni son ni a tontas y a locas, sino según un plan prefijado: cuando las palomas, atraídas por esa golosina, se posen en la plaza, formarán un letrero de ochenta y cuatro metros de largo, que dirá: «¡BEBED FRINZ!». Tal letrero será fotografiado por el señor Martinis, que volará personalmente sobre él en helicóptero. La fotografía se publicará en los periódicos de todo el mundo y la gente dirá, en muchas lenguas:
            —¡Ah! Por fin se hace algo por Venecia.
            Todo marcha de maravilla y sin siroco. El señor Martinis contrata en secreto a numerosos porteadores de cebo, haciéndoles jurar sobre la chapa de una botellita de naranjada que guardarán silencio hasta la tumba y aun amas allá:
            —Recordad —dice—, ni una palabra a vuestras mujeres, ni una sílaba al bacalao a la portuguesa, ni un suspiro al Puente de los Suspiros.
            La mañana fijada los porteadores esparcen el cebo por el pavimento de la plaza, el señor Martinis alza el vuelo con su helicóptero privado, las palomas bajan del campanario, de las cúpulas, de los tejados, de todas las alturas circundantes, se lanzan en picado y… nada. Vuelven a alzar el vuelo a toda prisa, farfullando frases incomprensibles, hacia sus elevadas residencias.
            —Pero ¿qué hacéis? —grita el señor Martinis—. ¿Qué bromas son éstas, insignificantes volátiles? Se trata de un cebo de excelente calidad, la firma Frinz os quiere mucho, ¡yo mismo he sido condecorado por la Protectora de Animales por haber salvado a una paloma a punto de ser devorada por un gato de angora!
            Las palomas ni siquiera lo oyen. Si lo oyen, no lo entienden. Si lo entienden, se hacen las tontas.
            El señor Martinis aterriza con el helicóptero en el centro de la plaza, provocando el desmayo de dos ancianas señoritas de Hamburgo. Se precipita a recoger un puñado de cebo, hunde la nariz en él, lo prueba con la punta de la lengua e inmediatamente se libra de él, escupiendo a este y oeste.
            —¡Traición! —exclama—. El cebo apesta fuertemente a felibilina, la ingeniosa sustancia estudiada adrede para alejar a las palomas, pues les produce espantosas pesadillas, durante las cuales se sienten rodeadas por miles de gatos hambrientos. Pero ¿quién puede haber envenenado mi cebo con dicha sustancia?
            El señor Martinis congrega a los porteadores de cebo y pasa lista. Falta uno, llamado Bepi de Castello.
            —Ése es el traidor —concluye Martinis, juiciosamente.
            —¡To…! —protestan los porteadores—. ¿Bepi un traidor? No es cierto, han venido a buscarlo porque su abuela tiene el sarampión.
            —Es ya la tercera abuela que se le pone mala, ¡pobrecito!
            —¿Cómo, la tercera? —pregunta Martinis turulato.
            —Nosotros no sabernos —dicen los porteadores—, pero sabemos que a Bepi de Castello lo llaman también Bepi el de las Tres Abuelas.
            El señor Martinis nutre una ligera sospecha de que los porteadores le están dando gato por liebre, pero no replica. Mientras se da la vuelta para marcharse, nota entre la multitud un fulano que se ríe satánicamente… ¡Pero no es un fulano cualquiera! Es el señor Martonis, joven experto publicitario muy prometedor, que se encuentra en Venecia de incógnito para poner en práctica un fantástico proyecto: hacer escribir a las palomas en el pavimento de la plaza de San Marcos, atrayéndolas con apetitosos y abundantes cebos: «NO PIDÁIS UNA NARANJADA, ¡PEDID FRONZ! SE TOMA A CUALQUIER ALTITUD SOBRE EL NIVEL DEL MAR, SOLOS O ACOMPAÑADOS. MILITARES A MITAD DE PRECIO».
            Calcula que para formar el letrero se necesitarán cien quintales de cebo y treinta y nueve mil ochocientas noventa palomas.
            —¿Eres tú, Martinis? —dice Martonis, fingiendo sorpresa, amabilidad y simpatía.
            —¿Eres tú, Martonis? —repite Martinis, con las mismas armas.
            Los dos rivales están frente a frente con la sonrisa en los labios y el bazooka bajo el impermeable.
            —Me encuentro en Venecia —explica Martonis— para admirar las obras maestras de Tintoretto en la Escuela de San Roque.
            Martinis no le cree, pero se deja Invitar de todos nodos a un aperitivo. Después corre a encargar más cebo para las palomas. A la mañana siguiente va a inspeccionar la plaza de San Marcos y ¿qué es lo que ve? ¡Los hombres de Martonis la están decorando con su cebo! A Martinis está a punto de darle un ataque de amigdalitis, pero se cura enseguida porque las palomas se comportan con la naranjada Fronz de la misma manera que con la naranjada Frinz: se lanzan en picado, olfatean un poco y vuelven a remontarse en desorden a los azules valles del aire de los que habían descendido con tanto apetito.
            ¡Sorpresa! También el cebo Fronz apesta a felibilina, la ingeniosa sustancia que apesta a gato y provoca pesadillas en las palomas.
            Martinis y Martonis se abrazan, unidos en el dolor.
            —Hemos sido traicionados ambos por terceras personas —exclaman entre sollozos—. Alguien odia imparcialmente a la naranjada Frinz y la naranjada Fronz.
            Los dos jóvenes expertos, tras haberse invitado recíprocamente a unos aperitivos para consolarse (aceitunas y patatas fritas son gratis), deciden desarrollar investigaciones comunes, para ahorrar en gastos generales. Sus sospechas recaen, por el momento, sobre Bepi de Castello. Lo van a buscar y lo encuentran en la posada de los Tres Moros bebiendo vino blanco, porque aún no es mediodía y él sólo bebe vino tinto por la tarde.
            —¿Cómo están sus abuelas? —le pregunta adecuadamente el señor Martinis.
            —Una tiene el sarampión, la otra está convaleciente y la tercera está ya totalmente restablecida, muchas gracias.
            —¿Cómo se las arregla para tener tres? —pregunta el señor Martonis, que no está al tanto.
            —No tiene importancia —responde Bepi de Castello—. Por lo demás, ya sé que ustedes están aquí para el asunto de las palomas. Pero yo no tengo nada que ver. Esta mañana he tenido que ir a la posada de Cannaregio a la inauguración oficial de una damajuana de Merlot.
            —¡Mentira! ¡El Merlot es tinto y usted por la mañana sólo bebe blanco!
            —He hecho una excepción a la regla. Aquí tienen el certificado del posadero… Y ahí las declaraciones firmadas de doce testigos… Éste es mi certificado de bautismo. ¿Se necesita algo más?
            Ante tantas pruebas de inocencia, Martinis y Martonis se halen en retirada. Vagan largamente sin meta de un puentecillo a otro, confiándose sus penas.
            —Después de semejante bochorno —suspira el señor Martinis— ¿cómo regresar a la empresa? Mejor cambiar de profesión. De pequeño soñaba con ser campanero: quizá ésta sea la ocasión.
            —Sí —aprueba el señor Martonis—, me parece una decisión excelente. Yo criaré cerdos salvajes.
            —¿Por qué salvajes?
            —Porque la comida se la buscan solos y propietario sólo le queda el simple trabajo de venderlos y embolsarse el dinero.
            Mientras hacen proyectos para el futura cae de nuevo la noche. La noche es así, no hace más que caer; hay que compadecerla.
            Entre tanto ha llegado el nuevo cargamento de cebo para palomas encargado por el señor Martinis tras su primer fracaso. Los descargadores ele cebo han amontonado los sacos en el sótano de costumbre, alquilado para la tarea.
            —¿Sabes lo que vamos a hacer? —pregunta el señor Martonis.
            —No, aún no me lo has dicho —responde Martinis.
            —Hagamos esto: nos escondemos en el sótano y vigilamos tus sacos, así cogeremos con las manos en la masa al envenenador de cebos.
            —Excelente idea, que quizá me permitirá rehabilitarme y ensalzar los méritos de la naranjada Frinz como se merecen.
            —¡Ya! ¿Y qué hacemos con la naranjada Fronz? ¡La idea fue mía!
            —¡Pero el cebo es mío!
            Deciden que echarán a suertes entre Frinz y Fronz, quien pierda, cambiará de oficio. Sacan una chapa Frinz y una chapa Fronz, extienden sobre ellas las manos y juran respetar lealmente el pacto. Después se ocultan en el rincón más oscuro del sótano, causando notables molestias a una cucaracha que se ve obligada a mudarse con toda su familia.
            La oscuridad no es tan completa como dicen, algo de claridad penetra por un ventanuco que da a un canal; se ve pasar una góndola con su gondolero, se ve pasar un gato en equilibrio sobre el parapeto, a un palmo del agua negra y gravemente contaminada. Pasa otro gato. El tercero, en vez de pasar, entra en el sótano, se da un paseíto entre los sacos y se marcha. Llega otro gato y repite punto por punto sus movimientos. Llega un gato más, llegan dos, llegan siete juntos… Pasan revista a los sacos, los olfatean, se acurrucan sobre ellos unos minutos y se van.
            —Ya he contado veintinueve —susurra el señor Martinis—, y aún no he entendido qué se traen entre manos.
            —No lo has entendido porque estás resfriado dice el señor Martonis.
            —¿Qué tiene que ver el olfato con el intelecto?
            —Ciertas ideas, querido colega, entran por la nariz. ¿Sabes lo que te digo?
            —Dímelo, y después te diré si lo sé o no lo sé.
            —Esos gatos vienen aquí dentro sólo para hacer pis. ¿Has comprendido ahora que dos y dos son cuatro? Este sótano es su retrete. Lo hacen aquí para no contaminar aún más las aguas de la laguna. Al parecer los gatos venecianos tienen una exquisita conciencia ecológica.
            —Pero, entonces…
            —Exactamente eso. Nada de felibilina. Ningún sabotaje. Han sido los gatos los que imprimieron a nuestro cebo (el mío estaba en un sótano igual que éste) el hedor que ha asustado a las palomas y que nosotros henos tomado por un ingenioso hallazgo de la química moderna. Vámonos, lo que había que oler aquí dentro ya lo hemos olido.
            Los dos expertos vuelven a la luz. Se alza el alba, que es estupenda alzándose… No ha fallado ni una sola vez desde que el mundo existe.
            Martinis y Martonis van a dar una vuelta por la plaza de San Marcos para respirar un poco de smog. Los para una vieja al pasar:
            —¿Quieren dar de comer a las palomas, señores? Cien liras el cartucho.
            —¿Cómo ya de pie, abuela? Hay pocos turistas por aquí, a estas horas.
            —¿Qué quieren, señores? A mi edad se duerme poco. Yo trabajo también de noche, saben.
            —¿De verdad, de verdad?
            —Sí, benditos míos, por la noche doy de comer a los gatos. Hay tantos gatos en Venecia, ¿saben? Y me conocen casi todos, ya ven. Y yo los quiero mucho, les hablo.
            —¿Y ellos la entienden?
            —Lo entienden todo, señores. Todito, benditos míos. Y yo les recomiendo que no se peleen, la higiene, la limpieza, y muchas cositas más, pobrecitos. Entonces, señores, ¿quieren la comida? Les doy tres cartuchos por doscientas liras; a quien me compra cinco cartuchos le doy también puntos-regalo, con diez mil puntos-regalo se tiene derecho a un gato.
            Los señores Martinis y Martonis compran tres cartuchos por cabeza. Miran a la vieja, la remiran, la estudian cono si fuese una asignatura de la escuela, digamos la geografía. Martinis tiene una sospecha.
            —¿Cómo se llama usted, buena mujer?
            —¿Yo? Yo soy la abuela de Bepi de Castello.
            —Ah…
            —¿La primera o la segunda? —pregunta a su vez el señor Martonis.
            —La tercera, bendito mío.
            —¿Y cómo es eso?
            —Verán, la primera es la madre de su madre, la segunda es la madre de su padre. Y yo soy la abuela de su mujer. Soy una abuela política, ¿entienden? Ay, qué quieren, señores, se hace lo que se puede…
            Martinis y Martonis la miran con creciente desconfianza. Así miraron los jueces de la Serenísima, antaño, al pobre Fornaretto.[6] Así los inquisidores traspasaron con la mirada a las pobres brujas de otros tiempos. Pero la viejecita, embolsándose sus cuartos, se aleja por sus canales.
            En torno a su cabeza revolotean cientos de palomas.
            Tras sus faldas caminan en fila, con la cola tiesa, cientos de gatos, con miles de patas de terciopelo.
            Martinis y Martonis se quedan un buen rato con la boca abierta. Después, por fin, con un invitador estruendo de persianas metálicas, se abre el primer café.


 El mundo en lata

 

 

            La familia Zerbini, que ha estado de picnic en los montes de la Tolfa, se prepara para regresar a la ciudad, a la calle Civitavecchia. El señor Zerbini, que es amante de la naturaleza y del orden, recomienda a los otros Zerbini (su mujer Ottavia, sus hijos Angelo y Fiero, su hija Rosella con su novio Fierluigi) que no dejen papeles por ahí:
            —Colocadlos bien. No todos en montón, como de costumbre. Mirad aquella nata, no habéis puesto ni un vaso de cartón. Vamos, vanos, que cada planta reciba lo suyo. No seamos parciales. Las servilletas sucias allí, bajo aquella encina. Las botellas vacías bajo aquel castaño. Así, ¡oh, qué bonito!
            Las botellas vacías son tres: una de cerveza, una de naranjada y la tercera de agua mineral. A los pies del castaño forman un delicioso grupo. Angelo y Fiero querrían jugar un poco al tiro al blanco con piedras, pero por desgracia no queda tiempo, hay que meterse en el coche sin olvidar el transistor, saludar a los bosques con un alegre trompetazo y partir hacia la urbe.
            Ya van, ya van. Cuando están a la mitad de la bajada de Allumiere, los hijos Angelo y Fiero, apostados tras la luneta posterior para hacer muecas a los automovilistas que vienen detrás, notan que el casco desechable de la cerveza no ha sido desechado en absoluto, sino que trota hábilmente por el asfalto, a unos centímetros del parachoques.
            —Mira, papá —exclaman fraternalmente los dos hermanos—, la botella de cerveza viene detrás de nosotros.
            —Miraré yo —dice doña Ottavia a su marido—. Tú ocúpate de conducir.
            Mira y ve que el casco de la naranjada y el del agua mineral se han unido al de la cerveza para formar un trío saltarín y bailoteante, con claras intenciones de no perder el contacto.
            —Exactamente igual que tres perritos —observa la señorita Rosella, con la aprobación de su novio.
            —Venga, papá —exhortan Angelo y Pie-ro—, acelera, así los dejamos atrás.
            Pero el señor Zerbini no puede acelerar, porque delante de su coche hay otro, y también detrás de ese coche corre repiqueteando por la carretera una botella de cerveza. No sola, sin embargo, sino acompañada por un bote de carne en lata y uno de melocotones en almíbar. Vacíos, claro. Y también detrás del coche de gran cilindrada que en este momento adelanta al modesto utilitario de los Zerbini, con un resoplido de desprecio, brincan a la carrera, saltan y ruedan, rebotan y resbalan otros envases vacíos, entre ellos una botella de Ciró, tres gaseosas, dos latas de sardinas, una latita de caviar, una docena de platos de papel plastificado, etcétera. Estos objetos producen una discreta charanga, un conciertito de instrumentos de percusión más que apreciable.
            —Ya veis —concluye el señor Zerbinique les sucede a todos. Un pinchazo habría sido mucho peor.
            Avanza ahora, por la vía Aurelia, un largo cortejo de coches, cada uno con sus envases de vidrio, de lata, de plástico a la cola; cada objeto con su especial repiqueteo, con su ritmo personal, avanzando a pequeñísimos pasos o a grandes saltos, con fuertes bandazos en las curvas. En conjunto, un espectáculo que da alegría. El señor Zerbini se acuerda de que de niño ha tocado los platillos en la «banda del follón», la misma en que su tío, antes que él, había tocado el cubo de la basura y el tubo de la estufa. Angelo y Fiero, ahora, recomiendan a su padre que afloje la marcha para verse adelantar por veloces bólidos seguidos por garrafas con funda de paja, elegantísimas en la carrera, por relucientes bidones de cinco y diez litros y por todo tipo de recipientes dignos de observación.
            Alguna complicación a la llegada, en el umbral del ascensor. Las tres botellas vacías pertenecientes a la familia Zerbini se meten las primeras en la cabina, sin ceder el paso a doña Ottavia; no se están quietas un segundo, magullan los pies de los chiquillos, rompen los leotardos de Rosella, fastidian al joven Pierluigi hurgándole en las vueltas de los pantalones. Está ya claro que los cascos no se consideran satisfechos con el paseo. Entran en casa, corretean por el pasillo, saltan a las camas.
            La botella de cerveza se acuesta bajo el almohadón del señor Zerbini. La de naranjada se mete bajo la alfombra de doña Ottavia. La del agua mineral se tumba en el bidé. Hay gustos para todo.
            Los niños se están divirtiendo. Los adultos, un poco menos. Rosella se consuela en parte con el telefonazo de las buenas noches de su Pierluigi, que le cuenta:
            —¿Sabes? En mi cama hay una lata vacía de tomates pelados. ¡Y pensar que yo la pasta la tomo siempre sin salsa!
            Por lo demás, latas y botellas, al parecer, se duermen pronto. Duermen sin dar patadas, sueñan sin roncar. En suma, allí, no molestan nada. Por la mañana van al cuarto de baño antes que nadie y lo dejan todo en orden. Mayores y pequeños salen; unos van a la escuela, otros al trabajo; doña Ottavia se va al mercado. Los envases se quedan en casa. Ahora son cuatro, porque del cubo de la basura ha saltado una lata de café molido, aún con su etiqueta, y se está aseando en el fregadero. Hace mucho ruido, pero no rompe nada.
            «Por la cuenta que me tiene —piensa doña Ottavia— hoy no debo comprar latas nuevas».
            Por el camino, de vez en cuando, encuentra un envase que va a sus asuntos, teniendo buen cuidado de cruzar con el verde. Se ve un señor que mete una caja de cartón, de esas de zapatos, en la papelera municipal colgada de un farol, a la altura justa. En cuanto el señor da media vuelta, la caja salta al suelo y —«toc, toc, toc»— se pega a sus talones. Se oyen suspiros de alivio. Menos mal, no hay privilegios para nadie.
            A la hora de comer, en casa de los Zerbini, las tres botellas y el bote de café se quedan en el balcón tomando el aire.
            —Pero ¿qué intenciones tendrán? —pregunta doña Ottavia.
            —En mi opinión, de momento piensan en engordar.
            —¿Qué significa eso?
            —Míralo tú misma, la botellita de cerveza se ha convertido ya en un botellón de dos litros. ¿De cuánto era el bote de café?
            —De medio kilo.
            —Eso es. Ahora es de cinco kilos, como poco.
            —¿Con qué se alimentan? —preguntan Angelo y Piero, que tienen intereses científicos.
            —Están vacíos, se alimentarán del vacío, me imagino.
            Los periódicos de la tarde le dan la razón al señor Zerbini. Recogen una declaración del profesor Envasino, experto en contenedores, embalajes y afines, profesor de Tarrología en el Politécnico, que dice:
            —Se trata de un fenómeno normalísimo. A causa de un efecto que no conocemos, y que por eso llamamos «efecto Equis», los envases manifiestan una tendencia a volverse cada vez más vacíos. Para estar más vacíos deben ser más grandes, ¿está claro? Será muy interesante, ahora, ver si al final estallan o no.
            —¡Piedad! —exclama doña Ottavia, observando la botella de agua mineral que se ha venido a colocar junto a su silla para leer el periódico por encima de su hombro—. Si estalla, ¡romperá el espejo del aparador!
            La botella, después de la cena, es ya tan alta como la nevera. Las otras dos, más o menos. El bote del café es tan grande como un armario y llena a medias la habitación de los niños, donde ha ido a fisgonear.
            —El profesor, aquí, dice que el fenómeno es normalísimo —explica el señor Zerbini—. No es un fenómeno fenomenal, ¿entiendes? Claro que tú no entiendes nada de fenomenología.
            —Yo no entiendo nada, claro —replica doña Ottavia—. Pues tú que entiendes, dime dónde vamos a dormir esta noche.
            Diciendo esto, doña Ottavia guía a su marido para que compruebe que su cama está ocupada ya por la botella de naranjada y por la de cerveza; dos lindas montañitas abultan bajo las mantas, dos cuellos sin cabeza, o sea sin tapón, descansan dulcemente en los almohadones.
            —No hay problema, no hay problema —dice el cabeza de familia—, donde caben dos, caben cuatro. No debemos ser tan egoístas.
            En el curso de una semana el bote de café se ha vuelto tan grande que ocupa casi toda la habitación de los niños. La única solución es colocar las camas dentro del bote, con sus lindas mesillas de noche. Angelo y Piero se divierten un buen rato y juegan a ser judías en lata. En la habitación de Rosella ha crecido un tubo de crema antiacné que puede contener el sofá cama, el tocador, la colección de la «Pinacoteca de los Genios», tres macetitas de cactus, el manifiesto de los Beatles, el tocadiscos, las zapatillas orientales que su novio le ha traído de Sarajevo, el gran cesto donde la muchacha conserva sus muñecas y, cuando está, el gato. El botellón de agua mineral, en la cocina, ha tenido el sentido común de crecer a lo largo, fuera de la ventana, por la que asoma ahora como una boca de cañón. Por muchas ventanas de la vecindad asoman otros muchos cañones de vidrio, por lo que nadie se asombra.
            En la cama de los señores de Zerbini las botellas que la han ocupado crecen en posición horizontal, sin molestar en lo más mínimo en el sentido del movimiento. La cosa tiene sus ventajas, para acostarse los dos excelentes cónyuges no tienen sino que meterse dentro de las botellas. La señora en la de naranjada, porque no puede soportar el olor de la cerveza. Es muy bonito verlos dormir en botella, como tranquilos veleros fabricados por viejos lobos de mar o, con infinita paciencia, por solitarios presidiarios. Es decir, sería bonito verlos, pero no se ven porque la luz está apagada.
            En todas las casas de la ciudad sucede lo mismo. La gente aprende rápidamente a entrar y salir de las botellas, de los tarritos de mermelada, de las cajas de congelados. Los abogados reciben a sus clientes sentados dentro de una caja de zapatos o de una funda de libros. Cada familia tiene sus envases, cada envase su familia. Vivir en lata no presenta inconvenientes.
            Los envases que no encuentran sitio en un piso, dada la escasez de viviendas, se disponen en las plazas, en las calles, en los jardines, en las colinas de los alrededores. Una lata de filetes de caballa contiene ahora el monumento a Garibaldi. La tapa, enrollada en toda regla en torno al abrelatas incorporado, obstaculiza un poco el tráfico, pero el Ayuntamiento, siempre solícito, ha mandado construir encima un delicioso puentecillo de madera, por el que los coches trepan con facilidad. Rosella y su novio se encuentran, ahora, en un bote de setas en aceite que contiene un banquito verde. Para soñar, todos los sitios son buenos. El olor de las setas no es desagradable.
            Pero ¿quién nos manda, ahora, ocuparnos de las pequeñas vicisitudes de la familia Zerbini, tan iguales a las de otras cien mil familias? Muy distintas metas se está proponiendo el poder de las cajas. Una mañana, una gran caja de pasta Mambretti («Si no son Mambretti, ni parecen spaghetti») engulle el Coliseo de un solo bocado. Por la tarde de ese mismo día la cúpula de San Pedro desaparece dentro de un cilindro de lata en el cual se lee a simple vista, desde gran distancia: «Mermelada». Los periódicos dicen que en la clínica Santa Liberata doña Settimia Zerbotti ha dado a luz dos gemelos en lata; su marido, loco de felicidad, le ha regalado un abrelatas de oro. La televisión transmite en directo el enlatamiento del Cervino, de la Torre Eiffel y del castillo de Windsor. Estupendo, como siempre, en su comentario, Tito Stagno.
            Mientras tanto, un astrónomo del observatorio de Bochum, en Alemania, y un colega suyo del Monte Palomar, en América, intercambian en cifra noticias sobre un objeto singular que desde remotos espacios parece moverse en dirección al planeta Tierra.
            —¿Un cometa, profesor Box?
            —Yo no diría eso, profesor Schachtelmacher. No tiene cola.
            —Ya. Tiene una forma extrañísima… Se parece a…
            —¿A qué, profesor Schachtelmacher?
            —Bueno, eso es, profesor Box; a una caja… una cajaza…
            —Una supercaja, sí. Lo bastante grande para enlatar juntas a la Tierra y la Luna… ¡Caray!
            —A propósito, ¿recibió la caja de cigarros que le mandé?
            —Sí, gracias. Se duerme muy cómodamente en su interior. Y a usted, ¿le llegó mi tarrito de camarones?
            —¿Cómo no? Tengo en él la librería y el equipo estereofónico.
            —Entonces buenas noches, profesor Schachtelmacher.
            —Buenas noches, profesor Box.


 El jardín del comendador

 

 

            El comendador Mambretti, propietario de una fábrica de accesorios para sacacorchos, del cual hemos hablado ya más veces, se ha hecho un bonito jardín, con su zona de huerto. El jardinero se llama Fortunino.
            —Qué nombre tan raro le ha puesto su padre —observa el comendador Mambretti, en cuanto se entera.
            —En honor del maestro Verdi, comendador.
            —Pero ¿Verdi no se llamaba Giuseppe?
            —Sí, Giuseppe, pero también Fortunino de segundo. Y de tercero, Francesco.
            —Está bien, está bien —dice el comendador Mambretti—. Hablemos de peras. Mañana vienen a comer conmigo el comendador Mambrini y el comendador Mambrillo y quiero que prueben las peras de mi huerto. Mándenos una buena bandeja de peras a la mesa.
            Fortunino palidece:
            —Comendador, no estamos precisamente en temporada de peras.
            Mambretti lo mira con aire compasivo.
            —Veamos —dice—, el peral parece fuerte, sano.
            —Si es por eso, lo he tratado bien; abono, insecticida, poda, etcétera, todo con el mayor esmero.
            —Estupendo, así se ha creído que mi huerto era Jauja. Un par de palos de vez en cuando, ¿se los ha dado? ¿Le ha puesto un cuatro en el cuaderno de notas?
            —¿En qué cuaderno, comendador?
            —Ah, conque ni siquiera lleva usted un cuaderno de notas. Me imagino que está a favor de los sistemas modernos, me lo imagino. Querido Fortunino, con las plantas hace falta severidad. Disciplina, autoridad, ¿me explico? Fíjese en esto.
            El comendador Mambretti agarra un palo, se lo esconde a la espalda y se acerca al peral que, si pudiera, se pondría a cantar: «Veo huellas de pasos despiadados».
            —De modo que —dice Mambretti—, nos andamos con caprichos, ¿eh? Se nos han metido en la cabeza ideítas equivocadas, ¿no?
            —Pero —lo interrumpe Fortunino—, comendador…
            —¡Usted cállese! ¿Quién es aquí el dueño?
            —El comendador Mambretti.
            —Eso es, muy bien. Y como soy el dueño, ahora usaré el palo —y descarga unos garrotazos sobre el tronco del peral, que del susto pierde todas las flores.
            —Bastará con esto —dice el comendador Mambretti, tirando el palo para enjugarse el sudor de la frente—. Tampoco hay que exagerar. Una cosa justa. Ya verá mañana por la mañana, qué lindas peritas echará nuestro amigo.
            Al pobre Fortunino le gustaría replicar que ahora ese peral ya no dará fruta, ni mañana ni dentro de seis meses, porque ha perdido las flores. Pero como no es muy rápido para hablar, antes de que abra la boca, el comendador Mambretti ya ha entrado en la casa.
            —Paciencia —murmura Fortunino—, pero ¿qué ocurrirá mañana? Seguro que el comendador se enfadará y al peral le tocará otra ración de palos.
            Lo piensa todo el día y por fin se le ocurre una idea para salvar al inocente. Va a su casa, abre la hucha y corre a la ciudad, a una tienda de primicias que conoce, donde se encuentran peras en cualquier estación. Compra un par de kilos, espera a que oscurezca, regresa al jardín y cuelga de las ramas las hermosísimas peras, una a una, pero no al azar sino con orden y fantasía, porque la vista también cuenta; una fruta aquí, solitaria en su esplendor, allá una pareja de gemelas, en otra rama tres peras, dos más gruesas y una más pequeñita, que parecen una pacífica familia de paseo por la calle Mayor.
            Llega la mañana, viene el comendador a inspeccionar el jardín y se frota las manos de contento:
            —¿Ha visto? ¿Ha visto? Querido Fortunino, ahí tiene las más hermosas peras que se han mecido nunca en un árbol al sur de Verona y al norte de Pistoya. Y serán también las más ricas, porque son las peras del palo. Recójalas, lléveselas a mi mujer y recuerde que con los árboles no valen los modales delicados. Es preciso exigir obediencia ciega, rápida y absoluta. Y si no se portan como es debido, castigar. ¿Se ha enterado bien?
            El buen Fortunino se ruboriza y baja la cabeza. No puede decir la verdad; su boca se niega a decir mentiras. Mejor que se calle. Por lo demás, por hoy el comendador está satisfecho. Después ya veremos.
            Otra mañana el comendador Mambretti sale al jardín y quiere rosas.
            —De esas blancas —le dice a Fortunino— porque son para mi suegra, que se llama Blanca. ¿Capta el amable detalle?
            —Sí, comendador —responde el jardinero—, pero mire que las rosas blancas aún no han florecido.
            —¿Que no han florecido? ¿Cómo se atreven? ¿Saben o no saben que el dueño soy yo?
            —Ya ve, comendador…
            —No veo nada. No oigo nada. No quiero saber nada. Tráigame el látigo.
            —¿No querrá… azotar a esa pobrecita planta?
            —Qué pobrecita ni qué ocho cuartos. Es ya lo bastante grande para saber cuál es su deber. A los caracteres hay que doblegarlos de jóvenes. Quien ama, castiga. Démelo.
            —Oh, pobre de mí…
            —¿Y usted qué tiene que ver? No voy a azotarlo a usted, faltaría más. Quiero sólo demostrarle cómo se hace para convencer a las rosas de que florezcan cuando el dueño lo desea, no según se les pase por la cabeza, a capricho y desordenadamente.
            Mientras el comendador Mambretti azota al rosal, Fortunino se tapa los ojos. Ha oído decir: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero el corazón lo siente lo mismo.
            —Ya está. Verá qué buena floración, mañana por la mañana, en nuestra señorita. Hace falta energía. ¿Comprende, Fortunino? Pulso. Mano de hierro.
            Al quedarse solo, Fortunino consuela al rosal diciéndole muchas frases amables, seguro de que de algún modo él lo entenderá. Le pone también un par de aspirinas entre las raíces; a lo mejor se le pasa el escozor. Pero después estamos en las mismas.
            —¿Qué ocurrirá mañana? Lo malo es que ya no tiene otra hucha que romper. Debe a la fuerza ir por la bicicleta y correr junto a su cuñado a que le preste un billete de cinco mil.
            —Lo siento —le dice su cuñado Filippo—, esta misma mañana he pagado el plazo del televisor. Sólo me han quedado mil liras. Si te valen…
            —Gracias —dice Fortunino suspirando.
            Para reunir cinco mil liras tiene que visitar sucesivamente a su primo Riccardo, a su primo Radamés (así llamado en honor del maestro Giuseppe Verdi, autor de la ópera Aida), a su prima Benolina, que le da una conferencia sobre la úlcera de estómago, a su tía Benedetta, que lo interroga por extenso en torno a la diferencia entre un laxante normal y los supositorios de glicerina, a su tía Eneas (llamada así por error: su padre creía que Eneas era un nombre de mujer). Consigue llegar a tiempo al florista de la ciudad para comprar cinco rosas blancas de la riviera, pagando también el impuesto de lujo. Regresa por la noche al jardín, ata las rosas a la plantita y mientras tanto le susurra:
            —Esperemos que le basten a ese tipejo. Más no he podido comprarte; ya sabes lo que pasa con los precios en estos tiempos. También el comendador Mambretti ha subido los accesorios para sacacorchos.
            Pero al comendador Mambretti no le basta con cinco rosas.
            —¡Había dicho dos docenas!
            —No, no lo había dicho, señor comendador.
            —¿Qué pasa? ¿Se mete ahora usted a contarme las palabras en la boca, también? No saque los pies del plato. Y deme el látigo.
            —¡No, por favor! ¡El látigo no!
            —Pues sí, ¡el látigo!
            El comendador Mambretti va a buscar el látigo él mismo, y venga golpes al rosal. Después, ya puesto a ello, castiga a una tuya porque se ha vuelto toda amarilla por un lado, apalea a un ciprés porque tiene una rama torcida, le zurra a un pino porque ha hecho las piñas demasiado altas y no se llega a alcanzarlas ni siquiera con la escalera.
            —Y este sauce llorón, ¿por qué no llora? Y este abeto, ¿por qué ha quedado tan bajito? Y este cedro del Líbano, ¿se decide o no a dar fruta?
            —¡Basta, basta! —le suplica Fortunino con lágrimas en los ojos.
            —Basta, sí —chilla el comendador Mambretti—. ¡Basta de usted y del maestro Verdi! Queda despedido. Puede pasar por caja.
            Fortunino, ahora, llora en vez del sauce. Fatal, porque las lágrimas le impiden ver la caja, entra por equivocación en un montón de despachos y de todos lo echan.
            —Mañana —grita el comendador, dirigiéndose a los árboles, matas y flores del jardín—, volveré a veros; y ¡ay de vosotros si no habéis entrado en razón! Pero el cero en conducta no os lo quita nadie.
            Cae la tarde. Cae también la noche. (Cuando llega su momento, ni un minuto antes o después.)
            El jardín se esconde en la oscuridad y el silencio. Pero bajo tierra, donde las raíces se alargan y dan vueltas, se enmarañan y se confunden, trenzando en todos los sentidos sus ramificaciones, empujando los bulbos a distintas profundidades, nace una apretada conspiración de susurros misteriosos. Allá abajo es donde los vegetales hablan entre sí, intercambian informaciones y propósitos, se comunican decisiones y proyectos. Un pueblo enterrado, creído muerto y tratado como tal, pero en cambio muy vivo, hasta en los menores pelillos radicales.
            Toda la noche prosigue la invisible agitación, no obstaculizada por el ir y venir de los ratones, por la lenta acción de las larvas, de los gusanos que deben abrirse paso por el cuerpo de la tierra para desplazarse.
            Por la mañana, el comendador Mambretti baja al jardín, armado de fieras intenciones y de un rebenque. Mira a su alrededor sin la menor sospecha. Su primera ojeada, naturalmente, es para el rosal.
            —Nada de flores —comprueba—. Perfecto. Natural. Yo soy el tonto que habla sólo por sacar a paseo la lengua. Hablo en turco, ¿eh? Pues te has equivocado, querido mío. Conmigo todos, tarde o temprano, tienen que ceder.
            Y diciendo esto el comendador Mambretti agita amenazadoramente su arma y se acerca a la plantita para darle una lección. Pero al segundo paso que da, tropieza en una raíz que el sauce ha sacado a flor de tierra en el momento justo. Se agarra al rosal para no caer, y aquél lanza una espina larga como un cuchillo, que le araña profundamente la mano. El pino, sin pedirle ayuda al viento, sacude bien las ramas más altas y deja caer una piña de medio kilo en la cabeza del tal Mambretti. La piña se rompe, los piñones ruedan alegremente por el sendero, acude una ardilla y hace su cosecha.
            El pino le tira a la cabeza otra gruesa piña. Después una tercera. Y una cuarta, aún más gruesa. El comendador Mambretti se ve obligado a batirse en retirada, lo cual aprovecha un ciprés para ponerle la zancadilla con su rama más baja. Mambretti yace de nuevo en tierra, pero esta vez de espaldas. El peral, que no puede hacer más, le deja caer en los ojos una cigarra muerta.
            —¡Esto es una conjura —grita el comendador Mambretti—, una rebelión a mano armada, es el motín de la Bounty!
            Por toda respuesta una abeto le hace llover en la boca un puñado de agujas. El comendador tarda veinte minutos en escupirlas todas.
            —¡Ya veremos! —vuelve a gritar en cuanto puede—. Os extirparé como a la cizaña; os haré pedazos y pedacitos y os quemaré en el fuego. ¡De vosotros nos quedará ni la semilla!
            Una genciana alarga un par de ramas y lo agarra del cuello, como si quisiera estrangularlo, pero se contenta con hacerlo callar y sujetarlo muy bien mientras la mimosa le hace cosquillas debajo de la nariz.
            El comendador Mambretti se libera del abrazo de un tirón y huye gritando:
            —¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fortunino!
            —Yo no estoy —responde Fortunino, que disfruta del espectáculo encaramado a la tapia—. ¿No se acuerda de que me despidió? Y ahora, con el dinero de la liquidación, me voy al cine.
            El comendador Mambretti entra en la casa, cierra la puerta y echa el cerrojo. Después corre a la ventana a mirar. El jardín está más tranquilo que nunca. Los árboles están allí vegetando, fingiendo que no pasa nada.
            —¡Qué ralea de impostores! —rezonga Mambretti. Después va al cuarto de baño a ponerse tres o doce tiritas.


 La muñeca de transistores

 

 

            —Bueno —pregunta don Fulvio a doña Lisa, su mujer, y a don Remo, su cuñado—, ¿qué le vamos a regalar a Enrica por Navidades?
            —Un buen tambor —responde inmediatamente su cuñado Remo.
            —¿Qué?
            —Sí, un gran bombo. Con un mazo para dar golpes: «¡Bum! ¡Bum!».
            —Vamos, Remo —dice la señora Lisa (para la cual el señor Remo no es un cuñado, sino un hermano)—. Un bombo ocupa sitio. Y además, vete tú a saber qué diría la mujer del carnicero.
            —Estoy seguro —continúa don Remo— de que a Enrica le gustaría muchísimo un cenicero de cerámica de colores en forma de caballo, con muchos ceniceritos pequeños alrededor, también de cerámica de colores, pero en forma de herradura.
            —Enrica no fuma —observa severamente don Fulvio—. Apenas tiene siete años.
            —Una calavera de plata —propone entonces don Remo—, un portalagartos de latón, un abretortugas en forma de angelito, un pulverizador de judías en forma de paraguas.
            —Vamos, Remo —dice la señora Lisa—, estamos hablando en serio.
            —Está bien. En serio. Dos tambores: uno en do y otro en sol.
            —Ya sé —dice doña Lisa— lo que le irá bien a Enrica. Una bonita muñeca electrónica de transistores, con lavadora incorporada: una de esas muñecas que andan, hablan, cantan, controlan las conversaciones telefónicas, captan las transmisiones estereofónicas y hacen pis.
            —De acuerdo —proclama don Fulvio, en su calidad de cabeza de familia.
            —Yo me lavo las manos —éste es don Remo—, y me voy a la cama a dormirme en los laureles.
            Y llega, unos días después, la Santa Navidad, con muchos buenos jamones colgados fuera de las tiendas y muchos magníficos ceniceros en forma de Pequeño Escribiente Florentino en los escaparates y muchos gaiteros, verdaderos y falsos, por las calles. Nieve en la cadena alpina y niebla en el Valle del Po.
            Y allí está la muñeca nueva, esperando a Enrica bajo el árbol de Navidad. El tío Remo (se trata del Remo de siempre, el cual para don Fulvio es el cuñado, para doña Lisa el hermano, para la portera un contable, para el quiosquero un cliente, para el guardia urbano un peatón, y para Enrica, justamente, un tío: ¡cuántas cosas puede ser una sola persona!), así pues, el tío Remo observa la muñeca con sonrisa de mofa. Hay que saber que, a escondidas de todos, realiza rigurosos estudios de magia: puede romper un cenicero de mármol de una simple ojeada, por poner un ejemplo. Toca a la muñeca en dos o tres sitios, desplaza algún transistor, se ríe burlonamente de nuevo y por último se va al café, mientras llega corriendo Enrica, lanzando gritos de gozo, que los padres escuchan con delicia tras la puerta cerrada.
            —Qué guapa, qué guapa —declara Enrica, en el colmo del entusiasmo—. Ahora mismo te preparo el desayuno.
            Revolviendo febrilmente en el rincón de los juguetes, saca un rico conjunto de pocillos, platitos, vasitos, jarritos, botellitas, etcétera, que dispone en la mesita de las muñecas. Hace andar a la muñeca nueva hasta su sitio, le hace decir «mamá» y «papá» dos veces, le ata la servilleta al cuello y se prepara para darle de comer. Pero la muñeca, en cuanto ella se vuelve un momentito, da un par de patadas que hacen volar por los aires todo el servicio. Platillos que se hacen pedazos. Pocillos que ruedan por el suelo del piso y van a estrellarse contra el radiador. Añicos.
            Naturalmente, acude la señora Lisa, pensando que Enrica se ha hecho daño. Llega, cree en lo que ven sus ojos y sin perder tiempo le regaña a fondo a su hija, llamándola fea y mala y añadiendo:
            —¡Mira que el mismo día de Navidad te pones a portarte mal! Si no tienes más cuidado te quito la muñeca y no la vuelves a ver.
            Después se va al cuarto de baño.
            Enrica, al quedarse sola, agarra a la muñeca, le da un par de azotes, la llama fea y mala y la acusa de portarse mal el mismo día de Navidad:
            —Mira que si no eres buena, te encierro en el armario y no vuelves a salir.
            —¿Por qué? —pregunta la muñeca.
            —Porque has roto los platitos.
            —No me gusta jugar con esas chorradas —declara la muñeca—. Déjame jugar con los cochecitos.
            —¡Voy a darte a ti cochecitos! —anuncia Enrica. Y le larga otros azotes. La muñeca no se impresiona y le tira del pelo—. ¡Ay! ¿Por qué me pegas?
            —Legítima defensa —dice la muñeca—. Eres tú la que me has enseñado a pegar, al pegarme primero. Yo no habría sabido hacerlo.
            —Bueno —dice Enrica, para desviar la conversación—, jugaremos a la escuela. Yo soy la maestra y tú la alumna. Esto es el cuaderno. Tú haces muchas faltas en el dictado y yo te pongo un cuatro.
            —¿Qué tiene que ver el número cuatro?
            —Claro que tiene que ver. Eso hace la maestra en la escuela. A quien lo hace bien, diez; a quien lo hace mal, cuatro.
            —¿Por qué?
            —Porque así aprende.
            —No me hagas reír.
            —¿¿Yo??
            —Natural —dice la muñeca—. Reflexiona. ¿Sabes andar en bicicleta?
            —¡Claro!
            —Y cuando estabas aprendiendo y te caías, ¿te ponían un cuatro o más bien una tirita?
            Enrica calla, perpleja. La muñeca la acosa:
            —Piénsalo un momento, vamos. Cuando aprendías a andar y dabas un tropezón, ¿es que mamá te escribía un cuatro en el trasero?
            —No.
            —Pues a andar has aprendido lo mismo. Y has aprendido a hablar, a cantar, a comer sola, a abrocharte los botones y atarte los zapatos, a lavarte los dientes y las orejas, a abrir y cerrar puertas, a usar el teléfono, el tocadiscos y la televisión, a subir y bajar las escaleras, a lanzar la pelota contra la pared y recogerla, a distinguir un tío de un primo, un perro de un gato, una nevera de un cenicero, un fusil de un destornillador, el queso parmesano del Gorgonzola, la verdad de las mentiras, el agua del fuego. Sin notas, ni buenas ni malas. ¿Es exacto?
            Enrica no hace caso de la interrogación y propone:
            —Entonces te lavo la cabeza.
            —¿Estás loca? ¡El día de Navidad…!
            —Pero a mí me divierte lavarte la cabeza.
            —A ti te divierte, pero a mí se me mete el jabón en los ojos.
            —Bueno, eres mi muñeca y puedo hacer contigo lo que quiera. ¿Entendido?
            Este «entendido» forma parte del vocabulario de don Fulvio. También doña Lisa, de vez en cuando, cierra sus palabras con un buen «¿entendido?». Ahora le toca a ella, a Enrica, hacer valer su propia autoridad de ama. Pero a la muñeca, al parecer, le importa un pito. Trepa a lo alto del árbol de Navidad, haciendo estallar diversas bombillas de distintos colores. Cuando está en lo alto hace pis, mojando otras bombillas en forma de Blancanieves y los Siete Enanitos.
            Enrica, para no pelearse, va a la ventana. En el patio los niños juegan a la pelota. Tienen monopatines, triciclos, arcos y flechas. Y también bolos.
            —¿Por qué no vas al patio a jugar con los otros niños? —pregunta la muñeca, metiéndose los dedos en la nariz para subrayar su independencia.
            —Son todos niños —dice Enrica, mortificada—. Juegan a juegos de niños. Las niñas tienen que jugar con muñecas. Tienen que aprender a ser buenas madrecitas y buenas amas de casa, que saben poner en su sitio los platitos y los pocillos, hacer la colada y limpiar los zapatos de la familia. Mi madre limpia siempre los zapatos de mi padre. Se los limpia por arriba y por abajo.
            —¡Pobrecito!
            —¿Quién?
            —Tu papá. Se ve que no tiene brazos ni manos…
            Enrica decide que ha llegado el momento de dar dos bofetadas a la muñeca. Para alcanzarla, sin embargo, tiene que trepar por el árbol de Navidad. El árbol, como un auténtico inútil que es, aprovecha para caerse al suelo. Se hacen añicos las bombillas y los ángeles de cristal: un cataclismo. La muñeca ha acabado bajo una silla y se le ocurre echarse a reír. Pero es la primera en levantarse y corre a ver si Enrica se ha hecho daño.
            —¿Te has hecho daño?
            —Ni siquiera debería contestarte —dice Enrica—. Toda la culpa es tuya. Eres una muñeca maleducada. Ya no te quiero.
            —¡Por fin! —dice la muñeca—. Espero que ahora juegues con los cochecitos.
            —Ni lo sueñes —anuncia Enrica—. Buscaré mi vieja muñeca de trapo y jugaré con ella.
            —¿¿De veras?? —dice la muñeca nueva. Mira a su alrededor, ve la muñeca de trapo, la agarra y la tira por la ventana sin abrir siquiera los cristales.
            —Jugaré con mi osito de peluche —insiste Enrica.
            La muñeca nueva busca al osito de peluche, lo encuentra, lo tira al bidón de la basura. Enrica estalla en llanto. Los padres la oyen y acuden, justo a tiempo de ver a la muñeca nueva que se ha apoderado de las tijeras y está cortando todos los vestidos del guardarropa de las muñecas.
            —¡Pero esto es vandalismo puro! —exclama don Fulvio.
            —¡Pobre de mí! —añade doña Lisa—. Creía haber comprado una muñeca ¡y he comprado una bruja!
            Ambos se lanzan sobre la pequeña Enrica, la suben en brazos por turno, la acarician y la miman, la besuquean.
            —¡Puaf! —dice la muñeca, desde lo alto del armario donde se ha refugiado para cortarse el pelo, que para su gusto es demasiado largo.
            —Oye —se horroriza don Fulvio. Dice también—: ¡Puaf! Eso sólo puede habérselo enseñado tu hermano.
            Don Remo aparece en la puerta, como si lo hubieran mandado llamar. Le basta una ojeada para entender la situación.
            La muñeca le guiña un ojo.
            —¿Qué ocurre? —pregunta el tío, fingiendo caer de una nube rosa.
            —¡Ésa —solloza la pobre Enrica— no quiere hacer de muñeca! ¿Qué se creerá que es?
            —Quiero bajar al patio a jugar a los bolos —declara la muñeca, haciendo volar mechones de pelo por todas partes—. Quiero un bombo, quiero un prado, un bosque, una montaña y un monopatín. Quiero ser científica atómica, ferroviaria y pediatra. Y también fontanera. Y si tengo una hija, la mandaré de camping. Y cuando la oiga decir «Mamá, quiero ser un ama de casa como tú y limpiar los zapatos de mi marido, por arriba y por abajo», la meteré en castigo en la piscina y como penitencia la llevaré al teatro.
            —¡Está verdaderamente loca! —observa don Fulvio—. Quizá se le ha estropeado algún transistor.
            —Vamos, Remo —ruega doña Lisa—, échale un vistazo, tú que entiendes.
            Don Remo no se hace rogar mucho. Y tampoco la muñeca. Le salta a la cabeza, donde se pone a dar saltos mortales.
            El señor Remo la toca aquí y allá, en diversos puntos y en otros más. La muñeca se convierte en un microscopio.
            —Te has equivocado —dice doña Lisa. Don Remo vuelve a tocar. La muñeca se convierte en una linterna mágica, un telescopio, un par de patines de ruedas, una mesa de ping-pong.
            —Pero ¿qué haces? —pregunta don Fulvio a su cuñado—. Ahora la vas a estropear del todo. ¿Se ha visto alguna vez una muñeca que parezca una mesa?
            Don Remo suspira. Toca de nuevo. La muñeca se convierte en una muñeca. Tiene de nuevo el pelo largo y lavadora incorporada.
            —Mamá —dice, pero esta vez con voz de muñeca—. Quiero hacer la colada.
            —¡Oh, por fin! —exclama doña Lisa—. Esto sí que se llama hablar. Vamos, Enrica, juega con tu muñeca. Tiene tiempo de hacer una buena coladita antes de comer.
            Pero Enrica, que lo ha estado viendo y oyendo todo, parece insegura ahora sobre qué hacer. Mira a la muñeca, mira al tío Remo, mira a sus padres. Y finalmente lanza un gran suspiro y dice:
            —No, quiero bajar al patio a jugar a los bolos con los otros niños. Y a lo mejor doy también algún salto mortal.


 Extraños azares de la Torre de Pisa

 

 

            Una mañana don Carletto Palladino está allí, como siempre, al pie de la Torre de Pisa vendiendo recuerdos a los turistas, cuando una gran astronave de oro y plata se detiene en el cielo y de su tripa sale un chisme, quizá un helicóptero, que desciende sobre el llamado Prado de los Milagros.
            —¡Mirad! —exclama don Carletto—. ¡Los invasores espaciales!
            —¡Escapa a correr! —chilla la gente, en todas las lenguas.
            Pero don Carletto no escapa, ni corre, para no abandonar la caja colocada sobre un taburete, en la cual, bien alineadas —es decir, todas torcidas— están muchas maquetas de la torre inclinada, de yeso, mármol y alabastro.
            —¡Souvenir! ¡Souvenir! —empieza a gritar, señalando su mercancía a los espaciales, que son tres pero saludan con doce manos, porque tienen cuatro por cabeza.
            —Véngase, señor Carletto —gritan las otras vendedoras de recuerdos desde lejos, fingiendo preocupación por su vida; en realidad están celosas, pero tienen miedo de acercarse para vender también ellas sus bonitas estatuillas a los espaciales.
            —¡Souvenir!
            —Bueno, pisano —dice una voz espacial—. Primero, las presentaciones.
            —Carletto Palladino, mucho gusto.
            —Señoras y caballeros —continúa la voz, con excelente acento italiano—, les pedimos disculpas por la molestia. Venimos del planeta Karpa, que dista del suyo treinta y siete años luz y veinticinco centímetros. Pensamos detenernos sólo unos minutos. No deben tener miedo de nosotros, porque estamos aquí para una misión comercial.
            —Yo ya lo había entendido —dice don Carletto—. Entre hombres de negocios nos entendemos enseguida.
            Mientras la voz espacial, amplificada por un invisible altavoz, repite varias veces el mensaje, turistas, vendedores de recuerdos, chiquillos, curiosos salen de sus escondites y se adelantan, animándose unos a otros. Llegan, con acompañamiento de sirenas, policías, carabineros, bomberos y guardias urbanos, por razones de orden público. Llega también el alcalde, a la grupa de un caballo blanco.
            —Queridos huéspedes —dice el alcalde, tras tres tañidos de trompeta—, estamos encantados de darles la bienvenida a la antigua y famosa ciudad de Pisa, al pie de su antiguo y famoso campanario. Si nos hubieran advertido de su llegada, les habríamos preparado una acogida digna del antiguo y famoso planeta Karpa. Por desgracia…
            —Gracias —lo interrumpe uno de los tres espaciales, agitando dos de sus cuatro brazos—. No se molesten por nosotros. Tenemos tarea para un cuarto de hora como mucho.
            —¿Quieren lavarse las manos? —pregunta el alcalde—. Justamente les he traído unos ticket-regalo para el hotel diurno.
            Los tres espaciales, sin hacerle caso, se dirigen hacia el campanario y empiezan a palparlo, como para confirmar que es auténtico. Ahora hablan entre sí, en una lengua bastante parecida al karakalpac, pero no muy diferente del cabardinobalcárico. Sus rostros, dentro de la escafandra, son auténticos rostros karpianos, muy similares a los pieles rojas.
            El alcalde se les acerca solícito:
            —¿No desean entrar en contacto con nuestro gobierno, con nuestros científicos, con la prensa?
            —¿Para qué? —replica el jefe de los espaciales—. No queremos molestar a tanta gente importante. Cargamos la torre y nos marchamos.
            —Que cargan… ¿qué?
            —La torre.
            —Disculpe, señor karpiano, quizá he entendido mal. ¿Quiere decir usted que le interesa la torre, a lo mejor, que usted y sus amigos quieren subir a lo alto para disfrutar del panorama y mientras tanto, para no perder el tiempo, hacer algún experimento científico sobre la caída de los graves?
            —No —responde pacientemente el karpiano—. Estamos aquí para llevarnos la torre. Debemos llegar a nuestro planeta con ella. ¿Ve a esa señora de ahí? —el jefe espacial señala a una de las otras dos escafandras—. Es la señora Boll Boll, que habita en la ciudad de Sup, a unos kilómetros de la capital de la República Karpiana del Norte.
            La señora espacial, al oír su nombre, se vuelve vivamente y se pone a posar, esperando que la fotografíen. El alcalde se disculpa por no saber hacer fotografías y continúa erre que erre:
            —¿Qué tiene que ver la señora Boll Boll? Aquí de lo que se trata es de que ustedes, sin permiso del arzobispo y del superintendente de Bellas Artes, la torre no la pueden ni tocar, ¡y mucho menos llevársela!
            —No lo comprende usted —explica el jefe espacial—. La señora Boll Boll ha ganado la Torre de Pisa en nuestro gran concurso Bric. Comprando regularmente los famosos cubitos de caldo Bric, ha recogido un millón de puntos-regalo y le corresponde el segundo premio, que consiste, por casualidad, en la torre inclinada.
            —¡Ah! —reconoce el alcalde—. ¡Excelente idea!
            —Verdaderamente nosotros lo decimos de otro modo. Decimos: «¡Qué idea chic el caldo Bric!».
            —Bien dicho. ¿Y el primer premio en qué consiste?
            —El primer premio es una isla de los Mares del Sur.
            —¡No está mal! Parece que ustedes le tienen mucho cariño a la Tierra.
            —Sí, su planeta es muy popular entre nosotros. Nuestros platillos volantes lo han fotografiado a lo largo y a lo ancho y muchas empresas que producen cubitos de caldo se han presentado para acaparar la posibilidad de distribuir objetos terrestres en sus concursos, pero la firma Bric ha obtenido una exclusiva del gobierno.
            —Ya lo he entendido —salta el alcalde—. ¡He comprendido que para ustedes la Torre de Pisa no es de nadie! Del primero que se la lleve, suya es.
            —La señora Boll Boll la pondrá en su jardín; con toda seguridad tendrá un gran éxito: de toda Karpa correrán a verla los karpianos.
            —¡Mi abuela! —grita el alcalde—. Ésta es la fotografía de mi abuela. Se la doy gratis; la señora Boll Boll podrá ponerla en el jardín para hacer un buen papel con sus amigas. ¡Pero la torre no se toca! ¿Me ha oído bien?
            —Mire —dice el jefe espacial al alcalde, mostrando un botón de su mono—; ¿ve esto? Si lo aprieto, Pisa salta por los aires y no vuelve más a tierra.
            El alcalde se queda sin resuello. En torno a él la muchedumbre se horroriza en silencio. Se oye sólo, al fondo de la plaza, una voz de mujer que llama:
            —¡Giorgina! ¡Renato! ¡Giorgina! ¡Renato!
            Don Carletto Palladino rezonga mentalmente: «Eso es, con buenos modales se consigue todo».
            No tiene tiempo de acabar este importante pensamiento, pues la torre… desaparece, dejando un agujero en el cual el aire se precipita como un silbido.
            —¿Han visto? —pregunta el jefe espacial—. Muy sencillo.
            —¿Qué han hecho? —grita el alcalde.
            —Ahí la tiene —dice el karpiano—, la hemos empequeñecido un poquito para poderla transportar; una vez en casa de la señora Boll Boll le devolveremos sus dimensiones normales.
            En efecto, allá donde se erguía la torre en toda su altura e inclinación, en el centro de la explanada vacía dejada por su desaparición, puede verse ahora una torrecita diminuta, similar en todo y por todo a los recuerdos de don Carletto Palladino.
            La gente deja salir del pecho un prolongado «¡Ooohhh!» durante el cual se oye de nuevo la voz de la señora que llama a sus hijos:
            —¡Renato! ¡Giorgina!
            La señora Boll Boll va a inclinarse a recoger la minitorre y metérsela en el bolso, pero antes que ella alguien, concretamente don Carletto Palladino, se lanza sobre los míseros restos del antiguo y famoso monumento, como los perros se lanzan (o al menos eso cuentan) sobre la tumba de su amo. Los karpianos, sorprendidos, tardan un momento en reaccionar; pero después, con todos aquellos brazos, no les cuesta el menor trabajo inmovilizar a don Carletto, levantarlo en vilo y depositarlo a la debida distancia.
            —Ya está —dice el jefe espacial—. Ahora nosotros tenemos la torre, pero a ustedes les quedan otras muchas cosas bonitas. La misión de la que estábamos encargados por cuenta de la firma Bric se ha cumplido. Sólo nos queda decirles hasta la vista y gracias.
            —¡Váyanse al diablo! —responde el alcalde—. ¡Piratas! Se arrepentirán… Un día también nosotros tendremos platillos volantes…
            —Caldos con puntos-regalo ya los tenemos —agrega una voz desde el fondo.
            —¡Se arrepentirán! —repite el alcalde.
            Se oye el «tac» del bolso de la señora Boll Boll, cerrado con energía karpiana. Se oye un relincho del caballo del alcalde, pero no se sabe qué quiere decir. Después se oye la vocecita de don Carletto, que dice:
            —Disculpe, señor karpiano…
            —Dígame, dígame.
            —Quisiera dirigirle una súplica.
            —¿Una petición? Entonces debe usar papel sellado.
            —Se trata sólo de una bobada. Puesto que la señora Boll Boll ya tiene su premio… si ustedes quieren…
            —¿Qué?
            —Mire, aquí tengo esta maqueta de nuestro campanario. Es un juguetito de mármol, como pueden ver. A ustedes no les costaría nada agrandárnoslo a tamaño natural. Así nos quedaría al menos un recuerdo de nuestro campanario…
            —Pero sería una cosa falsa, sin el menor valor histórico-artístico-turístico-inclinado —observa, estupefacto, el jefe espacial—. Sería un sucedáneo como la achicoria.
            —Paciencia —insiste don Carletto—. Nos conformaremos.
            El jefe espacial explica la extraña petición a su colega y a la señora Boll Boll, que se echan a reír.
            —¡Qué payasada! —protesta el alcalde—. ¡No queremos ninguna achicoria!
            —Déjeme a mí, señor alcalde —dice don Carletto.
            —Está bien —dice el jefe espacial—. Démela.
            El señor Palladino le entrega la maqueta; el jefe espacial la coloca en el punto exacto, le apunta encima un botón de su mono (otro, no el de las bombas)… Y ¡ya! ¡Hecho! Allí está de nuevo la Torre de Pisa en su sitio…
            —¡Qué bonito! —sigue protestando el alcalde—. Se ve de lejos que es más falsa que Judas. Hoy mismo mandaré demoler esa vergüenza.
            —Como usted quiera —dice el jefe espacial—. Bueno, nosotros nos vamos, ¿no? Buenos días y Felices Pascuas.
            Los karpianos vuelven a subir a su casi-helicóptero, regresan a la astronave de oro y plata, e inmediatamente después en el cielo hay sólo un gorrión solitario, que vuelve a la cima de la antigua torre.
            Después sucede algo raro. Ante toda esa gente desesperada, a las fuerzas del orden desconsoladas, al alcalde que solloza, don Carletto Palladino se pone a bailar la tarantela y el saltarelo.
            —¡Pobrecito! —dice la gente—. Se ha vuelto loco de dolor.
            —Locos estaréis vosotros —grita en cambio don Carletto—. ¡Estúpidos y bobos, que no sois otra cosa! Y además sois tan despistados como el caballo del alcalde. ¿No os disteis cuenta de que le cambié la torre en las narices a los karpianos?
            —Pero ¿¿cuándo??
            —Cuando la empequeñecieron y yo me lancé sobre ella, fingiendo hacer de perro sobre la tumba del amo. La he sustituido con uno de mis recuerdos. ¡En el bolso de la señora Boll Boll va la torre falsa! Y la auténtica es esta de aquí, esta de aquí; y también nos la han dejado grande e inclinada como antes; y además nos hemos reído un rato. Mirad, tocad, leed todos los nombres que habéis garrapateado en ella…
            —¡Es cierto! ¡Es cierto! —grita una señora—. Ahí están los nombres de mis dos hijos, Giorgina y Renato. ¡Los escribieron esta misma mañana con un boli!
            —¡Muy bien! —dice un guardia urbano, tras haberlo comprobado—. Así se hace. ¿Qué le parece, señora, la multa, la paga ahora o se la mando a casa?
            Pero la multa, por una vez, la paga generosamente el alcalde de su bolsillo, mientras don Carletto Palladino es llevado en triunfo, lo cual, para él, es una pura pérdida de tiempo, porque mientras tanto los turistas compran recuerdos a la competencia.


 Carlino, Carlo, Carlino
 o
 Cómo hacer que los niños
 pierdan ciertas malas costumbres

 

 

            —Ahí tiene a su Carlino —dice la comadrona a don Alfio, presentándole al varoncito recién llegado de la clínica.
            «¡Cómo Carlino! —oye chillar don Alfio—, ya basta con esa manía de los diminutivos. Llamadme Carlo, Paolo o Vercingétorix. Llamadme incluso Leopardo, pero que sea un nombre sano. ¿Me he explicado?».
            Don Alfio observa perplejo al niño, que no ha abierto la boca. Esas palabras han resonado directamente en su cerebro. También la matrona las ha oído:
            —¡Toma —dice—, tan pequeño y ya es capaz de transmitir el pensamiento!
            «Muy bien —comenta la vocecita—, no puedo hablar con las cuerdas vocales porque aún no las tengo formadas».
            —Bueno —dice don Alfio, cada vez más perplejo—, pongámoslo en la cuna, luego ya veremos.
            Lo ponen en la cuna, al lado de su madre dormida. Don Alfio sale un momento a ordenar a su hija mayor que apague la radio, para no molestar a la criaturita. Pero la criaturita le transmite un mensaje urgente, precedencia absoluta: «Papá, ¿cómo se te ocurre? Vas a interrumpir justamente la sonata de Schubert para arpeggione».
            —¿Arpeggione? —repite don Alfio—. A mí me parecía un violonchelo.
            «Claro que era un violonchelo. Así interpretan ahora esta composición escrita por Schubert en 1824. En la menor, para ser exactos. Pero él la hizo para arpeggione: una especie de guitarrón de seis cuerdas inventado en Viena el año anterior por Johann Georg Staufer. Este instrumento, llamado guitarre d’amour o guitarre-violoncell, tuvo escasa fortuna y vida efímera. Pero la sonata es bastante maja.»
            —Perdona —balbucea don Alfio—, ¿cómo sabes esas cosas?
            «Cielo santo —responde, siempre por vía telepática, el recién nacido—. Me pones delante de los ojos, en esa estantería de ahí, un magnífico diccionario de la música: ¿cómo quieres que no vea que en la página ochenta y dos del primer volumen se habla justamente del arpeggione?».
            Don Alfio deduce que su hijito, amén de transmitir el pensamiento, sabe leer a distancia en un libro cerrado. Sin haber siquiera aprendido a leer.
            La madre, cuando se despierta, es informada de los acontecimientos con mucha delicadeza, pero estalla en llanto de todos modos. Y encima no tiene un pañuelo a mano para enjugarse los ojos. Entonces se ve que un cajón de la cómoda se abre solo, sin ruido, y del cajón alza el vuelo, perfectamente doblado, un pañuelo blanco lavado con Bronk, el detergente preferido de la lavandera de la reina Elisabeth. El pañuelo se posa en la almohada de doña Adele, mientras en su cuna el pequeño Carlo se entrena en guiñar el ojo.
            «¿Os gustó el truquito?», pregunta a los presentes. La comadrona huye alzando las manos hacia el techo. Doña Adele se desmaya en ese mismo momento, don Alfio se enciende un pitillo, después lo tira; no era eso lo que quería hacer.
            —Hijo mío —dice luego—, estás adquiriendo pésimas costumbres, absolutamente contrarias a la urbanidad. ¿De cuándo acá un niño respetuoso abre los cajones de su madre, sin pedir permiso?
            En ese momento asoma la primogénita Antonia, llamada Chichí, de quince años y cinco meses de edad. Saluda cariñosamente a su hermanito:
            —Hola, ¿cómo estás?
            «Bien, en general. Sólo un poco trastornado. Después de todo es la primera vez que nazco.»
            —Atiza, ¿hablas con el pensamiento? Eres bárbaro. ¿Me dices cómo lo haces?
            «Es sencillísimo: cuando tienes ganas de hablar, en vez de abrir la boca, la cierras. Y también es más higiénico.»
            —¡Carlo! —exclama don Alfio, muy indignado—, no empieces desde el primer día a corromper a tu hermana, que es una chica formal.
            —¡Dios mío! —suspira al volver doña Adele en sí—. ¡Qué dirá la portera, qué dirá mi padre, funcionario de banco de viejo cuño y severas costumbres, último descendiente de una estirpe de coroneles de caballería!
            —Bueno —dice Chichí—, hasta luego, me voy a hacer los deberes de matemáticas.
            «¿Matemáticas? —pregunta Carlo, reflexionando—. Ah, ya sé. Euclides, Gauss, esas cosas. Pero si utilizas el texto que llevas en la mano, fíjate que la solución del problema número 118 está equivocada: la X no es igual a un tercio, sino a dos cuarentaitresavos».
            —¡Y se permite ya criticar los textos escolares, como los periódicos de izquierdas! —comenta amargamente don Alfio.
            Se lo está contando todo al médico de cabecera en su consulta, mientras en la antesala doña Adele entretiene al bebé Carlo.
            —¡Ay! —suspira el doctor Fojetti—, ¡ya no hay religión! Quién sabe dónde iremos a parar: con todas estas huelgas… Y además ahora con el IVA vamos a pasarlo mal. Ya no se encuentra una criada; a la policía le prohíben disparar; los campesinos no quieren criar conejos… Pruebe a llamar al fontanero, y ya me contará. Bueno, enfermera, hágalos entrar.
            En cuanto entra, Carlo intuye, por algunos síntomas que sólo él logra notar, que el doctor Fojetti ha vivido varios años en Zagreb; por eso le dirige la palabra en croata (mentalmente, claro): «Doktore, vrlo teško probavljam; cesto osjecam Kiseli ukus: osobito neka jela ne mogu probaviti».
            (Traducción: «Doctor, digiero con dificultad; a menudo me repite un sabor ácido; ciertos alimentos me resultan particularmente indigestos».)
            El doctor, sorprendido, responde en la misma lengua:
            —Izvolite leci na postelju, molim Vas…
            («Por favor, tiéndase en la camilla.»)
            Después se da un puñetazo en la cabeza para reaccionar y se pone al trabajo. El examen completo dura dos días y treinta y seis horas. Revela que el joven Carlo, de cuarenta y siete días de edad:
            «Puede leer en el cerebro del doctor Fojetti los nombres de todos sus parientes, hasta los primos de cuarto grado, así como absorber todos los conocimientos científicos, literarios, filosóficos y futbolísticos que se han depositado en él a partir de la primera infancia.
            Descubre un sello de Guatemala oculto bajo dieciocho kilos de libros de medicina.
            Mueve a su gusto, de una simple ojeada, la aguja de la balanza en la que la enfermera comprueba el peso de los enfermos.
            Recibe y transmite los programas de la radio, incluidos los de frecuencia modulada y los experimentos en estereofonía.
            Proyecta sobre una pared los programas de la televisión, aunque manifiesta cierta intolerancia respecto a Doble o nada.
            Cose un desgarrón de la bata del doctor mediante la imposición de las manos.
            Observando la fotografía de un paciente experimenta un intenso dolor de barriga y diagnostica, sin equivocarse, una apendicitis aguda.
            Fríe a distancia, sin gas, una sartén de sémola dulce.
            Además se levanta del suelo hasta una altura de cinco metros con diecinueve centímetros; extrae con la fuerza de la mente una medalla de San Antonio de una caja de puros sellada con tres rollos de celo; hace desaparecer de la pared un cuadro de Giulio Turcato; materializa una tortuga en el armarito de los medicamentos y un verbasco en la bañera; magnetiza unos crisantemos que están a punto de morir, devolviéndoles sus colores juveniles. Tocando una piedra procedente de los Urales recita la historia completa y documentada de las vanguardias rusas del siglo XX; momifica peces y pájaros muertos; detiene la fermentación del vino, etcétera».
            —¿Es grave? —pregunta doña Adele, impresionada.
            —Un caso casi desesperado —rezonga el doctor Fojetti—. Si se comporta así a los cuarenta y siete días, imagínese a los cuarenta y siete meses.
            —¿Y a los cuarenta y siete años?
            —Ah, entonces llevará ya tiempo en la cárcel.
            —¡Qué deshonor para su abuelo! —exclama doña Adele.
            —¿Y no se puede hacer nada?
            Se le puede llevar allá, y ponerle entre las manos esta colección completa del Boletín Oficial, así se distrae y no escucha nuestra conversación. O esperémoslo, al menos.
            —¿Y luego? —insiste don Alfio, una vez llevada a cabo la operación «Boletín Oficial».
            El doctor Fojetti le susurra en el oído derecho una docena de minutos, dándole en directo todas las instrucciones necesarias, que don Alfio transmite en diferido a doña Adele, en el oído izquierdo.
            —Pero ¡es el huevo de Colón! —exclama gozoso don Alfio.
            «¿De qué Colón? —pregunta el telepático Carlo desde la antesala—. ¿Cristóbal o Emilio?[7] Tratemos de ser concretos en las referencias».
            El doctor le guiña el ojo a don Alfio y doña Adele. Los tres sonríen y se quedan callados.
            «¡He preguntado qué Colón!», protesta el crío, produciendo un agujero en la pared con la energía de su mente comunicante.
            Y ellos callados como pescados hervidos. Tras un rato, el pequeño Carlo, para que lo oigan, se ve obligado a recurrir a otros medios de comunicación y comienza a dar lastimeros vagidos:
            —¡Buaaaa! ¡Buaaaa!
            —¡Funciona! —susurra don Alfio en el colmo del entusiasmo.
            Doña Adele agarra una mano del doctor Fojetti y se inclina a besarla, exclamando:
            —Gracias, ¡benefactor nuestro! Escribiré su nombre en mi diario.
            —¡Buaaaa! ¡Buaaaa! —insiste el pequeño Carlo.
            —¡Funciona! —don Alfio está exultante e inicia unas vueltas de vals.
            Natural. El secreto está en eso: basta fingir que no se oye cuando Carlo hace la transmisión y eso lo obliga a comportarse como todos los demás cristianos y a hablar como el último de los analfabetos.
            Los niños aprenden pronto, y desaprenden prontísimo. Al cabo de seis meses, el pequeño Carlo ni siquiera se acuerda de haber sido algo mejor que una radio de transistores.
            Mientras tanto de la casa han desaparecido todos los libros, incluidas las enciclopedias por entregas. Al no tener nunca oportunidad de hacer ejercicios de lectura a página cerrada, el crío pierde esa habilidad, entre los aplausos de los presentes. Había aprendido de memoria la Biblia, pero se le olvida. El cura está más tranquilo.
            Durante dos o tres años se divierte aún levantando sillas de un vistazo, manejando las marionetas sin tocarlas, pelando mandarinas a distancia, cambiando los discos en el tocadiscos sin más que meterse un dedo en la nariz, pero después, gracias a Dios, va al jardín de infancia y allí, la primera vez que, para entretener a sus amigos, demuestra cómo se anda por el techo cabeza abajo, lo castigan a un rincón. A Carlo le sienta tan mal que jura apasionarse por bordar mariposas, metiendo la aguja en los puntitos amorosamente dibujados para él por la monja en un trocito de tela.
            A los siete años va a la escuela elemental y hace aparecer una espléndida rana en la mesa de la maestra, la cual, en vez de aprovechar para explicar los anfibios saltadores y los ricos que son en el caldo, llama al bedel y manda a Carlo a ver al director. Este señor le demuestra al chiquillo que las ranas no son animales serios y lo amenaza con la expulsión de todas las escuelas de la República y del Sistema Solar, si se permite ciertas bromas.
            —¿Puedo al menos matar microbios? —pregunta Carlo.
            —No. Para eso están los médicos.
            Mientras reflexiona sobre esta importante declaración, Carlo, distraídamente, hace aparecer una rosa en el cesto de los papeles. Por suerte logra hacerla desaparecer antes de que el director se dé cuenta.
            —Vete —dice el director con tono solemne, señalándole al niño la puerta con el índice; gesto perfectamente inútil, pues en la habitación no hay más que esa puerta y sería difícil confundirla con la ventana—. Vete, conviértete en un niño formal y serás el consuelo de tus progenitores.
            Carlo se va. Se va a casa a hacer los deberes y le salen todos mal.
            —Eres un verdadero estúpido —comenta Chichí, mirándole el cuaderno.
            —¿De verdad? —exclama Carlo, con un nudo en la garganta de alegría—. ¿Soy ya lo bastante estúpido?
            Con la alegría hace aparecer una ardilla en la mesa, pero la vuelve invisible enseguida para que Chichí no sospeche. Cuando Chichí se retira a sus habitaciones, intenta que reaparezca la ardilla, pero no lo consigue. Prueba con un conejillo de Indias, un escarabajo pelotero, una pulga. No hay nada que hacer.
            —Menos mal —suspira Carlo—. Estoy perdiendo de veras todas esas feas costumbres.
            Y en efecto, ahora le llaman Canino y él ni siquiera se acuerda de protestar.


 ¿Para quién hilan las tres viejecitas?

 

 

            Suspicacillos, los dioses de las antiguas fábulas. Una vez Júpiter ofende a Apolo, a lo mejor sólo para satisfacer un antojo. Apolo se la guarda y, en cuanto puede, le paga con la misma moneda, matando a cierto número de Cíclopes.
            Diréis: ¿qué tiene que ver el tocino con la velocidad y que tienen que ver los Cíclopes con Júpiter?
            Tienen que ver, sí, porque son sus proveedores de rayos. Júpiter los tiene en palmitas: no hay ninguna otra empresa que produzca rayos con un sello de buena calidad como ésos. Cuando le van a contar que Apolo le ha saboteado la producción, Júpiter se enfada en serio y le manda una citación. Apolo debe presentarse a la fuerza, porque Júpiter es el rey de los dioses.
            —Vamos a ver —dice Júpiter—. En castigo marcharás al exilio a la Tierra durante siete años, y durante siete años servirás como esclavo en casa de Admero, rey de Tesalia.
            Apolo cumple su penitencia sin discutir. Es un buen tipo, sabe hacerse querer; simpatiza con Admero y se hacen amigos. Después de siete años regresa al Olimpo. Por el camino hacia casa oye que lo saludan unas viejecitas que están hilando en el balcón.
            —¿Cómo va ese reúma? —se informa amablemente.
            —No nos quejamos —responden las tres viejecitas, que son las tres Parcas.
            (¿Os acordáis? Sí, esas tres diosas que gobiernan el destino de cada hombre desde el nacimiento a la muerte. Hilan un hilo para cada hombre y cuando lo cortan, ¡zas!, ese hombre puede ir haciendo testamento).
            —Veo que lleváis el trabajo muy adelantado —dice Apolo.
            —Pues sí; este hilo ya lo tenemos terminado. ¿Y sabes de quién es?
            —No.
            —Pues es el hilo del rey Admero. Tiene aún para dos o tres días.
            «Atiza —piensa tristemente Apolo—. ¡Pobrecito! Lo he dejado con buena salud, y mira lo que le espera».
            —Oíd —dice luego a las viejecitas—. Admero es amigo mío. ¿No podríais dejarlo vivir unos añitos más?
            —¿Y cómo hacemos? —replican las Parcas—. Nosotras no tenemos nada contra él, es una bellísima persona. Pero al que le toca, le tocó. La muerte debe recibir su tributo. No es cuestión de edad, cariño. Pero ¿tú lo quieres mucho, verdad?
            —Ya os lo he dicho, es un amiguete.
            —Bueno, mira, por esta vez podemos hacer una cosa: su hilo lo dejamos en suspenso y a la expectativa. Pero con una condición: que algún otro acepte morir en su lugar. ¿De acuerdo?
            —Claro que sí. Y muchas gracias.
            —¡Imagínate! Por darte gusto, haríamos de todo.
            Apolo ni siquiera pasa por su casa para recoger el correo. Regresa a tierra volando y agarra al vuelo a Admero, que estaba saliendo para ir al teatro.
            —Oye, Admero —le dice—, vamos a ver, etcétera, etcétera. En resumen, te has salvado por un pelo; pero es preciso que haya otro entierro. ¿Encontrarás a alguien que ocupe tu puesto en la caja?
            —Eso espero —responde Admero, sirviéndose una copita de algo fuerte para quitarse el susto—. ¿Soy o no soy el rey? Mi vida es demasiado importante para el Estado. Aunque, ¡maldita sea!: me has hecho entrar un sudor frío.
            —¿Qué le vamos a hacer? Así es la vida.
            —No, no. Es justamente lo contrario…
            —Entonces, adiós.
            —Adiós, Apolo, adiós. No tengo ni resuello para darte las gracias. Te mandaré una caja de esas botellas que te gustaban en los buenos tiempos.
            «¡Maldita sea! —piensa de nuevo Admero en cuanto se queda solo—. Mira qué cosas me ocurren. Menos mal que tengo amigos de campanillas. ¡Maldita sea!».
            Manda a llamar a su siervo más fiel, le cuenta cómo están las cosas, le da una palmada en la espalda y le dice que se prepare.
            —¿Para qué, Majestad?
            —¿Y aún me lo preguntas? Para morir, está claro. ¡No me vas a negar este favor! ¿No he sido siempre un buen amo para ti? ¿No te he pagado siempre las extraordinarias, los seguros sociales, la paga de beneficios?
            —Cierto, cierto.
            —Eso quería oír. Conque, vamos, no hay tiempo que perder. Tú piensa en morirte que yo pienso en todo lo demás: coche fúnebre de primera clase, tumba con lápida, pensión a la viuda, beca para el huerfanito… ¿De acuerdo?
            —De acuerdo, Majestad. Mañana por la mañana estará hecho.
            —¿Por qué mañana? No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
            —Tengo que escribir cartas, tomar algunas disposiciones, bañarme…
            —Mañana, pues. Pero tempranito.
            —De madrugada, señor, de madrugada.
            Pero a la madrugada el siervo fiel está ya en alta mar, en una nave fenicia rumbo a Cerdeña. Y ni siquiera se puede mandar publicar su fotografía en los periódicos, con un buen «Se busca» encima, porque los periódicos aún no se han inventado. Ni tampoco la fotografía.
            Para Admero es un verdadero golpe bajo, que le da ganas de llorar. Vete tú a fiar de los viejos siervos fieles cuando más los necesitas.
            Admero llama una carroza y manda que lo lleven a ver a sus padres, que viven en el campo, en un bonito chalet con calefacción y todo.
            —¡Ay! —dice—. Sois los únicos que me queréis.
            —Puedes decirlo muy alto.
            —Sois los únicos a quienes puedo pedir cualquier cosa, con el corazón en la mano.
            —¿Quieres algunos rabanillos de nuestra huerta? —preguntan los viejos, prudentemente.
            Cuando se enteran de lo que quiere, les da un ataque de nervios.
            —Admerito —dicen—, somos los que te hemos dado la vida y tú ahora, a cambio, quieres la nuestra. ¡Bonita gratitud!
            —Pero ¿no veis que tenéis ya un pie en la fosa?
            —Cuando nos toque, moriremos. Por ahora no nos toca. Cuando nos toque, no te pediremos que mueras en nuestro lugar.
            —Ya entiendo, ya entiendo. Pues sí que me queréis mucho…
            —¡Quién va a hablar! Después de que te hemos dejado el trono y una ganga.
            Admero, distraídamente, agarra un rabanillo del plato que su madre le ha puesto delante y se lo mete en la boca. Después lo escupe, salta a la carroza y regresa a palacio.
            Uno tras otro llama a sus ministros, generales, almirantes, chambelanes, mayordomos, abogados, asesores fiscales, astrólogos, dramaturgos, teólogos, músicos, cocineros, entrenadores de perros de caza… Y ellos, uno tras otro:
            —Majestad, moriría muy a gusto por vos, pero tengo tres ancianas tías. ¿Qué sería de ellas?
            —Señor, al punto, inmediatamente si pudiese; pero me he tomado las vacaciones ayer mismo…
            —Amo, tened paciencia, debo acabar de escribir mis memorias…
            —¡Cobardes! —grita Admero pataleando—. ¿Conque tenéis tanto miedo a la muerte? Os haré cortar la cabeza a todos. A mí no me servirá de nada, porque sólo un voluntario puede salvarme, pero al menos no reventaré solo… Haremos una hermosa procesión al infierno.
            Los otros empiezan a llorar y a dar diente con diente. Admero los arroja a celdas de castigo del primero al último, orden al verdugo que afile el hacha y va a ver a su mujer para que le haga un zumo de naranja, porque le ha entrado sed.
            —Alcestes, querida —le dice con aire de víctima—, debemos despedirnos por última vez. Vamos a ver, las Parcas, etcétera. Apolo es un verdadero amigo y así sucesivamente; todos me quieren mucho, pero en resumidas cuentas nadie quiere saber nada de morir en mi lugar.
            —¿Y sólo por eso estás tan desesperado? A mí no me has pedido nada.
            —¿A ti?
            —¡Claro que sí! Moriré yo en tu lugar. Es muy sencillo.
            —¡Estás loca, Alcestes! No piensas en mi dolor. ¿No piensas en cómo lloraré en tu entierro?
            —Llorarás, y después se te pasará.
            —No, no se me pasará.
            —Sí, se te pasará y vivirás aún muchos años feliz y contento.
            —¿Tú crees?
            —Te lo aseguro.
            —Bueno… Siendo así… Si te empeñas…
            Se dan el beso del adiós, Alcestes se va a su habitación y muere. El palacio retumba con llantos y gritos. Admero es el que llora más fuerte que nadie. En cualquier caso, hace poner en libertad a los ministros, los cocineros y compañía; manda tocar las campanas a muerto y poner las banderas a media asta; llama a una agencia de pompas fúnebres y se ponen de acuerdo sobre los funerales. Y allí está discutiendo sobre los tiradores de la caja, cuando aparece un siervo que viene a anunciar un huésped.
            —¡Hércules, viejo amigo!
            —Hola, Admero. Pasaba por aquí para ir a robar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides y he pensado en entrar un ratito.
            —¡Has hecho muy bien! ¡Ay de ti si pasabas de largo!
            —A propósito —dice Hércules—, veo que estáis de luto.
            —Sí —dice Admero a toda prisa—. Ha muerto una mujer. Pero no hay motivo para que tú te entristezcas. El huésped es sagrado. Te mando preparar un buen baño, después cenamos y hablamos de los viejos tiempos.
            El buen gigante se va a bañar. Lo necesita de veras. Siempre por ahí realizando heroicos trabajos, matando monstruos, limpiando establos, haciendo todo tipo de faenas pesadas y difíciles, ya es mucho si ve una bañera una vez al año. Mientras se rasca la espalda con el cepillo, empieza a cantar su canción preferida, la que dice:
            Hércules
            por Hércules
            eres fuerte como un Hércules
            eres…

            —Señor —le susurra un camarero—, no debería cantar, cuando nuestra buena ama está muerta.
            —¿Qué? ¿Quién ha muerto?
            En resumen, Hércules se entera de todo y se asombra bastante de que Admero no le haya dicho cuál es la situación. ¡Pobre Alcestes! ¡Y pobre Admero! Casi le dan ganas de llorar, se lo piensa…
            —¡Cómo, llorar! —dice después, saltando fuera de la bañera—. Éste es el momento de hacer algo. ¡Eh, tú!… ¡Camarero! Búscame mi maza. Debo de haberla dejado abajo, en el paragüero.
            Hércules aferra la maza, corre al cementerio y se esconde detrás de la tumba destinada a Alcestes. Cuando ve venir a la Muerte, se lanza sobre ella sin temor y empieza a apalearla con la maza. La muerte se defiende a guadañazos, pero, como es inteligente, tarda poco en comprender que Hércules es más fuerte que ella y se bate en retirada para no acabar tendida en la lona.
            El gigante lanza una hermosa carcajada y regresa a palacio, cantando. Por el camino la gente lo mira mal, porque canta mientras el país está de luto. Pero él sabe lo que hace.
            —¡Admero! ¡Admero! ¡Lo logré!
            —¿Qué pasa, Hércules?
            —He puesto en fuga a la Descarnada. ¡Alcestes vivirá!
            Admero se pone blanco, tan blanco que más, imposible. Todo su miedo vuelve a echársele encima, en alud. Oye pasos. Se vuelve… Es Alcestes viva, que viene a su encuentro casi con aire de pedirle disculpas…
            —Pero ¿no estáis contentos? —pregunta Hércules perplejo—. Vamos, divirtámonos un poco.
            Nada, parece que el funeral empieza ahora. Admero se deja caer en una butaca y tiembla que da pena verlo. Alcestes tiene los ojos bajos.
            —Pero, vamos a ver —dice Hércules, secándose el sudor—, creía daros un gusto y parece que os he ofendido. Hoy en día, con los amigos, uno no sabe cómo comportarse. Bueno, oíd, me despido y estoy… Escribidme de vez en cuando.
            Hércules se marcha enfurruñado, agitando la maza. Admero aguza el oído. Le parece oír un ruido remoto, remoto… Allá arriba, en su balcón, las tres viejecitas hilan… hilan… quién sabe para quién…


 La guerra de los poetas
 (con muchas rimas en «o»)

 

 

            El poeta Sorellini, que de primer nombre se llama Alberto y de segundo Alberto, es el jefe de una banda de poetas que escriben letras para canciones y de músicos que escriben canciones para las letras. También se le conoce como el Poeta Llorón, en parte porque lleva el pelo cortado a lo sauce, en parte porque compone siempre con lágrimas en los ojos, y en parte también porque sus versos están perennemente empapados de la más húmeda melancolía.
            Alberto Alberto es famoso en toda Italia y en el Cantón de Tesino como inventor de la rima «corazón-amor». Pero sobre todo en este punto es preciso ser sinceros: esa rima en realidad se la ha robado al poeta Osvaldo (que se llama Osvaldo a secas), ex jefe de una banda rival, que ahora ya no lo es porque Alberto Alberto lo tiene prisionero desde hace diez años en una vieja torre a orillas del mar, para impedirle que revele su secreto.
            El secretario particular de Alberto Alberto, llamado Óscar, está justamente regresando de la vieja torre, donde va todos los días a arrojar al prisionero una bolsita de colines, su único alimento (Osvaldo no come pan, para guardar la línea).
            —¿Cómo lo has encontrado? —pregunta Alberto Alberto, enjugándose los ojos con un pañuelo y pidiéndole a Óscar uno de recambio.
            —De excelente humor —refiere Óscar—. Dice que está a punto de encontrar otra rima con «corazón». Como mucho, dice, necesitará aún dieciocho meses, pero la siente ya en la punta de la lengua.
            —¡Es un verdadero demonio! —exclama Alberto Alberto, bañando en lágrimas también el segundo pañuelo, que al punto Óscar guarda cuidadosamente. En efecto, el celoso secretario es el principal encargado de los pañuelos del Poeta Llorón. Los borda en persona, con el monograma de su jefe. Lleva siempre encima una caja de doce docenas.
            Pero también Óscar tiene su pequeño secreto: exprime los pañuelos empapados, recoge las lágrimas en un tarro, después las trasvasa a elegantes frasquitos que vende a escondidas, pero a buen precio, a los admiradores y admiradoras del Poeta. Quien compra diez frasquitos tiene derecho a un suplemento de lágrimas en artística presentación en spray o, a elegir, a un abrebotellas. La compra puede efectuarse por correo y a plazos. Se hacen también expediciones a América Latina.
            —Escribe —ordena Alberto Alberto, que durante la ausencia de Óscar ha compuesto una nueva poesía, toda de memoria. Él dicta y Óscar escribe:
            ¿Recuerdas esa vez
            corazón
            que me robaste el calzador
            amor
            y después huiste
            al país de los kurdos
            con un electricista zurdo?
            lalalá
            Desde ese día lloro
            lalalá
            mas sigues sin volver
            lalalá lalalá ¿por qué
            no me mandas al menos el calzador
            por correo?
            Lalalá lalalá…

            Óscar está impresionadísimo:
            —¡Qué versos, Maestro! ¿Sabe que con una canción así puede usted ganar incluso el Festival de Busto Arsizio?
            —Que entren todos —dice Alberto Alberto, sollozando—. Daré lectura personalmente a mi composición antes de elegir al músico.
            —Adelante la banda —grita Óscar, abriendo de par en par la puerta.
            Entran, en fila de dos, treinta poetas y veinticuatro músicos (los músicos son menos numerosos que los poetas pero son más gordos; las cuentas salen). Se alinean en posición de firmes y entonan el himno de la banda, compuesto por el propio Alberto Alberto:
            Corazón
            amor
            lalalá lalalá
            corazón
            amor
            lalalá lalalá
            qué tristeza me da
            amor…

            Está a punto de iniciar la segunda estrofa (la más famosa, la que comienza por «amor» en vez de por «corazón») cuando entra corriendo y jadeando un mensajero con cara de alguien que quisiera hallarse en Bogotá, o por lo menos de vacaciones en Capri, y se arroja a los pies de Alberto Alberto, exclamando con voz rota por el terror:
            —Maestro, ¡piedad! ¿Qué va a ser de mí?
            —No lo sé —responde el Poeta Llorón—, no tengo la menor idea. ¿Qué ha sucedido?
            —El prisionero…
            —¿El prisionero?
            —¡Ha huido!
            —¿También al país de los kurdos?
            —Lo ignoro, Maestro. El guardián de la vieja torre refiere sólo que Osvaldo, sirviéndose de los colines, excavó una galería secreta bajo su celda y salió a campo abierto, en dirección nordeste.
            —¡Ya avisé que no le dieran colines duros!
            —Se los dábamos fresquísimos, jefe —explica Óscar— y en parte ya masticados. Se ve que los conservaba para endurecerlos.
            —Es un golpe muy duro —anuncia Alberto Alberto, tirando un pañuelo empapado—. Veamos si el diario hablado habla de esta histórica evasión.
            Óscar enciende la radio en el mismo momento en que el locutor dice, con la voz de los domingos:
            —Amigos míos, ¡una gran noticia! Después de diez años de retiro y meditación en un lugar misterioso, conocido sólo por él y por unos cuantos íntimos, ha vuelto entre nosotros el célebre poeta Osvaldo. Escucharéis de su propia voz la letra de la canción compuesta por él en esta fecunda década de soledad.
            Osvaldo (tose un poco, se aclara la garganta) comienza:
            Amor
            corazón
            recuerdo hoy
            la triste noche en que me dejaste
            para huir a Molfetta
            con el contable Vicenzo Baltoletta
            de veintiocho años y tres meses
            lalalá lalalá

            —¡Apagad! —chilla Alberto Alberto—. Ese demonio me ha engañado en toda la línea: «Corazón-amor-hoy»… Ya había encontrado la nueva rima y me hacía creer que le faltaban aún dieciocho meses de trabajo. Vosotros, ¡des-can-so!
            Los poetas y los músicos, que durante todo este tiempo habían estado firmes, se relajan.
            Alberto Alberto reflexiona:
            —Hay un hondo misterio en todo esto. Acaso…
            Pero un repentino estallido de voces roba para siempre a la posteridad la continuación de esa declaración de la más alta importancia. Del jardín circundante asciende un coro amenazador:
            Lalalá lalalá
            Por qué, por qué
            has huido de mí
            sin lavar
            el molinillo de café
            corazón amor lalalá…

            La banda de Osvaldo rodea el chalet del Poeta Llorón cantando su himno de guerra. Alberto Alberto no tiene un instante de vacilación:
            —¡A los puestos de combate!
            Poetas y músicos se apostan junto a puertas y ventanas. Óscar bate palmas y los camareros traen inmediatamente numerosos peroles de polenta humeante, que siempre se tiene preparada para emergencias de este género. La polenta está hecha con harina fina que, al ser impermeable al aire, se mantiene durante más tiempo en ebullición. Cuando la banda de Osvaldo, guiada por su diabólico jefe de regreso de la prisión, se lanza al ataque, los defensores le echan encima la polenta, cantando heroicamente el himno compuesto por Alberto Alberto para esta eventualidad, que dice:
            Corazón amor
            cómo quema
            recocida polenta
            aún sin mermelada
            lalalá lalalá…

            El asalto es rechazado. Osvaldo y su banda se preparan para un largo asedio. Hay que saber que el chalet se alza en la periferia de la ciudad, en las colinas del oeste. El Poeta Llorón en persona ha elegido ese sitio, desde donde se admiran maravillosos y conmovedores ocasos. Ahora Osvaldo, animado por un odio implacable y por el deseo de venganza, alza en el jardín una inmensa pantalla de plástico blanco, que impide totalmente a Alberto Alberto la vista de los ocasos en cuestión. Para inspirarse se ve obligado a mandar a Óscar que le proyecte pequeños ocasos en la pared del salón: pero realmente no es lo mismo… La producción de lágrimas disminuye sensiblemente… Es difícil cantar amores infelices, traiciones y abandonos, noviazgos interrumpidos, fugas de amantes infieles a Romaña o a Potenza, delante de esos ocasitos caseros de tres metros por dos.
            El hambre no le preocupa a Alberto Alberto: guarda en el sótano una inagotable reserva de harina de maíz y de salchichas… Pero los versos… los versos le salen cada vez menos desesperados… cada vez menos melancólicos… cada vez más secos… Un día llega a dictar al fiel Óscar una poesía que empieza así:
            Corazón
            estertor
            maldito tractor…

            Óscar tiene un escalofrío de espanto. Poetas y músicos, que se habían congregado para escuchar, saltan hacia atrás como si hubieran pisado por equivocación una cobra.
            —Maestro —bisbisea Óscar—, ¿no se le ha olvidado nada? ¿No le parece que falta una palabra… una palabrita… que empieza por «a» y acaba por «or»?
            —¿Cómo? —balbucea Alberto—. ¿Qué palabrita?… ¿Asegurador? ¿Acumulador? ¿Alfabetizador?… Bueno, dímela tú, sin darle tantas vueltas.
            —Ventilador —sugiere Óscar. E inmediatamente se da cuenta de que quería decir otra cosa. Dirige una mirada suplicante a los otros poetas y músicos. Todos prueban a sugerir:
            —Colifor…
            —Cardador…
            —Servomotor…
            Nada. No lo consiguen. La palabra «amor» se substrae a todo intento de pronunciación. La banda está a punto de caer en el más sombrío desconsuelo, pero no tiene tiempo, porque desde el jardín la voz de Osvaldo grita, por medio de un altavoz:
            —¡Protesto! ¡Estáis usando armas desleales y prohibidas por la convención de San Remo! Estáis recurriendo al hipnotismo. Yo y mis hombres no logramos pronunciar esa palabra de cuatro letras que empieza por «a» y acaba por «or», pero que no es ni «ascensor» ni «aromatizador». Si no lo dejáis, haré bombardear el chalet con cuarenta y ocho pianos de cola.
            —Osvaldo —responde Alberto Alberto—, has de saber que a nosotros nos ocurre lo mismo. Te lo juro con la mano en el «soldador».
            —¿Qué? ¿Acaso quieres decir en tu «trillador»?
            —No, no, quiero decir exactamente en mi «subinspector».
            En este momento está claro que ni Alberto Alberto ni Osvaldo consiguen ya pronunciar la palabra «corazón». Y van ya dos, con «amor». ¡Han perdido la rima que hizo, pese a tantas luchas intestinas, su fortuna!
            La guerra queda interrumpida inmediatamente. Poetas y músicos son enviados a los cuatro puntos cardinales en busca de las dos palabras perdidas.
            —¡Traedlas aquí, vivas o muertas!
            Se registran las matas, se exploran las cavernas, se rastrea el Parque Nacional de los Abruzzos, se escalan los Alpes Cotienos; pero no se encuentra a «corazón» y «amor». El caso es que los hombres ya ni siquiera logran llamarlos por su nombre. Cada vez que lo intentan, sólo consiguen gritar: «¡Retardador!», «¡Ultracondensador!», «¡Televisor!», «¡Bono al Portador!»…
            Las investigaciones duran seis meses y ciento veinte días. Después cesan por falta de fondos. Alberto Alberto y Osvaldo, en efecto, tras haber derrochado todas sus riquezas en la búsqueda, reducidos a la miseria se dedican a pedir limosna.
            Las bandas se entregan al pillaje. Óscar va tirando, vendiendo en los mercados las lágrimas del Poeta Llorón (posee aún siete hectolitros), pero para despachar el precioso líquido se ve forzado a sostener, mintiendo descaradamente, que se trata de una loción para hacer crecer los dientes.
            Los expertos sostienen que las palabras «corazón» y «amor» no han huido, no han sido raptadas por forasteros, no se han perdido en el monte, sino que simplemente se han gastado por el excesivo uso, como las pastillas de jabón cuando se reducen a minúsculas escamas que desaparecen sin duelo por el desagüe de la bañera, entre un funesto gorgoteo de agua sucia.


 El doctor está fuera

 

 

            Cuando el Ternana pierde, en casa o fuera, el doctor Foresti va a la oficina de pésimo humor, llama a su fiel secretaria y le ordena:
            —No estoy para nadie.
            La verdad es que está fuera de sí de rabia. Tan fuera de sí que en su despacho, sobre la butaca ante el escritorio, quedan sólo sus ropas, bajo el escritorio los zapatos con los calcetines dentro; y el doctor Foresti propiamente dicho se encuentra fuera de la ciudad, en un sitio solitario, y vaga desnudo por los campos, echando fuera su desesperación.
            La fiel secretaria lo sabe, pero no se lo dice a nadie. Lo ama con locura y antes de traicionar su secreto se dejaría hacer pedazos. A quien busca al doctor Foresti, por teléfono o con otros métodos, le responde la pura verdad:
            —Está fuera.
            Tras una horita o dos el doctor Foresti regresa a la habitación y a sus pantalones, llama uno tras otro a los empleados que dependen de él y les regaña sin piedad, terminando siempre la reprimenda con un terrible:
            —¡Fuera de aquí!
            De piso en piso se difunde la voz de que el doctor Foresti está fuera de quicio y todos bajan la cabeza pensativos sobre los expedientes no tramitados.
            Hay que añadir que, con independencia de las gestas del Ternana, el doctor Foresti logra con frecuencia, por los motivos más fútiles, enfadarse fuera de lógica. Y entonces helo aquí fuera de sí, fuera de la ciudad, fuera del camino, cada vez más fuera…
            Cada mañana llega a un sitio fuera del alcance, fuera de este mundo, donde se encuentran todas las personas a las que la rabia saca de sí.
            —Tápese —dice una voz forastera—, no dé un espectáculo.
            El doctor Foresti nota con sorpresa que los demás están más o menos vestidos y acepta en préstamo una bata de flores.
            —Se ve que usted es nuevo —dice un señor con uniforme de general retirado—. Aquí estamos bien organizados, ¿entiende? Hemos montado una especie de guardarropa, y así cuando llegamos aquí no tenemos que dar diente con diente de frío.
            —Comprendo —dice el doctor Foresti—. Pero ¿qué demonio de…? Quiero decir, ¿qué sitio es éste?
            —Es el País de Fuera, ¿no? Eche un vistazo por ahí.
            El doctor Foresti, con los ojos fuera de las órbitas de asombro, descubre que el lugar está pobladísimo. Aparte de las personas fuera de sí por motivos personales, hay numerosos campeones fuera de combate, flores fuera de temporada, monedas fuera de uso, ejemplares fuera de comercio, discursos fuera de lugar, cartas fuera de tono, muebles fuera de serie, artistas fuera de concurso, uniformes fuera de ordenanza, profesores fuera de su papel, liebres fuera de tiro, coches fuera de la carretera, enfermos fuera de peligro, músicas fuera de programa y estudiantes mandados fuera de clase porque escribían notitas a sus compañeras. Hay también algún fuera de la ley que de vez en cuando anima el ambiente, gritando:
            —¡Fuera esa cartera!
            Los otros no se descomponen. Suelen jugar en su mayoría a la brisca o al cuatrillo. El doctor Foresti es invitado amablemente a ser el cuarto en una partida de escoba, pero declina dando las gracias porque no puede estar fuera tanto tiempo.
            —Vuelva pronto, pues.
            —No dejaré de hacerlo.
            Regresa a su chaqueta, llama a la fiel secretaria y le pregunta si alguien ha preguntado por él.
            —Sí, alguien llegado de fuera.
            —Mándelo fuera de mi vista. Dígale que fuera de horario no recibo.
            La verdad es que quiere quedarse solo para reflexionar sobre esa gente del País de Fuera.
            —Gente simpática. Mañana haré otra escapadita.
            A la mañana siguiente está tan contento con la perspectiva de un nuevo viajecito fuera de sí, que no consigue enfadarse. Prueba con la fiel secretaria, prueba con el conserje, cuya vista suele bastar para ponerlo fuera de sus casillas… Nada que hacer.
            —Estoy fuera de tono —gruñe—. Después, por fortuna, empieza a enfurecerse consigo mismo porque ya no es capaz de enfadarse, y en pocos minutos llega al punto justo… Ya está hecho.
            —Salud, doctor Foresti —dice una voz—. ¿Volvió de verdad, eh? Muchos lo prometen, pero después se olvidan.
            Son los mismos amigos de ayer, preparados para un mus científico. Además hay algún jugador fuera de juego y un ciclista que llegó a la meta fuera del tiempo máximo. Se está muy bien, allá fuera. Se charla de unas cosas y otras, pero también de las quinielas. Hay allí un zapatero de Torpignattara que ganó setecientos noventa y nueve millones con una de trece.
            —¿Cómo? —pregunta el doctor Foresti—. ¿¿Cuánto??
            —Setecientos noventa y nueve millones y pico.
            —Perdone la indiscreción, pero ¿qué está haciendo aquí?
            —Ésa es la cosa, querido doctor. Cuando estuve seguro de haber ganado, no cabía en mi pellejo de contento. Y me encontré aquí.
            —Pero ¿por qué no regresa allá abajo?
            —Se lo acabo de decir: la piel se me quedó demasiado estrecha, no logro ponérmela. Unas veces me queda fuera un pie, otra las dos orejas… ¿Qué me aconseja usted?
            —Podría cobrar el premio por poderes.
            —Ya, y así los millones los disfruta mi cuñado…
            —Sin embargo —dice el doctor Foresti, reflexionando—, habría un sistema. Usted, supongamos, hace que cobre el premio una persona de su confianza. Esta persona se lo trae aquí; pero, antes de entregarle el dinero, mete, supongamos, una moneda falsa de cien liras. Usted cuenta el dinero, descubre la moneda falsa, se enfada tanto que se le pasa el contento, adelgaza hasta el punto justo, y su piel se le ajusta como antes.
            —¡Es usted un fuera de serie! —exclama el zapatero de Torpignattara en el colmo del entusiasmo—: ¡Sólo me fío de usted! Ahí tiene la quiniela, cobre los setecientos noventa y nueve millones y quédese con el pico.
            —¿Cuánto es el pico?
            —Sesenta liras.
            —Estupendo —dice el doctor Foresti—. Yo pongo otras veinte y me tomo un magnífico café.
            El zapatero de Torpignattara entrega la quiniela al doctor Foresti. Todos aplauden. El doctor Foresti se pavonea un poco, con la barbilla hacia fuera, después regresa a su despacho, llama a la fiel secretaria y le anuncia:
            —Señorita, salgo fuera al aire libre, pero usted dígales a todos que estoy en el retrete.
            —¿Puedo decir que está en el cuarto de baño? —pregunta la fiel secretaria, bajando los ojos.
            —Es usted la secretaria perfecta —aprueba el doctor Foresti.
            Corre al banco, se hace anunciar al director y en gran secreto le pregunta:
            —¿Se acuerda del desconocido ganador de los setecientos noventa y nueve millones en las quinielas?
            —¿Y qué? —pregunta a su vez el director, con el corazón en un puño—. ¡Fuera el nombre!
            —Carmelo Foresti: soy yo.
            —¡Fuera las pruebas!
            El doctor Foresti enseña la quiniela. El director se pone firme, con la barriga hacia dentro y el pecho hacia fuera, abraza al ganador y le declara:
            —Usted es el más hermoso día de mi vida. Botones, rápido: traedme setecientos noventa y nueve millones y pico. ¿Se los envuelvo, doctor?
            —Tengo aquí una bolsa de plástico de la sastrería Eurilla, irá perfectamente. Hasta la vista y gracias.
            —Gracias a usted.
            Ante todo, el doctor Foresti va de incógnito a comprar un coche fuera de serie y un fueraborda; después, sin dejarse extraviar por la repentina fortuna, va a su casa, esconde el dinero en la nevera y regresa a su oficina. De su comportamiento se deduce que ha decidido dejar al zapatero de Torpignattara fuera del usufructo de los millones. Pero para tener éxito en su intento necesitará mucha paciencia, evitar los enfados, no correr el riesgo de volver a caer —¡nunca jamás!— en el País de Fuera, donde para él todo sería llanto y crujir de dientes.
            En otras palabras, el doctor Foresti se ve obligado a convertirse a ojos vistas en el jefe más tolerante que nunca existió: cariñoso con los subordinados, alentador con la fiel secretaria, democrático con los botones, dulce con los conserjes y los motoristas, diplomático con los visitantes. Un cambio de tomo y lomo.
            Los empleados se pasan la noticia: «Jefe nuevo, vida nueva».
            Empieza el señor Carlini a entrar sin llamar. Y él, que en otros tiempos lo habría hecho volar fuera por la ventana, no pestañea. El señor Carloni, cuando el doctor Foresti lo manda llamar, le pasa el recado de que no tiene tiempo porque debe acabar de hacer los crucigramas; y él se queda tranquilo y plácido como el río Piave. El señor Carlucci espera a que el doctor Foresti salga al pasillo y le frota una cerilla en la espalda para encenderse el cigarrillo. Foresti sonríe con singular indulgencia. El señor Carlozzi le casca dos nueces en la cabeza, pues está momentáneamente desprovisto de cascanueces, y Foresti se echa incluso a reír, diciendo: «Pero ¡qué bromista es usted, señor Carlozzi!».
            De todos los pisos del inmenso edificio llegan empleados, de plantilla o interinos, para hacer experimentos con el doctor Foresti. Colocan hornillos de alcohol en su escritorio para hacerse huevos al plato, le apagan las colillas en el tarro de la cola, le piden prestados los tirantes para hacerse un tirachinas…
            —Qué buena pasta tiene ese hombre —dicen todos—, una paciencia fuera de lo común.
            La curiosidad se propaga. Empleados que trabajan en otros barrios de la ciudad piden medio día de permiso para ir a ver al doctor Foresti y llevan al perro a hacer pis junto a su butaca. De lejanas provincias, con todos los medios de transporte, llegan peregrinaciones de empleados para escribir palabrotas con carboncillo en las paredes de su despacho. Y él se mantiene en calma como el mar cuando está en calma. Pero por la tarde, al salir de la oficina, va a un gimnasio a recibir clases de pugilato, para aprender a encajar sin enfadarse. Dentro de un par de años, cuando el sastre acabe de hacerle el traje nuevo, huirá a las Azores y nadie volverá a saber de él…
            Pero un mal día a doña Teodora Mentuccia, que no tiene nada que ver con esta historia, que ni siquiera se sabe si es casada o soltera (¡lo cual es el colmo!), se le pasa por la cabeza que olvidó regar los geranios del balcón y se apresura a remediar esa imperdonable laguna en el mismo momento en que bajo el mentado balcón, está pasando el doctor Foresti. El agua fría, precipitándose desde el balcón tras haber bañado las flores, riega también la cabeza del doctor Foresti, le inunda la nuca y le penetra por la espalda. El doctor Foresti, que no estaba preparado para este cruel golpe del destino, exclama:
            —¡Me cago en diez!
            Incapaz de entender y de querer, se enfada tanto que en unos segundos está fuera de sí… Está fuera del mundo…
            —¡Ah, aquí está nuestro doctor! ¡Fuera el dinero, sinvergüenza!
            El zapatero de Torpignattara deja a medias la partida y agarra de los pelos al doctor Foresti, mientras toda la gente del País de Fuera suspende sus actividades para tomar nota de aquel espectáculo fuera de lo usual.
            «Di con todo el equipo», piensa el doctor Foresti. E inmediatamente decide fingir indiferencia y quid pro quo.
            —¿Qué tiene contra mí? —le pregunta al zapatero de Torpignattara—. Mire que está fuera de razón. Usted me confunde con mi primo, el doctor Semblante. Les ocurre a muchos, porque nos parecemos como dos billetes de diez mil. Sólo que él es un verdadero sinvergüenza, siempre dentro y fuera de las patrias cárceles.
            —Hace tres meses que te espero —insiste el zapatero de Torpignattara—, y no te suelto hasta que escupas fuera esos cuartos.
            Se origina un combate de boxeo. El doctor Foresti tiene un nuevo motivo para alegrarse de haber dado clases de esta interesante materia. Con un directo a la mandíbula, seguido por un golpe al hígado y una patada a las canillas, pone rápidamente fuera de combate al pobre zapaterillo.
            Pero los presentes no soportan su deslealtad y lo expulsan fuera del País de Fuera… El doctor Foresti se encuentra de nuevo bajo el balcón de la señora Mentuccia, secándose el cuello y la nuca. Sorpresa: a dos pasos de él está el zapatero de Torpignattara: la derrota por k.o. lo ha entristecido tanto que ha podido volver a entrar en su propia piel y ahora reclama su hacienda, amenazando al doctor Foresti con denunciarlo como perseguidor de zapateros. Y añade, para colmo:
            —¡Mira que tengo siete hermanos, los siete campeones de ligeros-pesados del Lazio!
            El argumento convence al doctor Foresti de rendirse. El zapatero entra finalmente en posesión del dinero, del fuera de serie y el fueraborda. Pero es, en el fondo, un corazón de oro. Al doctor Foresti le deja generosamente el pico, es decir sesenta liras, y no le niega una palabra de aliento:
            —Ten, doctor; prueba a rehacer tu vida con esto. Pero quédate siempre fuera de mi camino…


 Tratado de la Befana

 

 

            La Befana se divide en tres partes; la escoba, el saco, los zapatos rotos en los pies. Algunos la dividen de otras maneras y son muy dueños de hacerlo, pero yo creo estar en lo cierto. Ahora pasaré a describir una a una las tres partes, sin confundirme.

            PRIMERA PARTE. La escoba
            Después del 6 de enero, la Befana de la Plaza Navona se sirve de la escoba para visitar otros mundos. Vuela sobre la Luna, sobre Marte, sobre Antares. Da una vuelta por las nebulosas y los universos. Después regresa al país de las Befanas donde, ante todo, regaña a su hermana porque no ha fregado el suelo, no ha desempolvado los muebles y no ha ido a la peluquería. La hermana de la Befana es Befana también, pero no le gusta viajar. Está siempre en casa comisqueando chocolatinas y chupando caramelos de anís. Es más perezosa que veinticuatro vacas.
            Las dos hermanas tienen una tienda de escobas. Abastecen a todas las Befanas de la zona: la Befana de Omegna, la Befana de Reggio Emilia, la de Rivisondoli, etcétera. Las Befanas son miles, gastan un montón de escobas, el negocio marcha viento en popa. Cuando las ventas disminuyen, la Befana le dice a su hermana:
            —Las ventas disminuyen. Es preciso hacer algo. Ya se te habrá ocurrido alguna idea, a fuerza de comer chocolatinas.
            —Podríamos hacer una liquidación. El año pasado, con la liquidación, vendimos como nuevas incluso las escobas arregladas.
            —Encuentra algo mejor, si no te reduzco la ración de caramelos.
            La hermana de la Befana se exprime las meninges.
            —Se podría —dice— lanzar una nueva moda. Por ejemplo, la moda de la miniescoba.
            —¿Qué entiendes por miniescoba?
            —Una escoba cortísima.
            —¿No será un poco escandalosa?
            —Bah, protestará alguna vieja beata, pero ya verás cómo las Befanas jóvenes se vuelven locas con ella.
            La moda de la miniescoba hace furor. Al principio, las Befanas más ancianas echan chiribitas, mandan peticiones a los periódicos de derechas, organizan manifestaciones de protesta. Después empiezan también ellas a hacer pruebas a escondidas, en casa, con las cortinas bien corridas. Un buen día salen también en miniescoba. Las más avaras se han limitado a cortar un trozo del mango de la escoba vieja. Pero la cosa llama la atención, y no hacen buen papel, porque las proporciones están mal calculadas.
            Un poco después las ventas vuelven a bajar.
            —Vamos —le dice la Befana a su hermana—. A ver si se te ocurre otra idea, si no, no te doy dinero para ir al cine.
            —Pero ¡me da dolor de cabeza de estar pensando continuamente!
            —Quien no piensa no va al cine.
            —¡Uf! ¿Pues por qué no lanzas la moda de la maxiescoba?
            —¿Y qué es eso?
            —Una escoba larguísima. Dos veces más de lo necesario…
            —Hummm… ¿No será una exageración?
            —Claro que será una exageración. Y precisamente por eso tendrá éxito.
            El día que la primera Befana —una Befanita joven, joven, muy graciosa— aparece por ahí con la maxiescoba, todas las demás se vuelven locas de envidia. Se cuentan veintisiete desmayos, treinta y ocho crisis de nervios y cuarenta y nueve mil sollozos. Antes de la noche, delante de la tienda de las maxiescobas hay una fila tan larga como de aquí a Busto Arsicio.
            Al año siguiente la hermana de la Befana, a cambio de una caja de marrons glacés, inventa la escoba-midi. La Befana se hace rica y pone una tienda de aspiradoras.
            Y con eso empiezan los problemas. Porque las Befanas, al viajar en aspiradora en vez de en escoba, aspiran nubes, cometas, pajaritos y pajarracos, paracaidistas, barriletes, meteoritos, satélites naturales y artificiales, planetoides, murciélagos, profesores de latín. Una vez una Befana distraída captura un aeroplano con todos sus pasajeros y se ve obligada a repartirlos a domicilio, uno a uno, por las chimeneas.
            La aspiradora va bien en casa, para la limpieza. Para los viajes, es más práctica la vieja escoba.
            SEGUNDA PARTE. El saco
            Una vez la Befana no se da cuenta de que en el saco de los regalos hay un agujero. Mientras hace su recorrido, los regalos caen sin orden ni concierto. Un trenecito eléctrico acaba sobre la cúpula de San Pedro y empieza a girar a tontas y a locas a su alrededor. Un monseñor del Vaticano, al mirar por la ventana, ve esa cosa que juega al tiovivo sobre la gran cúpula y le entran sudores fríos.
            —Es el diablo —grita—, es el fin del mundo.
            Otro monseñor mira el horario de ferrocarriles y menea la cabeza:
            —Debe de ser el express de Viterbo que se ha equivocado de vía.
            Una muñeca cae cerca de la guarida de los lobos, que enseguida se hacen ilusiones:
            —¡Ah! —dicen—, debe de ser como aquella vez de Rómulo y Remo. La gloria al alcance de la plata. Criemos esta criatura; cuando sea mayor fundará una ciudad y a nosotros nos harán muchas esculturas de bronce que el alcalde regalará a los visitantes ilustres, para quitárselos de en medio.
            Crían amorosamente a la muñeca durante años y años. Pero no crece. Al contrario, se estropea. Pierde los zapatos, el pelo, los ojos. El lobo y la loba envejecen sin gloria, pero comprenden que de todos modos son afortunados, con todos esos cazadores rondando por ahí.
            Un abrigo de visón, regalo del comendador Mambretti a su amiga (que es también amiga de su mujer, pero un poco menos), cae en Cerdeña, a dos pasos de un pastor que guarda sus ovejas. El pastor, en vez de escapar espantado gritando: «¡Los espíritus! ¡Los espíritus!», se pone el abrigo y está tan calentito. La Befana lo ve por el espejo retrovisor, vuelve sobre sus pasos, baja en picado sobre el redil, pero a media altura se lo piensa: «Seamos justos —dice—, ¿quién necesita más un buen abrigo de pieles? ¿El pastorcillo o esa bendita chica, que ya tiene dos y tiene también un coche con aire acondicionado?».
            Otra vez las Befanas, con la confusión de la partida —recuerdos, recomendaciones, accesos de tos, lagrimitas— confunden los sacos. La Befana de Domodossola toma el saco de Massalombarda, la Befana de Sarajevo el de Friburgo de Brisgovia. Terminada la distribución, se dan cuenta de que se han equivocado en todo. Se produce un buen barullo: «La culpa es tuya, la culpa es suya, yo ya lo había dicho, se lo habrías dicho a tu abuela, etcétera».
            —No perdamos tiempo llorando por la leche derramada —dice la Befana de Roma.
            —Yo no lloro —replica una Befanilla rubia con ojos negros—, sólo faltaría que me estropease el maquillaje…
            —Quería decir que no hay más que un remedio: volar sobre nuestros pasos, recoger los regalos y entregarlos de nuevo, sin confusiones, en la dirección correcta.
            —Ni se me ocurre —dice la Befanilla tan mona—, tengo una cita con mi novio para ir a comer una pizza, y me importan un pimiento las direcciones correctas y las equivocadas.
            Y se van sin volverse. Pero las otras, suspira que te suspirarás, se ponen en camino. Por desgracia ya es tarde. En todas partes los niños se han levantado ya para ver los regalos de la Befana.
            —¡Dios mío, que desastre!
            Nada, nada de desastres. Los niños están contentísimos así, no hay ni uno que se queje del juguete que le ha tocado. Los niños de Viena han tenido los regalos de los niños de Nápoles y se divierten lo mismo.
            —Ya entiendo —dice la Befana de Roma—, los niños de todo el mundo son iguales y les gustan los mismos juguetes. Ésa es la explicación del misterio.
            —Quita allá —le dice un poco después su hermana, sirviéndose dos dedos de Oporto—, eres la idealista de siempre. No comprendes que en todo el mundo, ya, los niños están acostumbrados a los mismos juguetes porque quienes los fabrican son las mismas grandes industrias. Los niños creen escoger… y escogen todos lo mismo…, lo que los fabricantes ya han escogido para ellos.
            No se sabe bien, de las dos hermanas, cuál tiene razón.
            TERCERA PARTE. Los zapatos rotos en los pies
            Todos los niños saben que la Befana tiene zapatos rotos en los pies, porque así lo dice la canción. Algunos niños se ríen de eso, porque con los zapatos rotos se ve el dedo gordo del pie. Otros sufren y no duermen por la noche: «Pobre Befana, tendrá frío en las extremidades inferiores» (dicen eso para decir los «los pies», porque han estado en un colegio de monjas).
            Son mayoría los niños que se apiadan. Escriben a los periódicos, a la radio, a Sabina Ciuffini. Proponen una colecta para comprar zapatos nuevos para la Befana. Una banda de estafadores va por las casas, primero en Milán, después en Turín y en Florencia (en Nápoles, quién sabe por qué, no lo intentan), recogiendo fraudulentamente los donativos. Recogen doscientos diez millones y escapan a gastarlos a Suiza, a Singapur y a Hong Kong.
            Y la Befana sigue con los zapatos rotos en los pies.
            Muchos niños, entonces, la noche del 5 de enero, junto al calcetín vacío destinado a recibir los regalos, ponen una gran media negra con un letrero: «Para la Befana». Dentro hay un bonito par de zapatos nuevos, de señora mayor, pero elegantes. Casi todos negros, pero también marrones oscuros o beiges. De tacón, de medio tacón, sin tacón. Con hebilla o con cordones.
            La Befana de Vigevano, no se sabe cómo, se entera de la cosa antes que las otras. ¿Qué hace? Pone el despertador una hora antes y da la vuelta al mundo a velocidad supersónica. Llena tres automotores de zapatos nuevos y regresa al país de las Befanas más contenta que unas pascuas.
            En este punto la historia se divide en dos, porque los expertos en ciencia befanológica no están de acuerdo sobre la continuación.
            Hay expertos buenos y expertos malos y sin corazón.
            Los expertos buenos sostienen que la Befana de Vigevano, al contemplar todos aquellos lindos zapatos, de todas las medidas, piensa en la gente que anda descalza y se conmueve. Entonces recoge su cargamento y vuelve a dar la vuelta al mundo para regalar los zapatos a muchas mujeres pobres. Y le sobran, aún para muchos hombres pobres: no importa que sean zapatos de mujer; mejor que pincharse los pies, a ellos también les sirven…
            Los expertos sin corazón dicen en cambio que la Befana de Vigevano ha abierto una zapatería en el País de las Befanas y se está haciendo de oro, vendiendo a sus amigas los zapatos regalados por los niños. «Reclamo idénticas ganancias, porque a ella esos zapatos no le han costado un céntimo. ¡Y encima les carga el impuesto de lujo!».
            «¡A la fuerza se ha hecho un automóvil con ocho ruedas y un tranvía todo de oro!»
            Yo no soy un experto, no soy bueno, no soy malo: por eso mi opinión no cuenta.
            Posdata. Cuando le enseñé a un experto mi descripción de las tres partes de la Befana, observó con una carcajada:
            —Bien todo. Pero se ha olvidado usted de la cosa más importante.
            —¿Qué es?
            —Se ha olvidado de decir que la Befana lleva regalos sólo a los niños buenos. A los malos no.
            Lo miré durante treinta segundos, y después le pregunté:
            —¿Prefiere que le arranque la oreja o que le coma la nariz?
            —Disculpe, ¿qué dice?
            —Le pregunto que si quiere un paraguazo en la cabeza o un kilo de mermelada en el cuello de la camisa.
            —¿Cómo se permite? ¡Mire que soy casi comendador!
            —¿Cómo se permite usted, más bien, sostener aún que existen niños malos? Póngase de rodillas y pida perdón.
            —¿Qué va a hacer con ese martillo?
            —Le doy con él en el meñique si no jura al punto que todos los niños son buenos. Sobre todo los que no reciben regalos porque son demasiado pobres. ¿Qué? ¿Jura o no?
            —Lo juro, lo juro.
            —Perfecto. Mire, me voy y ni siquiera le escupo a la cara. Soy demasiado bueno, eso es lo que soy.


 Uno para cada mes

 

 

            Enero: Los peces
            —Ten cuidado —le dice el pez grande al pez chico—, eso es un anzuelo. No lo muerdas.
            —¿Por qué? —pregunta el pez chico.
            —Por dos razones —responde el pez gordo—. La primera es que si lo muerdes, te pescan, te rebozan en harina y te fríen en la sartén. Después te comen, con dos hojitas de lechuga de guarnición.
            —¡Arrea! Muchas gracias. Me has salvado la vida. ¿Y la segunda razón?
            —La segunda razón —dice el pez grande— es que te quiero comer yo.
            Febrero: El número treinta y tres
            Conozco a un pequeño comerciante. No comercia con azúcar ni con café, no vende ni jabón ni ciruelas. Vende sólo el número treinta y tres.
            Es una persona honradísima, vende género de primera y jamás roba en el peso. No es de esos que dicen: «Ahí tiene su treinta y tres, señor» y en cambio a lo mejor es sólo un treinta y uno o un veintinueve.
            Los treinta y tres son todos de marca garantizada, desiguales en un cien por cien, tres decenas y tres unidades, con el acento en la penúltima sílaba.
            Pero no hace grandes negocios. No hay mucha demanda de treinta y tres. Sólo quienes deben ir al médico entran en la tiendecilla y compran uno. Pero también hay quienes compran un treinta y tres usado en Porta Portese.[8] Pero él no se queja, de todos modos. Podéis mandar a su tienda a un niño, e incluso a un gato, con la seguridad de que no los liará.
            Es un tendero honrado. En su pequeñez, es un pilar de la sociedad.
            Marzo: La tarjeta postal
            Érase una vez una tarjeta postal sin dirección. Sólo estaba escrito: «Recuerdos y besos». Y debajo la firma: «Pinuccia». Nadie podía decir si esta Pinuccia era señora o señorita, una vieja gruñona o una chavala con vaqueros. O a lo mejor una espía.
            A mucha gente le hubiera gustado quedarse al menos uno de aquellos «recuerdos» y de aquellos «besos», al menos el más pequeñito. Pero ¿cómo fiarse?
            Abril: El asedio
            El general Tuthía le dijo al gran Faraón:
            —Majestad, esa ciudad no la tomaremos ni locos con un asedio normal. Hace falta un truco.
            —Y tú, ¿lo tienes?
            —Lo tengo, sí.
            El general mandó disponer de noche mil grandes tinajas en torno a la ciudad sitiada. Dentro de cada tinaja había un soldado armado de punta en blanco. Después el ejército egipcio recogió armas y bagajes, desalojó el campo, se batió en retirada. Los sitiados corren a las murallas, no ven a los egipcios, ven las tinajas y gritan:
            —¡Qué bien! Es lo que necesitamos para la recolección de las aceitunas.
            Se necesitaron cien carros para llevar las tinajas a la ciudad. Por la noche, los soldados egipcios rompieron las tinajas, saltaron fuera, abrieron las puertas, prendieron fuego; el Faraón regresó con todas sus tropas. Moraleja: victoria total. Gran fiesta, fuegos artificiales.
            Sólo el general Tuthía no se mostraba demasiado contento.
            —¿Cómo? —dijo el Faraón—, te he dado la más alta condecoración del Imperio, una pensión de primera categoría, mil caballos, uno por cada tinaja, ¿qué más quieres?
            —Nada, Majestad. Pero pienso que dentro de tres mil años, en la guerra de Troya, un general griego hará con un solo caballo lo que yo he hecho con mil tinajas. Por desgracia nosotros no conocemos aún el caballo y así ese otro se llevará toda la gloria.
            —¡Guardias! —gritó entonces el Faraón—, agarrad a este traidor y cortadle la cabeza. Él no quería la ciudad, quería la gloria. Quería un poeta que hiciera su biografía. Con pasar a la historia no le bastaba: ¡quería también pasar a la poesía! ¡Matadlo!
            Mayo: Dialoguito
            —¿Qué espera de mí la gente?
            —Que tú no esperes nada de ella.
            Junio: Las aves
            Conozco a un señor al que le gustan las aves. Todas: las de bosque, las de marisma, las de campo. Los cuervos, las aguzanieves, los colibríes. Las ánades, las fochas, los verderones, los faisanes. Las aves europeas, las aves africanas. Tiene una biblioteca entera sobre aves: tres mil volúmenes, muchos de ellos encuadernados en piel.
            Adora instruirse sobre los usos y costumbres de las aves. Aprende que las cigüeñas, cuando bajan de norte a sur, recorren la línea España-Marruecos o la otra de Turquía-Siria-Egipto, para esquivar el Mediterráneo: les da mucho miedo. No siempre el camino más corto es el más seguro.
            Hace años, lustros, decenios que mi conocido estudia las aves. Así sabe con exactitud cuándo pasan, se pone allí con su escopeta automática y ¡bang! ¡bang!, no falla una.
            Julio: La cadena
            La cadena se avergonzaba de sí misma. «Vaya —pensaba—, todos me eluden y tienen razón: la gente ama la libertad y odia las cadenas».
            Pasó por allí un hombre, agarró la cadena, subió a un árbol, ató los dos extremos a una sólida rama e hizo un columpio.
            Ahora la cadena sirve para hacer volar por los aires a los hijos de ese hombre, y está muy contenta.
            Agosto: En tren
            En el tren conozco a un señor. Conversamos agradablemente sobre esto y lo otro y también de más cosas. En cierto momento él dice:
            —¿Sabe?, yo voy a Domodossola.
            —¡Bravo! —exclamo con admiración—. Ha hecho usted un magnífico complemento de dirección o destino.
            Adopta de pronto una expresión severa, hasta un poco disgustada.
            —Mire —dice secamente—, ciertas cosas yo se las dejo hacer a los otros.
            Y en todo el resto del viaje no me dirige la palabra.
            Septiembre: Aida
            Nuestro pueblecito ha festejado ayer al señor Giovancarlo Trombetti, que en treinta años de trabajo ha grabado por sí solo y sin ayudantes la ópera Aida del maestro Giuseppe Verdi.
            Empezó cuando era casi un niño, cantando ante el micrófono de su magnetofón el papel de Aida, después el de Amneris, después el de Radamés. Uno tras otro, cantó y grabó todos los papeles. Y también los coros. Como el coro de los sacerdotes tenía que ser de treinta cantantes, lo tuvo que cantar treinta veces. Después estudió todos los instrumentos, del violín al bombo, del fagot al clarinete, de la trompeta al cuerno inglés, etcétera. Grabó las partes una a una, después las fundió en una cinta común para obtener el efecto de la orquesta.
            Todo este trabajo lo ha hecho en un sótano alquilado con este fin, lejos de su domicilio. A la familia le decía que iba a hacer horas extraordinarias. Y en cambio iba a hacer Aida. Hizo los ruidos de los elefantes, los de los caballos, los aplausos al final de las arias más famosas. Para hacer el aplauso del final del primer acto, aplaudió él solo, durante un minuto, tres mil veces, porque había decidido que al espectáculo asistirían tres mil personas, de las cuales cuatrocientas dieciocho debían gritar: «¡Bravo!», ciento veintiuna: «¡Estupendo!», treinta y seis: «¡Queremos un bis!», y doce, en cambio: «¡Animales! ¡Esfumaos!».
            Y ayer, como he dicho, cuatro mil personas, agolpadas en el teatro municipal, han asistido a la primera audición de la excepcional ópera. Al final casi todos estaban de acuerdo en decir: «¡Extraordinario! ¡Parece mismamente un disco!».
            Octubre: Me vuelvo pequeño
            Es terrible volverse pequeño de este modo, entre las miradas divertidas de la familia. Para ellos es una broma, la cosa los pone de buen humor. Cuando la mesa es más alta que yo, se ponen cariñosos, tiernos, afectuosos. Mis nietecitos corren a preparar la cesta del gato: evidentemente se proponen hacerme allí la cama; me levantan del suelo con delicadeza, agarrándome del cogote, me colocan sobre el viejo cojín desteñido, llaman a amigos y parientes para disfrutar del espectáculo del abuelo en la cesta. Y cada vez me vuelvo más pequeño. Me pueden encerrar, ya, en un cajón con las servilletas, limpias o sucias. En el curso de unos meses ya no soy un padre, un abuelo, un estimado profesional, sino un chismito que se pasea por la mesa cuando la televisión no está encendida. Van por la lente de aumento para mirarme las uñas pequeñísimas. Dentro de poco bastará una caja de cerillas para contenerme. Después alguien encontrará la caja vacía y la tirará.
            Noviembre: Los periódicos
            Conozco a otro señor en el tren. Ha subido en Terontola con seis periódicos bajo el brazo. Comienza a leer.
            Lee la primera página del primer periódico, la primera página del segundo periódico, la primera página del tercer periódico, y así sucesivamente hasta el sexto.
            Después pasa a leer la segunda página del primer periódico, la segunda página del segundo periódico, la segunda página del tercer periódico, y sigue así.
            Después inicia la tercera página del primer periódico, la tercera página del segundo, con método y diligencia, tomando de vez en cuando unas notas en los puños de la camisa.
            De repente me asalta un pensamiento espantoso:
            «Si todos los periódicos tienen el mismo número de páginas, bien, pero ¿qué sucederá si un periódico tiene dieciséis páginas, otro veinticuatro, otro sólo ocho? Al ver fracasar su método, ¿qué hará este pobre señor?».
            Por suerte me bajo en Orte y no me da tiempo a asistir a la tragedia.
            Diciembre: El diccionario
            Una página del diccionario sobre la cual medito a menudo es aquella donde cohabitan silenciosamente, sin saludarse nunca ni felicitarse el año nuevo, la ortiga, la oruga, la ortografía y el orzuelo.
            La cosa me intriga bastante. Mientras me imagino a la oruga dedicada a comerse la ortiga para que el orzuelo crezca libremente, nada turba mi paz. Pero después el orzuelo se pone a enseñarle ortografía a la oruga, a la cual, siendo un bichito, le importa un bledo. En este momento pasa, por la misma página, un cura ortodoxo. ¿Por quién estará rezando? ¿Por la oruga difunta, por el orzuelo loco o por todos aquellos que sufren por culpa de la ortografía? Esta interrogación abre ante mis ojos un auténtico abismo, en el fondo del cual —o sea en el fondo de la página— ambula solitaria la palabra ortógrafo. Parece que significa: «persona que se ocupa o trata de ortografía». Pero su sonido es espantoso. Quizá sea una palabra caníbal.


 Nota

 

 

            Estos cuentos aparecieron semanalmente en la tercera página del diario Paese Sera a partir del mes de agosto de 1972.
            Dos de ellos —Miss Universo de ojos de color verde-venus y Extraños azares de la Torre de Pisa— son refundición de otros dos, publicados por primera vez en el volumen Gip en el televisor y otras historias en órbita, de la editorial Mursia, que ha accedido amablemente a la nueva redacción y edición.
            El título del séptimo cuento, Me marcho con los gatos, me fue ofrecido generosamente por el pintor Gian Paolo Berto.


            GIANNI RODARI
            Nació en Omega, Piamonte, en 1920. Estudió y ejerció el magisterio, pero a pesar de su interés por la enseñanza la abandonó para seguir su vocación de escritor.
            Durante la Segunda Guerra Mundial se unió a la resistencia italiana y, después, tomó parte muy activa en la divulgación de la nueva pedagogía desde las diversas publicaciones y periódicos a los que le abrió las puertas su carrera de periodista. Empezó a escribir para niños en 1950 y alternó la publicación de sus libros con la dirección de publicaciones para adultos, jóvenes y niños, la colaboración en prensa o la dirección de una colección de libros de educación. En 1970 se le concedió por el conjunto de su obra el más alto galardón: el premio internacional Hans Christian Andersen. Falleció en 1981.


 Notas

 

 

            [1] Literalmente: «Huelemantequillas». (N. Del T.) <<
            [2] Diario comunista de la tarde. (N. del T.) <<
            [3] Es el protagonista de una de las historias de Corazón, de Edmundo de Amicis, que para ayudar a su pobre padre, sobrecargado de trabajo, se pasa las noches copiando direcciones en sobres. Es un prototipo del hijo abnegado. (N. del T.) <<
            [4] Personajes del cuento Pinocho de Carlo Collodi. El Hada es la protectora de Pinocho; y el Pescador Verde a punto está de comérselo con otros pescaditos en una de las aventuras del muñeco. (N. del T.) <<
            [5] Es uno de los principales personajes de la novela de Alessandro Manzoni Los Novios. Encaprichado con una campesina de sus tierras, Lucía, le hace la vida imposible. (N. del T.) <<
            [6] Pietro Tascal, llamado el Fornaretto («El Panaderillo»), joven panadero veneciano injustamente acusado de asesinato y ahorcado en 1507. (N. del T.) <<
            [7] Juego intraducible, porque es el nombre de Cristóbal Colón (Cristóforo Colombo, en italiano). Lo hemos traducido tradicionalmente en castellano. Emilio Colombo (1884-1947) fue un periodista deportivo, que dirigió durante muchos años La Gazzetta dello Sport. (N. del T.) <<
            [8] Es el rastro de Roma. (N. del T.) <<



5 comentarios:

  1. El que escribió esta mierda le pregunto que se fumo?

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  2. Gracias por compartir tan maravilloso libro... siempre lo uso, muy agradecido...

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  3. a mi ne gusta el libro es mi favorito con toda esa imaginación logro forjar mi personalidad y lograr mi sueño todo gracias al autor

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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